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mardi, 04 décembre 2007

Th. Veblen : mas allà de la lucha de clases

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Guillaume FAYE:

Thorstein Veblen. Más allá de la lucha de clases

Raymond Aron ha escrito sobre él: "Entre todos los sociólogos, Veblen es el más famoso de los desconocidos (...) Típicamente americano, siempre con un irreductible optimismo a pesar de la crudeza de los análisis (...) Veblen no ofrece argumentos fáciles a escuela de pensamiento o partido político alguno. La nueva izquierda encontraría en él, quizás, un talante coincidente con el suyo. [Veblen es] una personalidad fuera de lo común, un viandante solitario, perdido en medio del cuerpo docente, un descendiente de emigrantes escandinavos que se siente perdido en la época de los barones de la industria, un nostálgico de la vida simple y libre".

Hijo de campesinos noruegos que emigraron a los Estados Unidos, Veblen estaba marcado por el ideal rural y artesanal de sus ancestros. Despreciaba la arficiosidad burguesa y rechazaba la sociedad —y su sistema económico— dominado tanto por la finanza como por la técnica creativa. Sus experiencias, aquellas que orientaron sus tesis, no tuvieron un carácter intelectual, como había sucedido con Marx o Proudhon, sino empírico: Veblen pudo comprobar el contraste existente entre el trabajador que se ensucia las manos y el burgués de manos blancas, enriquecido como consecuencia no de su trabajo sino de la manipulación de los símbolos sociales y financieros. Veblen ofrece como fundamento de su obra una crítica de la sociedad mercantil y del capitalismo occidental muy distinta de la aportada por el marxismo, más moderna, aunque menos rigurosa. Su estilo de pensamiento está muy próximo a Proudhon, Sombart, Feder, Wagemann o Perroux.

Nacido en 1857, Veblen publicó su obra fundamental en 1899: The Theory of the Leisure Class (Teoría de la clase ociosa) (1). Autor de numerosos artículos científicos, conferencias y de traducciones de leyendas escandinavas, publicó en 1923 otro libro importante: Absentee Ownership and Bussiness Enterprise in Recent Times: the case of America, en el que desarrollará conceptos socio-económicos alejados tanto del liberalismo como del marxismo, y en el que se ha inspirado Baudrillard para su ensayo Para una crítica de la economía política del signo.

El pensamiento de Veblen, radical y anticapitalista —aunque incompatible con el marxismo, repito—, tiene como objeto la economía aunque huye de todo economicismo, se inspira en el evolucionismo biológico en su análisis histórico, rechaza el determinismo social y concede un amplio espacio al irracionalismo, para ofrecer un estilo y un haz de conceptos de gran utilidad. Lo único que no podemos aceptar, desde nuestro punto de vista, es su sentido político e ideológico marcado por un ingenuo optimismo y un irenismo infantil propio de la América luterana, no exento de un cierto idilismo agrario germano-escandinavo.

EL TRABAJO Y EL OCIO

El punto de partida del análisis de Thorstein Veblen es la crítica de la técnica y de la propiedad mobiliaria —en particular de las acciones y los títulos— del capitalismo americano: el propietario anónimo, la riqueza amasada sin trabajo, la especulación inmobiliaria y el reino social de la abstracción monetarista. Al contrario que el burgués Marx, Veblen no desprecia al campesino y no se deja seducir por el determinismo proletario, y rechaza la oposición entre alta burguesía industrial y asalariados industriales, que constituye la base del esquema marxista construído a partir del análisis de la primera revolución industrial, teoría que se revelará falsa en el caso de los Estados Unidos de los años 1900 a 1920. La lucha de clases, para él, no se desencadenaba entre el capitalismo —como sistema de detentación de los medios productivos— y el conjunto de los asalariados industriales (el "proletariado"), sino entre una clase ociosa, en parte compuesta por especuladores financieros (los "capitalistas"), y las categorías productivas de la población, los asalariados.

Esta distinción, que ha sido consustancial una cierta derecha revolucionaria (de Sorel a Jünger), se adapta mucho mejor a la realidad que la tradicional explicación marxista sobre la sociedad moderna, ya sea de corte liberal o socialista. Para Veblen, Marx era un "neohegeliano romántico" cuya teoría de la lucha de clases, como proceso histórico consciente, está influida por los mecanicistas e igualitaristas ingleses, por Bentham y Ricardo fundamentalmente. A pesar de todo, Veblen no dejará de subrayar aquellos elementos positivos, aunque mal formulados según él, de la teoría marxista del valor-trabajo. Al contemplar incorporado en el valor real de las mercancías el valor del trabajo humano necesario para fabricarlas (valor=costo en trabajo), el marxismo opera ciertamente sobre una simplificación —que desemboca en el error económico de la teoría de la plusvalía—, pero provee al análisis de la sociedad de una ética y de un instrumento conceptual más interesante que las interpretaciones liberales del trabajo.

