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mercredi, 01 octobre 2014

Riprendersi Giovanni Gentile

La tyrannie démocratique ?...

La tyrannie démocratique ?...

par vMichel Onfray

Ex: http://metapoinfos.hautetfort.com

Nous reproduisons ci-dessous une chronique de Michel Onfray datée du mois de septembre 2014 et cueillie sur son site personnel. Une prise de position, parmi d'autres de l'auteur, qui énerve les aboyeurs stipendiés du système...

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La tyrannie démocratique

Pour les besoins d’un travail en cours, je reprends mes fiches sur Platon. Relisant mes notes concernant La République, je tombe sur une critique de la démocratie qui me stupéfie par sa vérité.

La démocratie, c’est sa nature, s’avère le régime le plus à même de donner ses chances à l’exercice de la liberté. Mais, anthropologie oblige, la pente naturelle des hommes consiste à vouloir toujours plus de liberté. Chacun veut pouvoir faire ce qu’il veut, quand il veut, comme il veut, sans se soucier d’autrui. L’autorité passe pour une contrainte inadmissible. Elle est vilipendée, détestée, détruite. Si un chef n’est pas assez docile aux revendications de son peuple, il passe pour un tyran, un dictateur, aujourd’hui on dirait : un fasciste, un stalinien…

Platon écrit qu’une cité de ce genre « loue et honore, dans le privé comme en public, les gouvernants qui ont l’air de gouvernés et les gouvernés qui prennent l’air de gouvernants » (562,d). L’actualité lui donne raison : Giscard se faisant photographier torse nu et velu dans une piscine, jouant au football avec une culotte à manches courtes, Sarkozy filmé lui aussi dans ce genre de culotte devenue bouffante pour son format, suant, transpirant, trempé d’humeurs montrées comme les saintes huiles, Hollande se voulant un président normal et photographié en short et polo sur la plage ou arborant un sourire béat sous une pluie battante pour montrer qu’il mouille sous l’averse comme chacun de ses électeurs, nos présidents veulent montrer qu’ils sont comme tout le monde – poilus, sportifs, en sueur, mouillés par la pluie…

De même les exemples de gouvernés qui prennent l’air de gouvernants ne manquent pas : les joueurs de foot décérébrés, les comédiens incultes, les acteurs narcissiques, les vedettes de télévision, les chanteurs de ritournelles à deux neurones ou les stars du rap se comportent dans la vie comme s’ils étaient des princes, des rois, des empereurs à qui tout est dû.

Il en va de même avec le quidam qui se comporte avec ses semblables comme un Roi dans son royaume : malpoli avec son téléphone portable quand il nous inflige ses conversations indigentes, fonçant dans le troupeau pour s’asseoir à la meilleure place en écrasant un ancien ou en piétinant une femme enceinte, passant devant tout le monde dans une file d’attente, se bâfrant d’une poignée de cerises ou d’un abricot pour goûter avant d’acheter… sans acheter, les exemples ne manquent pas.

Le résultat écrit Platon est « que le père s’accoutume à traiter son fils comme son égal et à redouter ses enfants, que le fils s’égale à son père et n’a ni respect ni crainte pour ses parents, parce qu’il veut être libre, que le métèque devient l’égal du citoyen, le citoyen du métèque, et l’étranger pareillement » (562, e-563, a). Parce que le fils ne craint plus le père ni l’élève son maître, c’est le père qui craint son fils et le maître son élève. La peur qui existait de l’inférieur au supérieur ne disparait pas, elle s’inverse : le supérieur se met alors à craindre l’inférieur. Mais la crainte n’a pas disparu. « Ainsi l’excès de liberté doit aboutir à un excès de servitude, et dans l’individu et dans l’Etat » (564,a). La flatterie devient la règle – la démagogie en est la forme contemporaine. Petit à petit, à force de démocratie, le démocrate fait le lit du tyran.

Impressionnant de vérité…

Michel Onfray (Chronique mensuelle de Michel Onfray, septembre 2014)

lundi, 29 septembre 2014

La contracultura como ideología capitalista

La contracultura como ideología capitalista

Sobre La revolución divertida de Ramón González Ferriz

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por José Andrés Fernández Leost 

La contracultura es la cultura de los ricos y bien formados. La rebelión es una tradición del sistema capitalista a la que se premia. Estas dos frases, extraídas de su libro, podrían resumir las conclusiones a las que llega Ramón González Ferriz en La revolución divertida, expresión que emplea para referirse a Mayo del 68 y, por extensión, a todas las «revoluciones culturales» que se ha producido desde entonces en Occidente.

La tesis de fondo no es inédita: apela a la capacidad de adaptación del capitalismo democrático ante las transformaciones socio–morales –encauzadas por los medios de comunicación masivos– deslizando de paso una leve crítica a la generación de los años sesenta{1}. El autor no olvida referirse a las «guerras culturales» que desde hace casi medio siglo enmarcan el debate público, sin cuestionar –y esto es clave– las instituciones políticas. En este sentido, subraya la eclosión de un conservadurismo renovado que, al igual que la izquierda libertaria, construye mitos (los dorados y tranquilos cincuenta) para competir en el mercado de las ideas y venderse mejor. A su vez, el libro tiene la virtud de analizar el caso español, cuyas tendencias tras el fin del franquismo no hacen sino replicar las pautas de transgresión sistémica propias de la cultura pop (verdadero marco ideológico del capitalismo), llegando hasta el 15M.

Pero volvamos al principio, esto es, al 68. Fue entonces cuando alcanzaron visibilidad social temas que en gran parte continúan definiendo la agenda político–mediática del presente (feminismo, ecologismo, homosexualidad…). También cuando se rompió el consenso cristiano–socialdemócrata de postguerra, pero solo para generar otro nuevo, en el que convergen la liberación de las costumbres y la economía de mercado. Así, pese a su fracaso político, el 68 triunfó en la calle puesto que, en lugar de una revolución a la antigua usanza –de asalto al poder–, fue un movimiento de ascendencia artística, más pegado a los beatniks y Dylan que a los tratados de Althusser o Adorno. Los «niños de papa tocados por la gracia» que la protagonizaron (de acuerdo con Raymond Aron) constituían la generación mejor tratada de la historia, legatarios de las políticas bienestaristas implantadas por los De Gaulle, Attlee, Roosevelt, etc., en un contexto de boom demográfico. En vez de tumbar al sistema, la revolución divertida tan solo exigió al cabo, en sintonía con la canción de los Beatles, una apertura («interior») de la mente, un ensanche del consumo de experiencias voluptuosas que no hizo sino expandir el capitalismo. Y actualizar su percepción, que pasó de una imagen conformista a otra bohemia, diferente, cool, gradualmente acomodada a la del «genio informático». Entretanto, las reivindicaciones clásicas de la izquierda se fragmentaron al punto de abandonar la lucha de clases y desplazar el núcleo del debate a un terreno de juego estético, identitario. De puro marketing. En consecuencia, la izquierda quedó varada en el callejón sin salida en el que se metió, defendiendo modelos de vida libertarios al tiempo que reclamaba más Estado. Ello no impidió una reacción –asimismo decorativa– de una derecha puritana que, envalentonada por los medios, ha desembocado en el Tea Party. De este modo, mientras el mainstream ha consolidado una hegemonía cultural sincrética, lúdica, tolerante e individualista, se ha abierto un espacio en los márgenes destinado a la retórica radical, intelectualmente confortable y sin mayor repercusión que la que le concede la moda.

La tardía incorporación de España al sistema de democracias representativas apenas retrasó la adhesión de su sociedad al mismo imaginario. Retrotrayéndose al inicio de la transición, el autor subraya la prevalencia que acaparó la Nueva Ola –corriente postpunk antecesora de la Movida madrileña, sin mayores ambiciones políticas– frente a la izquierda ácrata afincada en Barcelona, más «sesuda» (ciertamente, ni la dimensión hedónica que cultivaba esta corriente casaba con el viejo espíritu cenetista –reflejo de una clara ruptura generacional– ni su maximalismo utópico implicaba efectos institucionales). Sea como fuere, el ajuste de los valores postmodernos a las nuevas estructuras de decisión terminó cuajando con la creación del Ministerio de Cultura, el cual –poniendo en ejercicio el concepto de simulacro de Baudrillard– se convirtió en el mayor patrocinador del anti–establishment toda vez que, al amparo del radicalismo estético, la agitación política quedó desactivada. Es lo que algunos etiquetan como «Cultura de la Transición» que en los ochenta encarnaron mejor que nadie los «intelectuales pop»: un conjunto de personajes vinculados a la socialdemocracia procedentes de la esfera universitaria, literaria o periodística (Tierno, Aranguren, Vázquez Montalbán…) a la que se incorporaron figuras del ámbito artístico, siguiendo la estela del resto de Occidente (Bob Marley, Bono, Manu Chao, etc.). Un fenómeno que –también al igual de lo que sucedió fuera de nuestras fronteras– tendrá su contrapunto ideológico, cuando a mediados de los años noventa el partido conservador alcance el poder en España y los intelectuales de derechas, esgrimiendo asimismo un discurso transgresor («políticamente incorrecto») reciban su cuota de apoyo estatal.