Generalmente, para los liberales, desde Ricardo, el trabajo es una carga desagradable (irksomeness), una acción ingrata desconectada de cualquier valor. El liberalismo clásico —y más tarde los marginalistas— se basaron en parámetros mercantiles sobre la base de un esquema de placeres y penas, infravalorando el trabajo al contemplarlo como un instrumento para la obtención de placer y de enriquecimiento, sin concederle otro valor intrínseco. Aún más mecanicista y economicista que el marxismo, la corriente liberal omite los descubrimientos de la biología —por los que Veblen sí se interesaba— que reconocían al trabajo un papel biológico y cultural. La sociedad con una economía liberal, erigida sobre el hedonismo, no puede sino desembocar en una gigantesca crisis de trabajo. El futuro de la sociedad mercantil dará la razón a este análisis, que considera al hombre como un ser más de acción que de cálculo económico de placeres y penas (el homo oeconomicus).

El marxismo, en su tendencia a glorificar el trabajo, no molestaba ciertamente a Veblen, puesto que el producto de aquél "es el que se produce como consecuencia del despliegue de la vida humana" y es parte "del poderoso proceso vital", así el rechazo marxista del hedonismo y del materialismo burgueses entraría dentro del ámbito de la metafísica: cuestiones como la de la pauperización, la desaparición de las clases y del Estado, el milenarismo de la razón dialéctica, etc.

Además de criticar al homo oeconomicus en nombre de la naturaleza biológica del ser humano, Veblen sentó las bases de una crítica de la economía política de la sociedad industrial según un punto de vista "socialista" mucho más incisivo que el de los marxismos contemporáneos. Desde el punto de vista de Veblen, los trabajadores de todas clases y sean cuales fueren sus funciones, propietarios o no, padecen el dominio de los financieros, de los especuladores, ya sean éstos personas privadas o de las clases funcionariales. Este análisis es, desde luego, aplicable a nuestra civilización, superando el concepto de "finanza" por el de "especulación" ociosa e improductiva, válido tanto para el mundo americano, como para Francia, Suecia o el régimen soviético. Este discurso conforma una crítica sociológica y ética de la burguesía americana, de sus costumbres y de sus ideologías y, por extensión, de la burguesía occidental, como portadora de decadencia y de muerte cultural. Para Veblen, la naturaleza del hombre está sujeta al evolucionismo biológico y a una pluralidad de instintos confrontados. El contraste entre el mundo rural y el mundo yankee ilustra la oposición entre el instinto artesano (workmanship) del "hombre trabajador" y el instinto predatorio de quien se aprovecha de lo que otros producen y nunca ha sido capaz de producir. La oposición parece tanto más válida si corregimos la filiación pacifista de Veblen, que confundía al "depredador" con el guerrero, el financiero o el jefe industrial, en quienes veía la versión moderna del combatiente ávido de botines. Corrigiendo los conceptos veblianos con las tesis de Ernst Jünger, podríamos fructuosamente contraponer un tipo trabajador conformado por elementos artesanos y guerreros a un tipo depredador de esencia mercantil.

LAS NUEVAS CLASES: ARTISTAS CONTRA UTILITARISTAS

Al criticar a la sociedad americana y la explotación de las fuerzas productivas por parte de la ociosa "clase rica" de los financieros, Veblen contrapone dos tipos psicológicos en el seno de la economía occidental. Un primer tipo sería el que sostiene una conciencia utilitaria que reproduciría el sistema y su ideología materialista y hedonista. El segundo tipo, ajeno a la dinámica mercantil y objeto de su desastroso dominio, sería el de los que apuestan por la libre curiosidad (idle curiosity), esto es, los artistas, los inventores, los que arriesgan su propio capital, las personalidades aventureras. Solo la curiosidad libre camina en el sentido de la evolución biológica; por contra, la civilización liberal, como consecuencia del "despotismo del dinero", la esclerotiza.

Adelantándose a Gehlen, Veblen definió al hombre como un ser de acción más que de cálculo o de goce. El utilitarismo de los financieros o de los educadores modernos constituye, como años más tarde demostrará Lorenz, un factor de bloqueo biológico de la cultura. El pensamiento científico es fruto de la curiosidad libre en mayor medida que la racionalidad. Ese instinto artesanal —muy próximo a lo que Heidegger consideraba como "poesía"—, es el más necesario para la evolución de una cultura, para que aquella curiosidad libre se despliegue. Veblen define así este instinto en su ensayo Teoría de la clase ociosa: "El hombre se convierte en un agente activo ante la presencia de una necesidad selectiva. Se considera el centro de un despliegue de actividad impulsiva, de actividad ‘teleológica’". El objeto de este despliegue no es el hedonismo, sino el altruismo y la impersonalidad, dinámica que dota al hombre de un gusto por el esfuerzo eficaz y de un instinto por el trabajo bien hecho.

El aspecto más interesante del pensamiento de Veblen está en el hecho de sustituir la lucha de clases por antagonismos globales que dividen todas las clases. El proletariado no es considerado como "trabajador", en la medida en que Veblen denuncia a los sindicatos como instituciones mercantiles y predadoras. Desde esta misma perspectiva, los propietarios y los creadores de industrias o de actividad son poseedores del instinto artesanal, mientras que no pocos funcionarios bien pueden ser englobados dentro de la misma categoría que la de los especuladores: parásitos que tan sólo piensan en sus ventajas, frenando con sus manipulaciones el trabajo de los demás, y la fuerza de creación y de inventiva de la colectividad. En la economía occidental, esta oposición entre el "mundo de los negocios", entendido en su sentido más amplio, y el "mundo de la industria" se nos antoja actualísima. Veblen fue uno de los primeros en denunciar el riesgo de esclerosis como consecuencia del nepotismo introducido en la sociedad industrial, así como en haber advertido seriamente contra el peligro de una economía sometida a las instituciones y a los mecanismos financieros.

El análisis de Veblen guarda un cierto parecido en algunas de sus propuestas con pensamiento del teórico alemán Feder, al considerar que la verdadera explotación provocada por el capitalismo liberal era de naturaleza financiera ("capital prestamista") al operar sobre un capital técnico-productivo "creativo" (agricultura, industria, comercio y transporte). Veblen, además, sostenía que esta oposición tenía más visos de realidad que el abstracto antagonismo entre "capital" y "trabajo" al denunciar los beneficios monetarios del mundo financiero como "enriquecimiento sin motivo" y cuestionar el interés de la estructura bancaria de la economía liberal. Los financieros, desde el pequeño jugador en bolsa hasta los dictadores de los mercados económicos, "se adueñan de lo que no es suyo". ¿Un análisis sumario? La actualidad nos ofrece, por contra, suficientes ilustraciones: los bancos invierten en función de sus particulares criterios de rentabilidad, las compañías petrolíferas consensuan el aumento de los precios del crudo en un mercado aparentemente libre con objeto de maximizar sus dividendos, los especuladores inmobiliarios sitúan al alza el precio del suelo y de bienes inmuebles provocando crisis en el sector de la construcción, etc. Abundan los ejemplos que confirman la hipótesis según la cual el capital financiero sabotea la producción y restringe la ocupación, con el objetivo de llegar a un nivel marginal más allá del cual los márgenes de decisión están constreñidos al máximo. El capital financiero —que puede ser "nacionalizado", aspecto que Veblen no pudo prever— prevalece sobre la economía nacional provocando la entrada de la sociedad en una era de "cultura del dinero" (pecuniary culture) en la que no cabe ninguna actividad que no haya sido previa y pecuniariamente medida, sometida al control y a la reglamentación dictatorial de la lógica pseudo-racional del beneficio financiero como única alternativa.