Bajo el signo de una conflictividad ideológico–cultural normalizada, en gran parte abolida, el tramo final del libro repasa los últimos ecos del 68 que resuenan en los albores del siglo XXI, al compás de la antiglobalización, la revolución de las nuevas tecnologías y la crisis financiera. La proximidad de estos acontecimientos no ocultan su «lógica divertida», inofensiva en términos políticos y diáfana a poco que se examinen sus características. De hecho, en el caso del movimiento antiglobalización –que alcanzó su mayor cota de popularidad en las manifestaciones de Seattle y Génova de 1999 y 2001– nos encontramos ante un ideario amorfo e inconsistente, rápidamente fagocitado por el capitalismo cultural, vía productos «indies». Pese a su vocación purista por recuperar la esencia mística del 68 –frente a quienes la traicionaron– la multitud de causas que acumulaba (etnicismo, antiliberalismo, animalismo, etc.) acabó por diluir su congruencia. Tanto más por cuanto la única reivindicación de peso, más o menos compartida, solicitaba una mayor presencia estatal, en detrimento del libertarismo genuino. Quizá más coherencia guarden las batallas abiertas por la revolución cibernética, siempre que se acentúe su naturaleza apolítica. Según subraya González Ferriz, la juventud de los líderes y emprendedores del universo digital{2} se plasma en el entorno laboral que han construido: informal, desprofesionalizado y flexible. Ajeno a la agenda política. Y aunque es verdad que internet ha posibilitado la creación de un espacio capaz de impulsar cambios sociales e incluso intensificar los grados de participación (Democracia 2.0), lo cierto es que los fundamentos del régimen representativo permanecen indemnes, escasamente erosionados por la actividad de plataformas «hacktivistas» como Anonymous o WikiLeaks. En cambio, el impacto de internet se ha dejado notar en el circuito de las industrias culturales, cuestionando el alcance de la propiedad intelectual, fracturando los filtros de autoridad y desarbolando el modelo de negocio establecido. Esta brecha ha introducido una cierta mutación ideológica, en el sentido de que los antiguos progresistas se han convertido en los nuevos conservadores, nostálgicos del viejo orden, mientras que muchos partidarios del libre intercambio de contenidos simpatizan con el libertarismo individualista. Con todo, cabe matizar la magnitud de este fenómeno, en tanto no ha alumbrado un sistema alternativo y el rol de las empresas culturales (editoriales, productoras, etc.) sigue vigente.

Por fin, la última estación del trayecto nos lleva a las manifestaciones del 15M español y al movimiento Occupy, en las que confluyen rasgos de la antiglobalización con el empleo eficaz de tácticas digitales, a través de redes como twitter o facebook. Su instantánea instrumentalización mediática amortiguó la carga de su ideario más auténtico, ligado a la corriente «okupa» y al libertarismo de izquierda de los setenta, aunque también colocó en un primer plano de interés sus planteamientos de base (autogestión, asamblearismo…). No obstante, la heterogeneidad de sus integrantes y la fragilidad de sus referentes teóricos (encarnados en el endeble panfleto de Stéphane Hessel) han acabado por desinflar un fenómeno que tampoco estaba exento de contradicciones. Y es que en su trasfondo –debajo del agotamiento provocado por la crisis económica– nos topamos con una nueva quiebra generacional, protagonizada por una juventud que no busca sino vivir en las mismas condiciones de desahogo y estabilidad que sus padres. Estaríamos por tanto ante una suerte de revolución conservadora, presumible nicho de futuros políticos y empresarios de éxito, llamada a perpetuar en una nueva vuelta de tuerca el «entretenimiento–marco» en el que se desenvuelve la dinámica política occidental. El teatro de su mundo. Quizá el desencanto y la desafección social expresada en las encuestas hacia las principales instituciones (dicho de otro modo: la atracción por la anti–política o el populismo) represente su indicio actual más evidente, síntoma de la enfermedad que supone desconocer la reconfiguración de un mundo emergente más complejo, más rico, con más clases medias y, en consecuencia, más sometido a la presión, al riesgo y a la competencia global por los recursos materiales y energéticos. Pero este otro debate carece de diversión.

Notas

{1} Dicho razonamiento encuentra soporte en una creciente bibliografía desmitificadora en la que destacan títulos como Rebelarse vende, de Joseph Heath y Andrew Potter (2004) o La conquista de lo cool (1997), donde su autor, Thomas Frank, ubica en las reconversiones de la industria publicitaria de los años cincuenta–sesenta el germen de la contracultura, detonante del consumismo individualista posterior.

{2} Sus máximos exponentes apenas superaban los 30 años en el momento en el que fundaron sus proyectos.

Fuente: El Espía Digital

Jonathan Bowden: Heidegger

Martin Heidegger

By Jonathan Bowden 

Ex: http://www.counter-currents.com

heidegger-crop Editor’s Note:

The following text is a transcript of Jonathan Bowden’s lecture on Martin Heidegger at the 6th New Right Meeting in London on February 18, 2006. You can listen at YouTube here [2]. If you can make out the passage marked unintelligible, please post a comment below. 

In truth, this is not one of Jonathan’s best lectures, but even Heidegger experts would be hard pressed to deliver a good introduction in one hour. It is, in particular, highly misleading to characterize Heidegger as an “essentialist.” But Jonathan means simply the belief that reality that exists “outside” and “before” the existence of the mind. And indeed, Heidegger so strongly believed this that he rejected even Platonic essentialism as implicitly subjectivist, because it posiys that ultimate reality consists of entities that satisfy our quest for certainty, thus conceiving the world based on the needs of the human subject.  

Martin Heidegger: this talk in some respects is incredibly difficult, because I remember when the elitist Jewish academic George Steiner was asked to do the Fontana Modern Masters on Heidegger, it was because a long series of Oxbridge academics couldn’t do it. They basically couldn’t reduce the extraordinary complexity of, in particular this work, Being and Time, to 100 pages. Because Fontana Modern Masters, as you know, is a students’ sort of “cheat” primer, the sort of thing that people look up on the internet now. And to reduce Heidegger to that is slightly ridiculous. But you also have to provide a sort of middling and upper-middling foregrounding for people to come into the theory anyway, otherwise they’ll be at sea.

Now, what people do when they write Times Literary Supplement, never mind Sunday Times, articles about somebody like Heidegger is they basically talk about his politics; they talk about whether or not he had a mistress; they talk about his early Catholicism; they talk about wraparound and biographical matters, because the theory is amongst the most difficult metaphysical theories written in the last century.

Probably Adorno and Sartre on the ultra-Left—both of whom cross over with certain areas that Heidegger was concerned with, Sartre, biographically never mind anything else—and Heidegger are amongst the most complicated theorists that one can ever imagine. So, before we start on this talk we have to look at what’s happened to Western philosophy in the last hundred years.

Now, for those who read their philosophy at tertiary level in our universities—and tertiary education has been so degraded in many respects through egalitarian discourse that it’s almost meaningless, but for those who do—they know that there are two great clusters in Western academic philosophy: so-called Anglo-American philosophy, and so-called, but essentially actual, European and Continental philosophy.

We grow up, whether we like it or not—because even the Tony Blairs of this world are actually subliminally influenced by these ideas—in an empirical, naturalist, factually-oriented, slightly anti-theoretical current which comes from our alleged and soi-disant Enlightenment. And we come out of essentially an anti-theoretical and an anti-metaphysical discourse which is why something as unbelievably outré as this is literally outside of British and Anglo-concentric thinking in all sorts of ways. For a long time it was said that Being and Time would be untranslatable, and it wasn’t translated until ’62. And don’t forget, the book was written in the ’20s. And it’s translated by two academics, so it’s sort of two-for-one, with Blackwells, a sort of generalized Oxbridge publisher.

Now, what is Continental philosophy trying to do, and why does Anglo-American philosophy think it’s meaningless? Because these are questions that can’t be answered and therefore shouldn’t even be asked, in a Bertrand Russell and Wittgensteinian way of looking at things. Basically, Heidegger is trying, through semi-atheistic and allegedly secular discourse, to arrive at certain ultimate spiritual truths grounded in pure philosophy, and in pure thinking about thinking, even thinking about the thinking of thinking. And he is trying to prove certain cardinal things that, in many ways, gifted adolescents ask, but often as they atrophy into adulthood and early maturity they fall away from. Most people ask, “What’s life for?,” “Is there a God?,” “Is there ultimate purpose?,” “What is death about?,” “Will anything happen to me that can be acknowledged as existing before I die that impinges upon this cardinal event?,” “Why are most people completely oblivious to these issues and are terrified and often in a state of mild anxiety if they come up in general discourse?”