CUANDO LA PROPIEDAD SÍ es un robo

En su análisis económico, Veblen está muy cerca de las corrientes del socialismo no-marxista. Al igual que Proudhon, consideraba que la propiedad (en su forma de detentación de los títulos financieros de propiedad de los medios de producción) constituía efectivamente un robo, no en el sentido metafísico y absolutista en el que el liberalismo ha querido estúpidamente interpretar esta célebre expresión (toda propiedad, incluso un objeto: Proudhon nunca sostuvo nada parecido), sino en un sentido que podríamos argumentar de esta otra manera: en la economía mercantil (no necesariamente en cualquier economía) la propiedad, en cuanto detentación jurídica de los derechos financieros de uso de los medios de producción y de servicio (y no como detentación de bienes improductivos), tiene la función histórica de permitir a sus beneficiarios enriquecerse, atribuirse los beneficios fruto de los conocimientos técnicos y del trabajo de la comunidad. En este sentido, una propiedad de tal género constituye, efectivamente, una expoliación de la comunidad popular. Nótese que incluso si el "Estado" es el propietario jurídico (caso de los regímenes socialistas o de los sectores nacionalizados en los países occidentales, como por ejemplo la banca), esta expoliación sigue teniendo lugar, cosa que ni Proudhon, ni Veblen, ni a fortiori Marx, habían previsto: los sectores estatalizados expolian a la comunidad exactamente igual que lo hace el sector privado. Lo que no quiere decir, obviamente —como han considerado quienes han pretendido marginar las tesis de Proudhon o del mismo Veblen—, que toda propiedad industrial (o económica) sea un robo. Dicho de otra forma, y para utilizar las fórmulas de ambos autores, la oficina de un patrón-trabajador no sería una expoliación, mientras que a menudo el puesto de dirección y las prebendas que se atribuye un alto funcionario nombrado como cabeza de un grupo financiero o industrial "nacionalizado", en régimen liberal o comunista, son propiedades expoliadoras, aún si no existe título jurídico de propiedad.

La tesis central de Veblen, resumiendo, es que la economía mercantil debe ser condenada por haber dado el "usufructo de las artes industriales" no a la comunidad popular que, con el conjunto de sus clases, produce el trabajo y la ciencia, sino a la función financiera de la economía que determina las estrategias y, en definitiva, obtiene las ganancias. Una economía comunitaria como la perfilada por Veblen, por el contrario, no autorizaría a una minoría a "obtener algo de nada" (get something from nothing). Mientras que la versión marxista del socialismo, fundada sobre la superada imagen del propietario privado usufructador, pierde fuerza en la medida en que el dirigente no se confunde nunca con el industrial privado y el trabajador no es tampoco el proletario-tipo, la versión vebliana o proudhoniana del socialismo se nos muestra muy actual: el conjunto de los productores es "expoliado" (más que "explotado") por los especuladores: poseedores de capital, banqueros, publicistas, funcionarios ligados al mundo económico, etc. La lucha de clases —ya que es de esta realidad fundamental de lo que se trata— no opone verticalmente a patrones frente a trabajadores, a ricos frente a pobres, sino, de una manera horizontal, a trabajadores (o "productores") frente a parásitos; y de esta última categoría forman parte, tanto los funcionarios corruptos como los falsos desocupados; tanto intermediarios inútiles, como especuladores públicos o privados. Trabajadores los encontramos en todas las clases sociales y en todas las funciones, desde el obrero al artista, desde empresarios a militares.

LA CLASE OCIOSA

La crítica social de Veblen va indisolublemente unida a su crítica de las instituciones económicas. Ésta destapa en la sociedad americana y occidental la interdependencia de factores económicos y culturales, sobrepasando el esquema causal de infraestructura/superestructura; habla de una leisure class (que podríamos traducir por "clase ociosa") para designar a aquella franja de la burguesía para la que la actividad social no significa otra cosa que su objetivo de conquistar, por medio de la posesión cualitativa del símbolo del dinero, una posición de referencia, al tiempo que una superioridad social (sazonada, a título de compensación, con una ideología igualitaria) y de búsqueda del bienestar entendida como un no-trabajo, como hedonismo individualista absoluto. La importancia numérica de esta clase acomodada que conquista espacios a la burguesía media, conformaría el factor social que pondría en peligro a las naciones.

El análisis de Veblen pone el acento sobre la inautenticidad existencial de esta clase. El dinero y el consumo le sirven como símbolos sociales que tienden a camuflar la riqueza acumulada, al tiempo que significan un espectáculo orlado de una superioridad que en absoluto tiene que ver con los méritos obtenidos por servicios a la colectividad, sino a la manipulación social, a maniobras de tipo especulativo, al parasitismo. Veblen habla en este sentido de leyes de disipación ostentosa que "tienen bajo control al consumo", y añade: "se trata de una serie de reglas que mantienen a los consumidores en un determinado nivel de consumo de alto costo y derroche. (...) La regla del derroche ostentoso puede influir, en mayor o menor medida, en el sentido del deber, en el sentimiento de la belleza, en el sentido de utilidad, en el sentido de devoción y de la convivencia ritual, y en el espíritu de la verdad científica". Veblen fija así los mecanismos de influencia del estilo económico sobre la cultura: gastando, consumiendo, es la forma en que los individuos y los grupos muestran sus valores. Esta disipación —o despilfarro— ostentoso (conspicuous waste) constituye para Veblen un hecho criticable en sí. La clase ociosa se empeña en sobrevalorar la importancia de los gastos de índole religiosa. Los gastos ostentosos se convierten en patológicos en el preciso instante en que se individualizan y acaban por confundirse, como sucede en la actualidad, con los objetivos últimos de la existencia individual, sobre todo entre las clases medias. El fin de la existencia se convierte así en una exhibición social, en una exhibición en calidad de "clase ociosa", a través de la medición del valor simbólico de las mercancías y de la posibilidad de compra en función del standing. En este proceso, la pequeña burguesía pone su mirada en la auténtica clase ociosa, que a través de mecanismos de mimetismo alienta y reproduce el sistema económico y social de la sociedad mercantil, gracias a la cual obtiene sus beneficios. En esta perspectiva, las modas, más allá de su aparente superficialidad, asumirían en nuestra sociedad una función política e ideológica más importante que los discursos o la propaganda.