Now, Heidegger is trying to reach real conclusions, grounded philosophical conclusions, about these cardinal matters. Because he believed that Western metaphysics—and this is an incredibly arrogant statement really—that Western metaphysics had gone wrong for 2500 years of falsity and inauthenticity in relation to the primal nature of Being, which he believed is even a category within the notion of being which he calls Being-in-being.

Now, what’s “Being”? The “science” of Being in abstract philosophy is called ontology, and all of his work is about ontology. Now, this slogan behind me which Troy has kindly put up is, in part, a conceit because it says, “Martin Heidegger and Death’s Ontology.” Well you can’t really have an ontology of death, but you can have an ontology of life. But his whole point is to place life, as understood as concrete Being and as phenomenon, before death.

Heidegger is essentially a religious thinker, but he wants to route theoretical and theological energies through pure intellectuality. Why so? Because it is a way into intellectual understanding in the 20th century. Most of the cardinal ideas of the 20th century impinge upon him. And he was taught phenomenology at university by Edmund Husserl, to whom Being and Time is dedicated. In the sort of epigraph/frontal page he says, “Dedicated to Edmund Husserl in friendship and admiration. Black Forest 8th of April 1926.”

Now, many people, sort of undergraduates, people who go on Channel 4 documentaries, say that Martin Heidegger is an existentialist. And he influenced enormously that school, but in actual fact he is not an existentialist, hence the endless intellectual complication. He is as far removed as that, whilst being tangential to it, as one can possibly imagine. Now, he is a radical essentialist of the most primary and foundational form.

Most of the contemporary theory that’s influenced Western university professors and other intellectuals in the last 30 years is based on a particular type of existentialism which is designed, in a way, to get rid of this sort of material even before they start thinking. The idea is that existence is all there is, and existence foregrounds essence. There is no prior essence, there are no ontological variants which could be said to be true before us. Essentially, there is—put crudely and in Sun editorial terms if you can even describe Heidegger in such cultural proximities—they’re saying that God is not just dead, but was always dead and was always a mistake and even the admission of his existence or partial existence was based on a question that shouldn’t be asked, because it was epistemologically false even in the asking of it.

Epistemology is the science, or way, of understanding how one should think: thinking about thinking, if you like. Because in this type of thinking, before you have a thought you must, rather like a surgeon, make sure your tools are all right in order to operate. So you have to think about the thinking you’re going to initiate before you even start thinking.

Now, most Left-wing ideas are based upon the idea that we’re a tabula rasa, that we’re a sheet of paper, that you can write upon it as you want and as you will; that we’re the product of economics, or that we’re the product of social forces or interconnections of the two; there might be a bit of biology but it’s so mediated through socio-economic concerns that it’s lost sight of. Certainly, there are no prior truths to us and our existence. Hence Sartre’s famous essay which was designed to bring Leftist students, and a whole generation of them, many of whom are prominent in the media now and so on, in the Western world into a particular type of thinking. He wrote an essay called Existentialism is a Humanism because ultimately, in a sense, it is, although paradoxically there have been plenty of Right-wing existentialists.

They believe that existence precedes essence; essence is just an idea, is a ghost, is a spook in the machine, is that which is prior, is that which all modern theory rejected when the modern world replaced the medieval world. And in some respects, although it’s a very crude analysis, Heidegger is a super-charged modern who was a return of radically medieval ways of looking at the world; at meaning; at purpose; at will; and at existence in existence as clarified essence. So, in a way he is trying—scribbling away at this chalet he had, made of wood in the Black Forest— to confirm the existence of God, basically. That’s what he’s trying to do with this enormous amount of theory.

When post-structuralism, so-called, became the cardinal intellectual discourse of our universities, pretty much in the 1980s/1990s and subsequently, those theories are based upon the idea which radicalizes even the existentialist project of the ’50s and ’60s. And this is that there is no essential foundation to meaning. I remember a Marxist university professor I know quite well—he teaches at some upgraded poly which is now called a university in London—Malcolm Evans, who wrote a book about Shakespeare called Signifying Nothing, which is a quote from Macbeth of course, so there’s a clever interweaving of texts going on here. But he basically believes that essentialism is dangerous. Because of course, although your average Socialist Worker Party activist, and there’s few of them left, would even think in these terms, it is a totally rival and totally discontinuous and totally oppositional way of thinking. They believe, they begin with man in his predicament and the only way to get out of that predicament is to change one’s environment which creates the nature of that predicament.

Heidegger’s view is that everything is prior, everything is prior, and death is before you. And death, in accordance with essentially his religious nature, is what life is about. In other words, life is about preparing yourself for inexistence.

Now, one of the sort of comets that goes across this constellation which could be said to be Heidegger is Jean-Paul Sartre who did his thesis in Germany, partly during the Nazi period. Sartre, this rather sort of short-sighted ugly man, stooping around, running about, didn’t seem to know what was going on in Germany at this period. Indeed, there were circles of the Left in post-war France who held it against Sartre that he actually studied in Germany during this period, influenced by these sorts of ideas.

Now, Sartre takes these ideas in another direction. So, he doesn’t have a prior essence; that there are things like Beauty with a big “B,” Justice with a big “J,” Truth with a big “T,” and so on, that exist prior to man. He believes that everything is unknown prior to specific consciousness. But you authenticate yourself and the possibility of Being by confronting nothingness and filling the emptiness with volition, in his case by choosing to be an extreme Leftist. Life is utterly meaningless. But one chooses a course for one’s life and for one’s discourse.

And this led him to myopic apoliticism and moping around in German libraries in the 1930s through to Maoism, essentially, because he basically ended up in a sort of Maoist sect before he died in the 1970s. Something which, because Pol Pot of all people passed through some of those Parisian Salons in the 1970s, listening to people like Kristeva and these other post-structuralist theorists, has rather doomed Sartre in post-war and after his death terms, because you can’t claim existentialism as a humanism when one of your moral pupils turns out to be Pol Pot! That’s been a bit difficult, you see.

But you have this extraordinary radicalism in the examples of these two men: Sartre ends up with Mao (put crudely), and Heidegger ends up with Hitler. Because both of them, if you like, begin thinking cardinally about the values of our civilization which, when you think about it logically, would lead them to some of the most radical conclusions, socially, politically, and ideologically, which are possible.

Because this type of intellectuality—and I’m going to read certain sections of it because there is a pretension always to talking about people like Heidegger without dealing with what we’ll call the hard core; you’ve actually got to look at the material which is written in a sedentary way but is written, in a sense, in accordance with the notion of intellectual fury. It’s a belief that all of life and all of meaning can be revealed through mental processes, which I don’t believe is true, but it’s a heroic attempt to do this.

And this sort of language is virtually a system of thinking which has more relationship with artistic ways of describing things, actually. Because Heidegger’s theory is something that you have to experience. Here is a man dwelling upon ultimate questions of whether there is an essence in an essence, of what it means to be you, or this table, or anything that phenomenologically exists. Or, are there realms above us or beneath us or around us? And, how can you answer a moral question with an affirmative statement?

Wittgenstein’s point in Tractatus and after is that ultimately you can’t answer a morally affirmative statement because to do so is meaningless outside language, and language is all that exists, and language is given even only a partial meaning through context. There’s a famous and funny story of Wittgenstein where he’s ferociously berating an American visiting professor at Cambridge and he says, “You can’t make affirmative moral statements,” and he’s waving a poker in his face. And the university professor replies, “Here’s an affirmative moral statement: don’t wave pokers in the faces of visiting professors.” And Wittgenstein hurls the poker into the fire and storms out of the room in a rant.

But these attempts, abstract and very radical though they are, always, like Icarus in a sense, go up and then come down again. Because, mark my words, every politician and every pundit, no matter how low-level, no matter how 200 times beneath this sort of discourse they are, is actually replicating ideas that have come from somewhere and are going somewhere. The reason why—you know, you walk around London today—the world is as it is, is ideological in the broadest of senses. Because a man who has any sort of belief becomes the equivalent of 50 men in action. And Heidegger was a man whose action was theory in this purely Germanic way.

I met a German intellectual once and he said, “Ah, you’re an intellectual,” and he sits down and he looks right into your eyes and you begin the theory. This is a totally un-British sort of way of behaving because there’s no concept of irony in a way, but this idea that you achieve truth through almost a violence of intellectuality, which in a way Heidegger evinces.

Now let’s read something from Being and Time. Now, Being and Time is divided into two books, essentially. The first one is “An Explanation of the Question of the Meaning of Being; The Necessity, Structure and Priority of the Question of Being.”This is whether we can even talk about the nature of talking about the book. We have, “The Necessity for Explicitly Restating the Question of Being,” we have “The Formal Structure of the Question of Being,” we have “The Ontological Priority of the Question of Being,” and we have “The Ontical Priority of the Question of Being.” That takes him 32 pages before he’s even started. You’ve got to clear away all the refuse in your garden before you start, basically.

Part One is “The Interpretation of Dasein in Terms of Temporality,” that means the interpretations of Being in terms of time, andThe Explication of Time as the Transcendental Horizon for the Question of Being.” Then there’s another section about “Being-in-the-world in General as the Basic State of Dasein.” Then there’s a section on “The Worldhood of the World,” by which he means, “Is the world as we appear?” Can we prove that you are actually there? Because it’s actually very difficult from first principles to prove common sense: that I’m speaking to you, that I’m not speaking to myself, that it’s a vision, that I’m talking about things that are endlessly solipsistic, in pure mental processes without being empirical, because this type of theory believes that empiricism distorts because you go down to matter, and so you must keep it totally at a theoretical level. It’s actually quite difficult to prove the idea that everything isn’t an idea, and that even addressing you in this way is an idea, and so on.

“Being-in-the-World as Being-within and Bringing-one’s-Self to the ‘They’.” This is the idea that one approaches the possibility of semi-existence in another, theoretically, before one gets there. Then we have “Being-in as Such.” Intellectual Germans love these little “as suches” and so on. “Care as the Being of Dasein,” now this is the self-reflexiveness of the possibility of Being in being. What does he mean by “Being in being”? He really means the presence of God in life. Really, deep down, in my view, he never left the Jesuits who trained him intellectually, and his thesis was on Duns Scotus; the idea that everything is, essentially, foregrounded before one gets there, theoretically.

 

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Here’s the second book, Division two. “Dasein and Temporality; Dasein’s Possibility of Being-a-Whole and Being-Towards-Death,” which is the real point, to place man in full understanding of it before death.

Now, there’s always with this sort of theory, possibly a sort of alienation effect. But the way to look at it is there are few moments of profundity in most individual’s lives, but one of them is that period when one is probably pretty conscious that one is waiting for death. And it’s going to happen to all of us, you and me, and in some ways the way to overcome the sort of innate philistinism that exists about this pure, pure theory is to put yourself in that position. Because Heidegger’s work is a man in early life in full consciousness of radical mental gifts, thinking about what it means to die before you get there, and not responding at the level of emotion. Although I believe personally that all theory is physically based and comes out of the emotions as part of one’s physicality, but let’s not intrude my ideas too much.

Another section is “Dasein’s Attestation of an Authentic Potentiality-for-Being, and Resoluteness.” Another section is “Dasein’s Authentic Potentiality-for-Being-a-Whole, and Temporality as the Ontological Meaning of Care.” Then there’s a section on “Temporality and Everydayness.” By this time we’ve got up to page 421, by the way. Then there’s a section on “Temporality and Historicality,” and then there’s a section on “Temporality and Within-Time-ness as the Source of the Ordinary Conception of Time.” Then there’s some dealings with other theorists who are rather brushed away at the end, Hegel in particular.

The last section of all, which is Section 83, around pages 436–486, is “The existential-temporal analysis of Dasein, and the question of fundamental ontology as to the meaning of Being in general.” This is the moment when he wants to place man before death, self-aware of the nature of authentic existence.

As a critique of all this sort of material Adorno—in some respects his chief ideological nemesis on the other side—wrote a book called The Jargon of Authenticity which is an attack upon this type of thinking. Adorno is one of the key thinkers in what’s called Western Marxism and the Frankfurt School.

Now, here is a section on death, because it’s all essentially about death. “Underlying this biological-ontical exploration of death,” that just means the biological exploration of death, “is a problematic that is ontological.” That concerns the science of Being. “We still have to ask how the ontological essence of death is defined in terms of that of life. In a certain way, this has always been decided already in the ontical investigation of death. Such investigations operate with preliminary conceptions of life and death, which have been more or less clarified.” That’s in the last 290 pages which I’ll forebear from reading out. “These preliminary conceptions need to be sketched out by the ontology of Dasein.” Which is Being in being. “Within the ontology of Dasein, which is superordinate to an ontology of life, the existential analysis of death is, in turn, subordinate to a characterization of Dasein’s basic state. The ending of that which lives we have called ‘perishing.’ Dasein too ‘has’ its death, of the kind appropriate to anything that lives.” Basically he’s asking here, does what traditionalist orders have called the soul survive death? “And it has it, not in ontical isolation, but as codetermined by its primordial kind of Being. In so far as this is the case, Dasein too can end without authentically dying, though on the other hand, qua Dasein, it does not simply perish. We designate this intermediate phenomenon as its ‘demise.’” Then there’s a large footnote which I’ll forebear from going into because it’s printed in point 6, I think. “Let the term ‘dying’ stand for that way of Being in which Dasein is towards its death.” Auxiliary footnote. “Accordingly we must say that Dasein never perishes. Dasein, however, can demise only as long as it is dying.” So, he’s talking about the death of the concept of the soul which is self-aware of the possibility of that moment. “Medical and biological investigation into “demising” can obtain results which may even become significant ontologically if the basic orientation for an existential interpretation of death has been made secure.” Ah ha! “Or must sickness and death in general—even from a medical point of view,” Notice: “medical point of view.” Physical stuff which we keep out of sight. “Be primarily conceived as existential phenomena?”

The first thing that strikes you about this is his attitude towards death. You walk round a death ward in a hospital—you know they’re all about to give out—most people’s response is physical and emotional, the one and the other. He regards that as bourgeois deviation; even as filth. Always keep your theory before you because that’s how you apprise the nature of that which is real as against that which is mere appearance, and that which is governed by dread.

In the 1960s the counter-culture, that had many tendencies which ultimately tended overwhelmingly to the Left regardless of this, had the notion that life was not as it should be or could be. That there needed to be a spiritual dimension to human beings that had been lost sight of given the collapse of the Christian religion. And I take it as unarguable that in our civilization in the last hundred years, in accordance with what it once was, in the West largely, with the odd exception, individual and group, the Christian religion has collapsed. And it’s collapsed amongst the most advanced thinkers of our civilization and racial or ethnic group from early in the 19th century. Or at least they were aware of the possibility of its mass collapse long before it became a sociological phenomenon. This is why this theory, which ultimately has had much more impact in theology than it has in philosophy, has been put in this particular way.

When the Renaissance occurred in our thinking one of the great criticisms of the philosophical schools that preceded it, of which Duns Scotus was an accredited master, was that they were dealing with things that could never be proved at this level of reality, even theoretically. And the slogan that’s used is that they were debating the number of angels that could dance on the head of a pin. And it was all utterly pointless, and we had to get away from all that.

Now, Heidegger wants to go back there, up to a point, but in actual fact he wants to go even further back. He wants to go back to the pre-Socratics, he wants to go back to the Sophists, he wants to go back to the original and primary Greek thinkers that begin the process two-and-a-half thousand years ago, which is why Nietzsche obsessed him. Because, if you like, Nietzsche stands half way between this radical essentialist/quasi-religious thinking, that there is before you nothing but God, and God in all and God for all, and you’re part of Him. Which, if you sacralize this language, begins to make sense of what Being is, what Being-in-being is, what Being-in-being before all being is, and so on. It’s, if you like, a re-rooted theological language use. There’s that position. And prior traditionalists who have Right-wing views largely accord philosophically and psychologically with this area.

Nietzsche, who’s a figure who obsessed Heidegger of course, and who has this enormous theoretical explosion at the end of the 19th century, just preceding the emergence of people like Husserl, Jaspers and Heidegger, in early 20th century Germanic thinking at a high philosophical level. Don’t forget, Anglo-American philosophy almost denies the possibility of metaphysics. Bertrand Russell would say, if he were sat at the back, which is a bit difficult considering he’s been a corpse for about thirty years, “It’s all meaningless. It’s an interesting talk but it’s about things that can’t be proved at any level and is therefore pointless. Because your view is as good as his, as good as so and so’s. The only difference is people can put it better, or worse. But there can be no grounded truth that I can grasp and put social practice and purpose to.”

 

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Now, Nietzsche stands halfway between the Left existentialist view, that there’s nothing prior, that, put very simply, we make it up as we go along.

Baudrillard, a French intellectual, wrote a book in the 1990s saying that the first Gulf war was just a computer game; it didn’t happen. Didn’t happen, it was just a discourse. All those cluster bombs and stealth bombs and so on, it was just a fantasy in a televisual age: one man’s discourse, you see?

In an age of extreme relativism, which is the almost opposite of this absolutist theory, totalitarian theory, which is actually, mentally what it is, we see the division between what exists now and the reasons for some of the very controversial, certainly in the mainstream, political choices that Heidegger made in the middle of his life in Germany in the thirties.

Now, Nietzsche’s position is that there is a prior, there is an essence, but Nietzsche is a partial to semi-absolute existential thinker. Because Nietzsche’s contribution to modernity and to modern intellectual thinking is there may be things which may be prior, but we don’t know what they are, and we have to test them through struggle, through life, through will and purposiveness, and various levels of what he called Will to Power which he believed was the basis of all lived existence.