La "disipación ostentosa" conduce incluso a la liquidación de cualquier ética social. "El ladrón que se ha enriquecido de una manera desbocada gracias a la rapiña", escribe Veblen, "tiene muchas probabilidades de saltar por encima de las leyes que se aplican a los pequeños estafadores, de gozar de su botín de hombre bien educado". El estilo burgués de vida, vale decir el significado del dinero, es suficiente muy a menudo para formar parte de la sociedad de los parásitos y los bribones. "Esta riqueza, considerada sagrada, extrae su primordial valor de la buena fama que procura cuando se consume con ostentación". Para mantener su superioridad, las categorías sociales dominantes recurren al simbolismo del consumo y del estilo de vida. Las clases medias, fascinadas, tratan de imitarlas y se ven incapacitadas para contestar el sistema, y así, de esa manera, el consumo masificado, fundamento de la economía mercantil, puede perpetuarse aunque no se ajuste a necesidad fisiológica alguna. De ahí la incesante sucesión de modas y las metamorfosis de estilos de vida que se operan en las clases dominantes, que a penas si dan tiempo a las clases medias a imitarlas.

Jean Baudrillard se ha inspirado de una manera sustantiva en el análisis de Veblen en su notable ensayo Para una crítica de la economía política del signo, donde podemos leer: "Veblen muestra que, a pesar de la tarea que se han impuesto de trabajar y producir, las clases subalternas tienen al mismo tiempo la función de lustrar el estatus del patrón". Esa es, en concreto, la condición de las mujeres burguesas: las "fascinantes cretinas" están ahí, como una mercancía doméstica, para dar testimonio del acontecimiento de su macho —¿o sería mejor decir de su "propietario"?—. Se trata de un "consumo vicario" (vicarious consumption). Baudrillard subraya: "El teorema fundamental del consumo es que no tiene nada que ver con el disfrute personal, sino que es una institución social constrictiva, que determina los comportamientos incluso por encima de la conciencia que de ella puedan tener los actores sociales".

Veblen fue el primero en arrojar luz sobre el carácter superficial de la economía de consumo de masas. Por medio de la dilapidación (wasteful expenditure) que comporta y la tendencia colectiva al ocio (waste of time) que instituye, la economía de consumo mercantil consagra una moral de derroche del tiempo y de las cosas. La "disipación ostentosa", que por un tiempo estuvo limitada a las joyas, a los objetos religiosos o a la decoración urbana, se ha extendido a los objetos cotidianos y a las mujeres "de profesión sus labores", con el resultado de excitar el anhelo de "rango social" sobre la base de signos materiales. La sociedad se hace hipermaterialista y queda penetrada por incesantes conflictos sociales ligados a un acatamiento general de los standing of living (tipología material de vida). El confort no se mide a partir de condiciones racionales de higiene y libertad necesarias para la salud de la población o como meta para la mejora de las condiciones de vida del proletariado, sino que coincide con un determinado estatus identificado con la posesión de mercancías-signos y con la realización de las fantasías desbocadas por los condicionamientos de la publicidad comercial. En la economía mercantil son compatibles condiciones y ritmos de vida o de nutrición insalubres y la posesión de signos de riqueza: automóvil, electrodomésticos de todo tipo, etc.