So, Nietzsche says God is dead partly to say he’s a militant atheist but partly to say that the idea of God in the minds of men has died, which means that theoretically it may not have completely died but is in a point of collapse. Because the point is to test and to rearrange, and you put up a view and I will attack it because life is struggle. And in that struggle comes out the possibility of meaning. Nietzsche would say, “There is a truth but I don’t know it yet.” There is a degree to which ontological circumstances cannot be proved but are not rendered prior meaningless, which is why Nietzsche approaches nihilism, the belief that there is no purpose and no values and no constraints and no morals that aren’t purely human, and that there is nothing outside. Which, of course, makes it very difficult to run any sort of a civilization because there are no lines.

And Nietzsche stands halfway between what you might call this existential Leftist praxis and Heidegger. Nietzsche’s become extremely fashionable on the Left in the last thirty years and there’s lots of post-modernist books by people like Deleuze and Guattari, and these sorts of people, who love the element of Nietzsche that tears down—“I come as a destroyer!”—because in order to create you’ve got to destroy first, you’ve got to level off a bit. There’s ruins around you, so you give them a bit of a push.

All of Nietzsche’s thinking before Zarathustra, when he begins to vouchsafe his own view, if you like, is largely a tearing down: a tearing down of the normative nature of ethics in The Genealogy of Morals; tearing down of the idea of truth itself; an erection of science in works like The Dawn or The Joyful Wisdom/The Gay Science; and then a tearing down of the idea of science; a playing up of certain Darwinian and evolutionary ideas which Nietzsche’s actually quite suspicious of because, he doesn’t think that life and circumstances are linear at all, he believes they’re circular and everything that was comes back again. He thinks that Darwinists are cretinous materialists and shallow optimists. Look at people around you. Are they progressing and moving upwards or are they just dullards led by a few people at the top who manipulate them?

Now, Heidegger made a radical, possibly the most radical, choice philosophically and politically in the century that’s just passed. Admittedly, he was living in Germany at a time when, if the Left-liberal consensus would have it, the most controversial regime in the 20th century came to power. Now, if you were in other races or in other societies you would actually refute that, you’d say that Stalin’s or Lenin’s or Mao’s or various other regimes were more important. You could argue that the most important regime in the 20th century is the American one. But put all that on another table for today.

Heidegger decided in 1933 to join the Nazi Party, to join the National Socialist German Workers Party and gave lectures for a year in his university in full Nazi uniform;[1] and was involved with all of the party Gauleiters and other figures in his area to the shock and horror and consternation of much of the academic elite that he was associated with. And don’t forget that Heidegger did this for purely speculative and theoretical reasons. Heidegger had no concern with doctrines of race, no concerns with doctrines of conspiracy, no concerns with politics at all. Politics was irrelevant in relation to placing man before death, which is what life was about. And what he loved about this movement was that he thought it was a primordial movement that was bringing back, almost in an occultistic way, the partiality towards death, and in some ways it was bringing back the ancient world with modern technology. That’s why he reached out to it.

Now, he regarded democracy, just like middle-brow secular humanism, as a deviation. Because in a sense his nature is so primordially prior and religious that he considers almost all normal life to be irrelevant: family, having a good time, pleasure, pleasure as a principle for life, which in liberal theory is cardinal. The American constitution talks about liberty, talks about property, talks about happiness. Heidegger doesn’t think the purpose of life is happiness; the purpose of life is death and facing ontology. But he doesn’t put it in the vocabulary that you must fall before the one who is on the cross and who bleeds for us because, in a sense, Heidegger just increasingly sees those as forms of metaphysics for metaphysics, stuff that needs to be put out of the way so that one can concentrate on the cardinal things of life, death, spirituality, and the possible existence of God.

“God”, as he told Paul Celan when they met in ’67, “has always been with me.” Celan is interesting of course, a Jewish poet who wrote in German for which he was condemned by his own group and converted to Catholicism because of Heidegger’s influence. And that was not a sectarian influence, because Heidegger was totally uninterested in what sect people were in, and so on. These were all forms that have no importance.

And in some ways there’s a great paradox, because Heidegger’s thinking is so purely, transcendently extreme that he’s one of the few figures where the pagan/Christian split in our civility doesn’t really mean anything to him. This is one of the things that interests me very much about him. With this Right-wing group, for example, a few Christians turned up early, they went, and it’s largely pagan in orientation. In the New Right in Europe, and so on, you have this very great split between the two. Heidegger’s almost totally unconcerned with those things because the forms that people worship Being in being through are incidental to placing man before ontological prerequisites.

His view is that you base life and society upon the profound thinking that will impinge upon a man of full consciousness, not [unintelligible] debilitated, before his moment of death. And that’s why he joined the Nazi Party. That’s why virtually no one could understand why he’d joined it, because he was totally sort of unorthodox in ideological terms because he had very little interest in that.

After a year he realized that: 1. Put crudely, they didn’t understand what he was on about. 2. That he was having to make political decisions in the university, the library, its use and so on that he didn’t agree with. And he fell away. He left the Party then[2] and continued to teach in the university until 1945. In ’45 he was proscribed by the de-nazification tribunals that were set up in the Western Allied zones. Now, he was forbidden from teaching in post-war Germany even though all sorts of people had him as a guest lecturer, so they used to get round it that way. And you have this strange situation where he became a sort of moral and spiritual leper in post-war Germany, and yet he was extremely respected. So Dr. Heidegger, Professor Heidegger, was everywhere. But at the same time he didn’t even have a university post.

And there’s all sorts of interesting things because Husserl taught him, and because Husserl was a Jew he was banned from the university library, but after the war Heidegger was banned from the library. And Jaspers wrote to educational authorities in Germany saying he shouldn’t be given a post. So you have all of this as well.

There was a play a couple of weeks ago on the BBC by John Banville, an Irish writer, about Heidegger that was very interesting. And it’s a dramatization, because all dramatists are interested in dialectic. They’re interested in two minds if it’s a theoretical play of any sort, two minds coming together that disagree, and the tension and the charge and the flow of energy that occurs between those two minds, and whether you can make a narrative out of it that can be listened to from beginning to end. And it’s this talk in his hut in the Black Forest.

Because, very interestingly, there is almost inevitably a monastic element to Heidegger. Heidegger is into the woods in primal inner Germany. To sit there in the middle of this forest and dwell upon death. And write a book of 450 pages of—to certain Anglo-Saxon minds—sheer intellectual torture, virtually, in order to get nearer to the truth that is the truth that is the truth, that will not set you free but release you to die with some dignity. Because that’s the only truth that matters. And there’s a sort of divine element to it in a way because it’s so near to the inexpressible.

Artistically, of course in a blowback sense, it’s had an enormous influence on novelists in Germany like Hermann Broch, who wrote The Death of Virgil, and wrote a book called The Sleepwalkers, and so on. And this extraordinary capacity for intellectual abstraction that many German writers have, that begin with a relatively straightforward narrative and then lurch off into ultimate speculative questions, is very much influenced by this type of theory.

But I don’t think people who are illiberal can understand the shock in liberal intellectual elitist circles of a man like Heidegger joining the Nazi party. It is actually emotionally slightly difficult to describe it. From a sort of BBC view of culture it is the worst thing, and not just the worst thing but beyond the worst, that one could do. This man of supreme intellectual gifts dwelling alone in his Shavian hut in the woods dwelling on the ontology of death in life in death in life in death in life—do you see what I mean?—joins, what they considered to be, a barbarous wrecking crew. And they’re appalled, they’re utterly morally appalled. And since the war people have not really known what to do with Heidegger at all.

 

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And because, in a sense, his theory is an attempt to bring back a different version of the West’s civilization, most people who were on the side politically that he associated with, albeit only for a period, didn’t know how to make use of him either, in a strange sort of way. That’s why he’s this sort of illisible figure. It’s noticeable in Tomislav Sunic’s book on the New Right, for instance, Heidegger in a way can’t be integrated. It’s a sort of cigarette on the paper that burns through to the other side. He really is in a zone on his own.

And what’s he trying to do? He’s trying to see whether human beings can live authentically. There’s a moment in Nietzsche’s letters early on in his theoretical course/development/prognosis after the first text, Birth of Tragedy, when he describes seeing a goatherd killing a goat on a hill—I think it’s in Italy—and it’s what James Joyce would call an epiphany. It’s a moment of total, in his terms, authentication and realization. It’s a poetic moment. It’s what certain natures call a perfect moment. A moment that certain consciousnesses will look at before they die as the one moment that was perfect: the sky, and the goat, and the man, and the soil, and the sun. And, essentially, it’s a religious moment; it’s a sort of cosmotheist moment, in a way.

And Heidegger’s point is to get people to experience such moments, which is why he writes this enormous theory to try and intellectually prepare people for the possibility of having such moments. Which is why, of course, when people try and stimulate themselves to have such moments. They chant; they sing; they starve themselves; they go without; they live ascetically; they do things to alter consciousness. In a sense he just deals with pure consciousness because he doesn’t, almost, relate to the physical level at all.

But it is an attempt to go back to what many Western and Indo-European theorists have believed was cardinal at the beginning of Greek culture. It’s Nietzsche’s view and it’s other people’s view that the Greek tragedians—the great three, Aeschylus, Sophocles and Euripides—that there is a “decadence,” in a sense.

Aeschylus is the most hieratic, the most removed from everyday, the most transcendental, the most ur-ascending.

Sophocles is not a humanist by any means—there’s the matter of the Theban plays, of course—but it’s a step down from that sense of mystery, that sense of sheer awe. We now live in a society without any sense of the sacred at all, as de Benoist has pointed out. It’s virtually void.

And a level down in this trajectory involving the Greek tragic writers is Euripides. He’s hardly writing soap opera, but the gods and the goddesses are seen almost, if not level with human beings, then as superhumans who are just a couple of levels up. But they relate to each other, they fight with each other, they make love to each other, and all this sort of thing, in a way which is recognizably humanesque.

And, in a way, you could metaphoracizse it, because with theory like this that’s all you really can do, certainly in a talk of this nature. Those prior moments when Aeschylus looks at the divine—because don’t forget Western theatre begins with religious ritual and gradually separates itself out—it begins with a monologue, and then Aeschylus has the idea this is going on a bit too long, so we’ll split it and we’ll have a duologue, and the two consciousnesses talk to each other. And in that you have the tension with which you can sustain drama in our culture, in any culture.

Now, in this theatricalization of this meeting in the hut in the woods where he wrote Being and Time and where he wrote other books on Greek tragedy and on Nietzsche, Celan and Heidegger have this talk. And this is Banville dreaming. But this type of theory is actually quite close to forms of artistic creation; forms of higher, non-entertainment based spiritual creation in art forms. And Celan says, “Why did you join the Nazi Party?” And Heidegger replies, “Because they were the one movement of the 20th century that, in my terms, had a tragic view of life. That had a view of life which is actually the motif and the inner essence—Dasein—of the Greek tragedians taken up to date two and a half thousand years later.” And I think that’s essentially a truthful statement.

He gave an interview to the Spiegel magazine after his death, in the sense that it was recorded before his death but could only be published as part of his will and settlement after his demise. I think it was published about three, four weeks after he died. And they ask him, because it was a very adversarial interview while he was alive, post-dated as I say, about why he’d joined, why he did this, why he did that, and so on. And in actual fact there’s lots of evasion and attempts at exculpation and bringing in all the usual things, and even though political correctness wasn’t a buzzword then, he’s in some ways playing games. He’s like a politician on the defensive.

But in actual fact, as often with art in my view, you’ve got to cut to the truth suddenly through all sorts of layers, even if the person never said it, it can actually illuminate because it crystallizes in a form the value of something. And when he says to Celan, with no one there, in this fantasy. Because Celan didn’t go and see him in that hut for nothing, just so he could put his name in Heidegger’s signature book, “I’ve been up to the professor’s lodge.” People at this sort of level don’t do those sorts of things. He wanted to know why, as George Steiner said, one of, if not the most, advanced theoretical minds of the Western civilization in the 20th century adopted this particular course.

And he did it because he believed that you cannot have a society where death has no meaning, because life has no meaning. And you cannot have a society which bases itself upon the absence of the religious urge, however you define that urge and whatever system you use. Because if you do the reverse you will end up with a society which has two values beyond subsistence. And that could be seen in the title of a grubby play produced in London a couple of years ago called Shopping and Fornication. But that is all that life is, if you do not have spiritual levels based upon that.

People will always be completely divided about the forms and the language that they use to talk about cardinal matters. But in a way, in a quite moving way really, Heidegger is attempting to get people to face in early modernity what it means to have a civilization and, not to be human, but to live with profound and real meaning. There’s no doubt that this theoretical postulation and this extreme abstraction is quite alien to certain elements of the Western civilization, certainly our own quadrant of it during the last couple of hundred years. But it is an attempt, not to aestheticize life, but to place life, ultimately, at the service of God, even and most especially for people who either don’t believe in him or can only approach such numinence through endless tiers of theory.

Thank you very much!

Notes

[1] Heidegger was not a member of the SA or SS. Therefore, he did not have a “Nazi uniform.”—Ed.

[2] Heidegger resigned from the Rectorate but did not resign from the party. He remained a member until the end in 1945.

 

 


 

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samedi, 27 septembre 2014

Il "Tramonto" di Spengler. Alba del (neo) pessimismo

 
spen9256595.jpgL'opera che più di tutte accompagnò la prima guerra mondiale e che dette il nome alla letteratura della crisi che poi ne seguì, in realtà fu scritta prima del conflitto. Era infatti il 1914, giusto cent'anni fa, quando Oswald Spengler concluse Il tramonto dell'Occidente; poi quel titolo divenne l'epigrafe del dopoguerra e il suo compendio, almeno mitteleuropeo. L'opera vide la luce sul finire della prima guerra mondiale e fu un trionfo di vendite e commenti. Uscì in ritardo per via della guerra, e questo permise a Spengler di rielaborare alcune pagine e aggiungere nuovi particolari. Tuttavia era stata scritta e pensata non alla luce della guerra e del suo esito, ma prima, in uno sguardo epocale alle civiltà del passato e del presente. Per l'avvenire Spengler prevedeva lo scontro finale fra la dittatura del denaro e la civiltà del sangue, del lavoro e del socialismo. Alla fine, vaticinava, la spada trionferà sul denaro perché una potenza può essere rovesciata solo da una potenza.

In fondo la profezia fu azzeccata se consideriamo che poi andarono al potere comunismo sovietico, fascismo e nazionalsocialismo. Spengler aveva visto lontano; ma non lontanissimo. La rivolta del sangue contro l'oro, del lavoro contro il capitale, fu infatti spazzata via da guerre, tragedie e fallimenti, almeno in occidente. E dopo il conflitto tra politica ed economia, il denaro restò a dominare incontrastato. Ma dietro il denaro, notava Spengler, è la tecnica che prima serve l'uomo faustiano ma poi lo assoggetta. Il dominio della tecnica, previde Spengler, «detronizzerà pure Dio». A L'Uomo e la tecnica Spengler dedicò un penetrante saggio, parallelo e divergente rispetto all' Operaio di Ernst Jünger che vide la luce poco dopo. Spengler non nascose però una certa ammirazione per il cesarismo tecnico e finanziario e per i suoi militi: ingegneri, inventori, imprenditori. Nessuna lettura cent'anni fa seppe essere così profetica come quella di Spengler. La storia per Spengler è una costellazione di mondi conclusi chiamati civiltà, ciascuna obbedisce al suo sistema di valori, retto da un determinismo ferreo; ma ciascun sistema è poi relativo rispetto agli altri e al tempo; sicché conosce l'alba, l'apice e il tramonto. Una civiltà è assoluta al suo interno, ma non eterna.

Come per i marxisti, anche per Spengler la teoria è al servizio della prassi, il pensiero è al servizio della storia. La comune matrice è nel Faust di Goethe: «In principio fu l'azione». In Marx prende corpo il soggettivismo rivoluzionario nel nome di Prometeo, in Spengler il soggettivismo eroico nel nome della civiltà faustiana. Ma quando la rivolta del sangue contro l'oro prese corpo in Germania col nazionalsocialismo, Spengler prese le distanze da Hitler e dal suo partito: «Volevamo liberarci dei partiti ma è rimasto il peggiore». Il razzismo per lui è «un'ideologia del risentimento verso la superiorità ebraica» e denota «povertà spirituale». Non fece in tempo a vedere cosa sarebbe poi accaduto perché morì nel '36. Anche Hitler non si professava seguace di Spengler e rifiutava l'idea del Tramonto dell'Occidente. Il regime nazista osteggiò il filosofo. Grande accoglienza ebbe invece Spengler nell'Italia fascista, verso cui nutrì un giudizio positivo ed esprimendo anche in dediche ammirazione al suo duce. Mussolini leggeva Spengler, lo recensì, fece tradurre Anni della decisione (che ristampai negli anni Ottanta) e, come notò De Felice, si fece sempre più spengleriano anche in polemica antitedesca. Trovò in Spengler l'elogio dei popoli giovani, dello spirito mediterraneo e della romanità.

Ma gli idealisti italiani, a cominciare da Croce, considerarono Spengler un dilettante. E per i cattolici era un autore intriso di paganesimo e privo di apertura trascendente. Il Dizionario di Filosofia della Treccani liquidò Spengler come pseudofilosofo (l'autore della voce era Felice Battaglia). Lo apprezzò invece Evola che poi tradusse Il tramonto dell'Occidente (De Felice definì curiosamente Evola «mistico spengleriano») e lo ammirarono Giuseppe Rensi e Adriano Tilgher, Lorenzo Giusso e Vittorio Beonio Brocchieri. Nella cultura italiana più recente ha prevalso la lettura di Furio Jesi che ridusse Spengler a un protonazista, un barbaro erudito, ostile alla cultura nel nome della vita; ispiratore del linguaggio radicale delle «idee senza parole».