LA TIRANÍA DEL CONSUMO

Gracias al profundo análisis desarrollado por Veblen sobre la sociedad industrial americana de principios de siglo, que en realidad fue el laboratorio y el modelo de las sociedades occidentales "de consumo" del siglo XX, es posible correr el velo de las contradicciones fundamentales que socavan nuestra sociedad actual. Ésta opone, según la fórmula de Baudrillard, "una moral aristocrática del otium y una ética puritana del trabajo", o, según la formulación de Daniel Bell (en su ensayo Las contradicciones culturales del capitalismo), una cultura "contestataria" fundada sobre el no-trabajo y una organización social y económica fundada sobre el trabajo racional. Nosotros, por nuestra parte, afirmamos que la sociedad mercantil, fundada sobre la productividad del trabajo y su racionalización, genera, como consecuencia de la misma abundancia que engendra la productividad, una ideología y una "fisiología" del lucro y del rechazo de la actividad. Dicho con otras palabras, la prosperidad individual, fruto del trabajo colectivo, mina las bases de este último.

Sin embargo, el carácter dramático de la sociedad occidental no consiste, en el fondo, en esta ostentación social en sí (dada en este caso por el consumo de mercancías). Una ostentación de tal guisa —y Veblen lo puso en evidencia cuando hablaba de las prácticas religiosas— ha existido siempre; la posesión de riquezas puede tranquilamente jugar el papel de símbolo cultural. El drama consiste en el hecho de que la ostentación, por medio del consumo, trata de llegar a convertirse en el único juego social, la única práctica de la existencia individual. En consecuencia, no solo los individuos se despersonalizan como consecuencia de convertirse en meros vectores de los signos, sino que la sociedad pierde su historicidad, se convierte en una pura representación y concluye su misión "transmisora". ¿Por qué hablar de drama? Porque en el drama, a diferencia de la tragedia, los actores ignoran la desgracia que los embarga.

La sociedad occidental, replegada, a pesar de su aparente gigantismo, sobre el fanatismo individual del sistema simbólico de consumo, camina hipnotizada en pos de sus propias mercancías, hacia pruebas que la historia prepara continuamente a los pueblos. Se trata de la marcha de un sonámbulo. Pero la lección de Veblen, más que para esta sociedad "del sueño" —para emplear un término caro a Guy Debord— va dirigida a los pueblos cuyos instintos vitales, creativos o combativos, no esperan otra cosa que la desaparición de la propia posibilidad de "ocio" y "consumo" para desplegar su grandeza y, frente a cualesquiera adversidades, retomar la historia.

NOTA

(1) Primera edición en español: Fondo de Cultura Económica, México, 1944. Otras ediciones: Orbis, Barcelona, 1987 (con prólogo de Jorge Luis Borges).

[Artículo extraído de la revista "Hespérides", 8, noviembre de 1995]

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Un site consacré à Cioran

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http://www.cioran.eu/

Site en plusieurs langues: allemand, anglais, néerlandais, français, italien, espagnol, portugais, roumain

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Sartre chez Baader en prison

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04 décembre 1974: Le philosophe parisien Jean-Paul Sartre, devenu âgé, avec son physique difforme et son faciès grimaçant, répétant ad nauseam ses postures de révolutionnaire verbeux, se rend en Allemagne pour visiter en prison le terroriste de la « Rote Armee Fraktion », Andreas Baader, enfant gâté qui avait cherché quelques décharges d’adrénaline en jouant au terrorisme et en se prenant pour un Robin des Bois du 20ième siècle.

La visite au parloir de la prison a duré une heure. Dans la conférence de presse qui s’ensuivit, Sartre a parlé -ses propos borborygmiques étant traduits consécutivement par l’ineffable Daniel Cohn-Bendit, expérimentateur, à l’époque, en pédo-psychiatrie- des tortures subies par Baader ( ?) et des conditions « intolérables » de sa détention. Le gauchisme et la « révolutionnite » venaient d’atteindre les limites du grotesque.

Personne n’objecte à la nécessité d’une contestation, même musclée, du système mis en place par les Américains en Europe en 1945, où le libéralisme ne connaît plus de limites ni morales ni politiques, mais une campagne d’actes de terreur, d’assassinats et de discours recuits à la sauce « anti-nazie », d’une confondante imbécillité, n’apportait évidemment aucune solution cohérente à ce système. Le quotidien parisien « Libération », qui soutenait Sartre dans cette gesticulation ridicule, estimait, à l’époque, que les critiques et les protestations du gouvernement ouest-allemand n’étaient pas de mise, vu que les responsables de ce gouvernement étaient « souvent d’anciens nazis » ! Cqfd.

Au fond, l’usage abusif, caricatural et idiot du croquemitaine nazi en France, dans tous les partis, est resté tel quel, très semblable à l’usage que Sartre, gâteux, en faisait, pour tenter, vaille que vaille, de redorer son blason pâli et pour se donner une publicité que son œuvre, répétitive, lassante, caricaturale, hermétique, ne pouvait plus lui offrir. Les tristes avatars du sartrisme donnent raison à l’acidité de nos propos : ce sartrisme n’a pas eu de postérité, n’intéresse quasiment plus personne, a terriblement vieilli, a perdu toute pertinence intellectuelle ou littéraire.

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Fête de l'identité: Verslag in het Nederlands

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4de "Fête de l'Identité", Sint-Pieters-Leeuw, 1 december 2007

De "rebelse geest": de loopbanen van Alain Soral en Eddy Hermy

Op het vierde Fête de l’Identité – dit jaar in het teken van de “rebelse geest” – stonden vooral het ideologische parcours van Alain Soral en dat van Eddy Hermy centraal. Beide nationalisten zijn vooral bekend – en berucht – om hun marxistische verleden. Zowel ter linker- als ter rechterzijde reageert men dikwijls nu eens meewarig, dan weer vijandig tegenover hun ideeën. De criticasters zouden zich echter beter de vraag stellen waarom de nieuwe ideeën precies uit die hoek komen, terwijl de oude steeds holler beginnen te klinken sinds het (schijnbare) einde van de Koude Oorlog. De échte Koude Oorlog is een totale oorlog die pas afgelopen zal zijn als de planetaire en totalitaire ideologieën – het liberalisme, het atlantisme en het zionisme – al hun “vijanden” hebben uitgeschakeld (of omgekeerd uiteraard). Hun uitdagers en tegenstanders worden dikwijls “islamo-fascistisch”genoemd. Dat neologisme is een samenstelling waarmee ze hun tegenstanders in de Europese en de Arabische wereld betitelen. Alle verzetshaarden tegen het globalisme en het imperialisme worden over dezelfde kam geschoren. Voor nuance is geen plaats. Om maar te zeggen dat de tijden veranderd en zelfs nog verergerd zijn en dat de rol van de heersende ideologieën en partijen uitgespeeld is, behalve als uitvoerders en medeplichtigen van agenda’s van hogerhand. Maar goed, laat ons de koe meteen bij de horens vatten. De biografieën slaan we over.

Bij aanvang wist men reeds dat Soral en Hermy niet helemaal op dezelfde golflengte zaten, maar uiteindelijk leken die verschillen beter mee te vallen dan verwacht. Laat ons even min of meer de gelijkenissen en verschillen samenvatten. Het zal vlug opvallen dat er meer gelijkenissen dan verschillen zijn. Beiden zijn verdedigers van de nationale soevereiniteit als dam tegen de noodlottige gevolgen van de globalisering. Als een van de belangrijkste gevolgen van die globalisering zien zij het immigratievraagstuk, dat beiden ook nuchter economisch analyseren. Niet deze of gene immigrant is de oorzaak van de problemen, maar wel het immigrationisme: de ideologie die immigratie aanprijst met economische en/of ethische pseudo-argumenten. Die ideologie wordt algemeen gedeeld door gevestigd links én rechts. Het vrije verkeer van personen – naast dat van goederen en kapitalen (niet los te zien!) – is geen vorm van individuele vrijheid, maar een verschoning voor economische uitbuiting. Maximale inzetbaarheid van productiefactoren is het streefdoel. Arbeiders moeten van hot naar her “geflitst” kunnen worden, zoals kapitalen op de financiële markten. Belangrijk echter om te beseffen is echter dat Hermy en Soral vanuit hun nuchtere economische analyse de aanwezigheid van de islam slechts als een gevolg zien van de immigratie. Beiden vinden dat islamhysterie en -obsessie ons afleiden van de (economische) oorzaken en de (politieke) oplossingen. De aanwezigheid van de islam is nadrukkelijk een kwantitatief en geen kwalitatief vraagstuk volgens Soral. Integendeel, de islam is héél lang een bondgenoot van Frankrijk en Europa geweest voegde hij eraan.