A prenderlo sul serio fu Theodor Adorno che definì stupefacenti le sue prognosi e lo ritenne un Machiavelli del '900. «Spengler - scrive Adorno che pure altrove lo giudicò uno sprovveduto - appartiene a quei teorici dell'estrema reazione la cui critica al liberalismo in molti punti si è rivelata superiore a quella progressista». All'idea spengleriana di decadenza e destino, Adorno oppose l'idea marxista di utopia rivoluzionaria. Heidegger lo ammirava ma rifiutava il suo storicismo. Thomas Mann restò impressionato dalla potenza del Tramonto, un affresco grandioso che egli definì «un romanzo intellettuale», paragonando Spengler a Schopenhauer.

In effetti Spengler fu un pensatore tragico e al pessimismo dedicò un intenso saggio (che curai insieme ad altri suoi saggi raccolti in Scritti e pensieri, editi da Sugarco). Un pessimismo storico preludio al fatalismo eroico. Spengler era pessimista nell'indole prima che nella teoria. Dietro la sua durezza prussiana e l'elogio dell'acciaio batteva un cuore delicato, incline alle lacrime, di salute cagionevole; era un solitario malinconico come rivela il suo scritto autobiografico A me stesso (Adelphi). Visse in ristrettezze, coi lasciti di un'eredità famigliare che la crisi economica falcidiò. Spengler cercò di tradurre in visione storica il pensiero di Nietzsche e l'arte di Goethe; condusse Zarathustra in battaglia, portando nella storia la Volontà di potenza e l'Eterno Ritorno, il Superuomo e l'Amor fati. Ma restò il profeta della decadenza dell'Occidente (cantò la gloria dei tramonti e l'onore delle sconfitte), più che il veggente precursore della rinascita. Il pessimismo tragico ingoiò il suo banditore. In realtà il pensiero di Spengler fu divorato dalla sua stessa suggestione faustiana.

Il mito di Faust, analogo al mito di Prometeo del giovane Marx, condusse il pensiero spengleriano al naufragio: perché il faustismo alla massima potenza (come il prometeismo scatenato) era la Tecnica unita alla Finanza, e il loro nichilismo compiuto avrebbe spazzato il faustismo epico ed eroico figurato da Spengler, retaggio romantico delle civiltà precedenti. Faust vendette l'anima al diavolo, e il faustismo rubò l'anima a Spengler, lasciandogli in cambio l'aura melanconica del profeta perdente.

(Il Giornale, 11/08/2014)

vendredi, 26 septembre 2014

Norbert Elias. Civilización y Psicogénesis

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Norbert Elias. Civilización y Psicogénesis

por Francisco Díaz de Otazu

Ex: http://www.arbil.org 

El autor presenta un comentario sobre una obra clásica de la sociología. No pretende hacer juicios de valor sobre el autor y el libro estudiado, si no ofrecer un análisis que permitar digerir, para el lector no especializado, parte de una materia relacionada con la vida cotidiana cuya importancia humanísitca no está en sintonía con el interés que ha despertado fuera de medios académicos. Hay otros sociólogos además de Max Weber y Marvin Harris. Y hay temas, como la difusión del tenedor, o los escrúpulos y la vergüenza, que han merecido otras consideraciones que la anécdota gruesa

philosophie,sociologie,norbert eliasNorbert Elias ( 1897, Alemania -1990, Holanda) sociólogo judío-alemán cuyo trabajo se concentró en la relación entre poder, comportamiento, emoción y conocimiento.

Estudió inicialmente Medicina, pero la joven Elias no le satisfacía el concepto de “homo clausus” y el mecanicismo material, interesándole más la ciencia social humana. Más tarde Filosofía y Sociología en Breslau, (su ciudad natal, en la Silesia prusiana, es hoy Wroclaw, por completo polaca), Friburgo y Heidelberg. Allí había un importante círculo de sociología que se ocupó de ordenar y editar en formato de libro los ensayos de Max Weber en torno a su viuda (+1920). Entre sus compañeros y profesores se cuentan: Kart Manhein, Alfred Weber, el hermano de Max, con el que tropezará intelectualmente, Husserl y Jaspers. Será Manhein su mentor preferido.

Su tesis versará sobre la idea del individuo en relación con la sociedad en una dialéctica de acción-estructura. Aislados uno del otro, ambos conceptos no son comprensibles. Se apunta la “figuración/sociología figuracional” y su interés en las relaciones humanas, que marcará toda su obra. Con ocasión de ella se enfrenta a las categorías a priori kantianas, considerando que antes de la experiencia humana, nada existe. 

 Vivió en su propia carne el drama de la Iª Guerra Mundial como soldado voluntario, junto con toda su promoción colegial, y en 1933, ante el nazismo y las limitaciones al trabajo de los intelectuales judíos, emigró a Francia y posteriormente, en 1938, a Gran Bretaña. Su padre muere en circunstancias imprecisas, y en 1941 su madre morirá en el campo de concentración de Auschwitz. A sus padres dedica precisamente el libro central de su obra.

En su exilio con gran precariedad económica fue protegido por círculos de solidaridad judía. En cierta medida se puede ver un tributo en parte de su perfil a cierta facción del pensamiento judío cercano al sionismo clásico (Leo Löwenthal, Gershom Scholem) aunque con matices.

Pasó dos años en París. En general Elias vivió alejado de los medios académicos y sólo desde 1954 será catedrático de Sociología en Leicester, aunque ejerció la docencia en universidades de varios países (Ghana, Holanda, Alemania). Entre sus alumnos se cuenta al sociólogo inglés Anthony Giddens, con consecuencias poco relevantes, mientras que su principal heredero ha sido Eric Dunning. Escribió también obras poéticas y narrativas entre las que se cuenta La balada del Jacob pobre, inspirada en una experiencia real de persecución y desprecio, la suya. De alguna manera, la "deconstrucción" que su pensamiento supone para con las lógicas modernas -naturalizadas socialmente- tiene que ver con la experiencia; al igual que como Hannah Arendt se preguntó por las bases de la humanidad.

Entre 1930 y 1933 trabajó como asistente de Karl Mannheim en Fráncfort del Meno, en el mismo edificio en que trabajaban Adorno y Horkheimer. Debido a lo anterior, existe alguna confusión en relación a la influencia que pudo ejercer la Escuela de Fráncfort en el pensamiento de Elias. Fue un decidido crítico de la sociología tradicional, inclinada a la elaboración de modelos estáticos, como el de Talcott Parsons, y tendencias de grupo.   

Iniciada ya en 1936, en 1939 publicó en alemán, pero en Suiza, tardará mucho en aparecer en inglés, El proceso de civilización –la edición concreta que manejamos es de 1987, naturalmente con modificaciones respecto a la 1ª ed., encabeza la bibliografía ofrecida, y a ella se refieren las citas abreviadas-, sin que llegara ciertamente a la atención del público, en parte por su condición de judío y en parte por su renuncia a formar parte de grupos doctrinarios. En los 70 surge del anonimato (en 1976 se tiraron 100.000 ejemplares en edición de bolsillo de la obra que nos ocupa),  En 1977 Elias recibió el Premio Adorno en Frankfurt. Una tardíamente reconocida voz que debía ser escuchada por las Ciencias Sociales, especialmente por la Historia, hasta ser considerado uno de los sociólogos más importantes del siglo XX, teniendo tiempo de ver reconocida su obra antes de su muerte a los 93 años de edad.

Fue sobresaliente su excepcional interés en comprender por qué los humanos se comportan como lo hacen, lo cual se hace evidente en el conjunto de su obra con títulos como: La sociedad cortesana, La sociedad de los individuos o La soledad de los moribundos; de la cual es pieza maestra El proceso de civilización, en la que realiza un elaborado análisis del “desarrollo histórico a largo plazo” que da lugar a una teoría de la civilización o del desarrollo social. Walter Benjamin, según Juan Carlos Jurado (1) se negó a prologar su obra, al considerar que contradecía la dialéctica marxista. Norbert Elias incide en la imposibilidad de separar el tiempo físico del social y en la compleja evolución del tiempo social que ha llevado hasta a una retícula finísima que parece mera naturaleza.

El concepto de historia de Benjamin incorpora radicalmente la intersubjetividad, pero estaría más cerca de la ortodoxia marxista. Sostiene nuestro autor que “Los modelos teóricos del desarrollo social a largo plazo…Comte, Spencer, Marx, Hobhouse… descansaban sobre hipótesis que venían determinadas fundamentalmente por los ideales políticos de los autores y, en segundo lugar, por la adecuación de los propios modelos a la realidad objetiva. (Elías, 1987; 19)

En la visión de la historia de Elias hay dos procesos de integración nacional interrelacionados: uno de integración territorial, y otro de integración de clases, que lleva a, pero no acaba en, la igualdad ante ley. Pasa por el estadio del absolutismo e implica la “socialización de los monopolios; el de la violencia, la moneda, tributos…que hacen del Estado el soberano indiscutible.