Soral maakte ook een heel nauwkeurige sociologische analyse van de westerse decadentie, waarbij hij moeiteloos zowel van Karl Marx, over Alain de Benoist naar René Guénon ging. Hij is vooral berucht geworden als bestrijder van het feminisme en de verschillende soorten communautarisme (zionistisch, islamistisch, gay) dat nu deel uitmaakt van het canon van de “westerse waarden”. De westerse globalisering heeft de culturen van het Oude Europa stelselmatig uitgehold. Ze heeft ons een maatschappij opgeleverd zonder enige transcendente levensopvatting waarin consumeren en produceren tot enige en hoogste waarde verheven zijn, zowel voor autochtonen als voor allochtonen. Het is dan ook logisch dat jongeren uit de immigratie terugplooien op het geloof van hun voorouders in een dergelijke maatschappij. Voor dat feit moet men begrip hebben. De mogelijke vormen en onverdraagzaamheden die er mee gepaard gaan, kunnen worden bekritiseerd. Bovendien zijn hele generaties allochtonen – net zoals autochtonen – in een geest van trotskistische haat tegen Frankrijk “opgevoed”, aldus Soral. Zoals vele bekeerlingen en pilarenbijters is hun geloof niet het authentieke dat ze voor ogen hebben. Soral stelde terecht dat de islam veel dichter bij “la droite des valeurs” (Le Pen) stond, dan bij “la droite de l’argent” (Sarkozy). Hij had ook veel waardering voor de rol het patriarchaat in de islam*. De verbinding die Soral maakte tussen “la droite des valeurs” en “la gauche sociale” was op zich niets nieuws voor wie min of meer zijn klassiekers kende. Hij verwees zelf naar de geest van de Cercles Proudhon uit de 19de eeuw waar Franse nationalisten, socialisten, syndicalisten, enz. samenkwamen om hun ideeën te bespreken. Dat was tevens zijn antwoord op de vraag hoe hij de toekomst van het Front National (FN) zag: opnieuw die geest opwekken.

Bij Hermy was veeleer een economische dan een sociologische analyse aan de orde, in het bijzonder die van de Belgische kaste als het product van een 19de-eeuwse machtsconstellatie en haar actuele geldstromen. Hermy verweet zijn oud-kameraden ter linkerzijde ook terecht de nuttige idioten van de kapitalistische globalisering te zijn. Hij citeerde Rosa Luxemburg, volgens wie de uitbreiding van de economische ruimte belangrijker was dan de nationale onafhankelijkheid of zelfs maar het bestaan van staten. Soral had het dan weer niet echt op zijn oud-kameraden gemunt, maar was des te harder voor de schadelijke rol van de trotskisten in Frankrijk. Hij behoorde vroeger al tot de stalinistische PCF, een hiërarchische en patriottische partij. Hij voegde er ook aan toe dat hij veeleer een “marxist” is geweest dan een “communist”. De PCF was een leger waarin degenen die niet tot het selecte clubje generaals behoorden allen soldaten waren. Het nationale kamp heeft volgens hem meer weg van een Mexicaans leger, waarin er meer generaals dan soldaten zijn. Als het FN meer politieke soldaten zou gehad hebben, dan was Sarkozy nu geen president geweest. PCF-voorzitter George Marchais en Le Pen dongen in de jaren ’80 ook naar de gunst van hetzelfde kiezerskorps (vooral arbeiders). Marchais kwam daarbij soms al aardig in de buurt van Le Pen. Dat eerste kiezerskorps is ook het trouwste gebleken. De antiburgerlijke reflex is zeer sterk bij Soral en doet terugdenken aan grote Franse schrijvers uit het Interbellum. In zijn ogen is er geen verschil tussen “bobo’s” van links en die van rechts. De enige kritiek die Hermy tot Soral richtte, betrof het “republikeinse” karakter van Sorals nationalisme. Bij Hermy lag de nadruk immers vooral op het behoud van de eigenheid voor allochtonen, net zoals voor autochtonen: gescheiden ontwikkeling en geleidelijke remigratie. Hij hield in het kader van zijn remigratieplannen ook een pleidooi voor de noodzakelijke opening naar allochtone opposanten – seculiere en religieuze – en voor de opleiding van nationaal-revolutionaire elites bestemd voor de thuislanden. De uitgedaagde Soral moest bijgevolg de puntjes op de i zetten. Hij beaamde dat hij voor 0-immigratie was, dat hij zoveel mogelijk de eigenheid bij de vreemdelingen wou bewaren en zoveel mogelijk onder hen wou terugsturen, maar dat voor het onvermijdelijke deel dat “tussen twee stoelen” valt assimilatie** de enige uitweg is. Dat is dan ook het doel van zijn vereniging Egalité et Reconciliation.

* Het marxisme/communisme is bij uitstek een materialistische ideologie die vertrekt vanuit matriarchale waarden die terug te voeren zijn tot de idee van “gelijkheid en losbandigheid in de schoot van Moeder Aarde”. De interpretaties die een Friedrich Engels en een Julius Evola.gaven aan Bachofens studie van de mediterrane matriarchale beschavingen staan dan ook lijnrecht tegenover elkaar.

** Het is niet helemaal duidelijk of het de juiste woordkeuze is, maar het komt erop neer.