El proceso de la civilización. investigaciones sociogéneticas y psicogenéticas. Particular atención a la psicogénesis.

philosophie,sociologie,norbert eliasEn El proceso de civilización  Elias parte de un problema presente, la orgullosa autoconciencia que tienen los occidentales de ser “civilizados”, para demostrar que las formas de comportamiento sociales y políticas consideradas típicas del hombre “civilizado” occidental no han sido siempre iguales, sino que son fruto de un complejo proceso histórico en el que interactúan factores de diversa índole que dan lugar a transformaciones en las estructuras sociales y políticas (sociogénesis),  y también en la estructura psíquica y del comportamiento de los individuos (psicogénesis), es decir, que a lo largo de muchos siglos se va produciendo una transformación paulatina hasta alcanzar la pauta de nuestro comportamiento actual, lo cual no quiere decir que el proceso civilizador haya culminado. Para Elias no tiene un principio específico y continúa en marcha, ni siquiera lo identifica con la idea de progreso señalando que no hay nada intrínsecamente bueno o malo en la civilización. Por otro lado tampoco lo considera como un proceso rectilíneo sino que más bien implica flujos y reflujos, movimientos hacia atrás y hacia delante, incluso desplazamientos laterales.

Podría ponerse a Elias en relación con Franz Boas y su  particularismo histórico que rechazó el modelo evolucionista de la cultura, que había dominado hasta su aparición. Cada sociedad es una representación colectiva de su pasado histórico único. Boas rechazó el evolucionismo unilineal, la idea de que todas las sociedades siguen el mismo camino y han alcanzado su estadio propio de desarrollo del mismo modo que han podido hacerlo las demás. En su lugar, el particularismo histórico mostró que las diferentes sociedades pueden alcanzar el mismo grado de desarrollo por vías diversas. El acento en las diferencias entre los tres ejemplos de naciones de Elias, relativamente cercanas en cualquier caso, sigue ese camino. La pluralidad cultural de Boas nos parece más cercana que el patrón único de la idea de “cultura” del etnógrafo E. Tylor.

El concepto de civilización se ha usado en el pasado con un sentido semi-metafísico, al que alude en el primer capítulo del libro. En el s. XIX se entendía como un proceso automático que el autor soslayó en la primera edición y del que, como indica en su prólogo, se ocupa a partir de la 2ª ed. 

 El proceso de civilización supone una transformación del comportamiento y de la sensibilidad humanos en una dirección determinada, pero no de una forma consciente o racional, no es el resultado de una planificación que prevea el largo plazo ya que estas capacidades presuponen un largo proceso que se tratará de explicar más adelante, y que entronca con la llamada historia de la cultura  o de las mentalidades, según las historiografías inglesa o francesa respectivamente.

 Elias ha dado forma a la llamada «sociología figuracional». Poco conocida en el campo académico hasta los años 70, cuando fue "redescubierto". Su trabajo de una sociología histórica, puede explicar estructuras sociales complejas sin menoscabo de agencias individuales.

Su obra más conocida es la que centrará el presente trabajo, en su mitad referida a la psicogénesis. (Originalmente, la obra la constituían dos tomos, siendo el otro la sociogénesis). Curiosamente, aunque no lo vemos relevante, el orden del título invierte el del contenido entre ambos conceptos.  Elias hace un análisis de la evolución de las sociedades europeas desde la época medieval y guerrera hasta el proyecto moderno e ilustrado. Reflexiona sobre el carácter de lo público y lo privado, la represión, tabúes y la cultura desde un modelo que trabaja una triada entre Karl Marx, Sigmund Freud y Max Weber. Se divide en dos grandes partes enunciadas en el título, que terminan en una suerte de psicoanálisis del viejo mundo. Muchos de sus trabajos sobre el deseo y la represión, de manera historiográfica, tienen similitudes con el trabajo que posteriormente realizó Michel Foucault.

Los dos primeros capítulos tratan de la cuestión de si es posible corroborar y dar por objetiva la suposición, partiendo de observaciones dispersas, de que hay cambios de larga duración en las estructuras emotivas y de control de los seres humanos que mantienen una única dirección a lo largo de una serie de generaciones. (Elias, 1987: 10). Si este cambio de larga duración de las estructuras de la personalidad se puede relacionar con los estructurales a largo plazo del conjunto de la sociedad en una dirección determinada. (Elias, 1987: 10). El cap. 3º y el Resumen se ocupan de este problema. Una conclusión sería una teoría de la civilización que comprenda un modelo de las relaciones posibles entre el cambio a largo plazo de lo individual y lo social en un grado superior de diferenciación e integración, consolidando los controles estatales. (Elias, 1987: 11)

Siguiendo al profesor Jorge Uría , en la observación de los hechos sociales advertimos modelos, que forman un campo simbólico que los historiadores señalan como patrón de conducta. Los valores constituyen el modo de obrar que la comunidad juzga como idóneo, haciendo lo posible por asemejarse a ellos. Implica adhesión y respeto en las capas más profundas e inconscientes. Son fuente de conductas predeterminadas. Son más eficaces que las sanciones, ya que la coacción necesita de un ejercicio continuo, lo que desgasta a la Autoridad, y que si no se ejerce, desgasta su autoridad. Por el contrario los valores no se desgastan mucho en el caso de no alcanzar su patrón ideal. Naturalmente adoptan una jerarquía.

En el funcionalismo de Parsons se señala la opción que el común de la gente tiene por lo que advierte como positivo entre polos. las sociedades tienden hacia la autorregulación, así como a la interconexión de sus diversos elementos (valores, metas, funciones, etc.). El autor se aleja expresamente de Parsons (Elias, 1987; 14 y ss.), al que se enfrentó duramente cuando el primero era una figura consagrada y el segundo una figura oscura, y al que acusa de reduccionismo conceptual estático, mientras que Elias pone su acento en la categoría de proceso, en perpetuo flujo, sin limitarse a parejas de conceptos. Para Elias no hay existencia separada de individuo y sociedad, sino una imbricación recíproca en línea con Durkheim.

La autosuficiencia de una sociedad está determinada por necesidades básicas, entre las que se incluían la preservación del orden social, el abastecimiento de bienes y servicios, la educación como socialización y la protección de la infancia. Todo ello favorece la integración social, tanto como los símbolos y los elementos movilizadores de lo que Castoriadis llama el imaginario social.

Volviendo a nuestro autor. Para acotar un tiempo de investigación Elias se remonta a la Edad Media en diferentes unidades históricas europeas: Alemania, Inglaterra y Francia principalmente, extendiéndose hasta los comienzos de la Edad Contemporánea. El concepto de civilización deriva de la noción de civilité, al que dedica el cap.2º, que considera deudor de la autoconciencia medieval de la cristiandad, aunque alcanza su significado al rebasar al sociedad caballeresca y la unidad católica (Elias, 1987;99), yque como los de cultivé o politissé trataban de caracterizar la especificidad del comportamiento cortesano del siglo XVI y lo elevado de sus costumbres sociales frente a la conducta de personas más primitivas y sencillas.

philosophie,sociologie,norbert eliasElias demuestra, al margen de si era necesario o una obviedad, que “los hombres de Occidente no se han comportado siempre del modo que hoy acostumbramos a considerar como…propio de hombre “civilizados”. Si uno de nuestros contemporáneos occidentales civilizados regresara…por ejemplo al periodo feudal-medieval, en contraría en él mucho de lo que está acostumbrado a considerar como “incivilizado” en otras sociedades. (Elias, 1987; 47)

 Elias ve también sustanciales diferencias en el proceso de constitución del concepto de civilización así como su función y significado son diferentes para Inglaterra, Francia y Alemania, así para las dos primeras civilización designó en términos genéricos una mejora en el trato y las costumbres; en cambio, en Alemania, por oposición, se concibió como “cultura”, en alusión al hombre cultivado. No nos podemos extender sobre las amplias comparaciones entre las tres naciones a las que dedica el capítulo primero. 

 Norbert Elias realiza su análisis de los cambios graduales que se dan en la conducta, las costumbres y el carácter psicológico de las personas a través de la literatura, los libros de consejos y los manuales de courtoise, donde se manifiesta la diversidad de códigos y reglas para la configuración de las “buenas costumbres”, es decir, el proceso de modelación de los comportamientos hacia costumbres menos rudas en situaciones como la compostura en la mesa, la realización de las necesidades fisiológicas, el modo de sonarse o de escupir, el comportamiento en el dormitorio, las relaciones sociales y en el manejo y represión de la agresividad.

El proceso de la civilización, es en cierto modo una historia de las costumbres que han posibilitado en su progreso la autoconciencia y el hecho sociológico del hombre “civilizado”. La psicogénesis analiza las conductas mundanas particulares. Sin alcanzar nunca un estadio definitivo, identifica cambios en todo aquello que nos avergüenza o enorgullece. No desde la abstracción si no desde una prolija enumeración de ejemplos ricamente documentados de microhistoria, o de lo que Unamuno llamó “intrahistoria”. 

De este modo demuestra que el comportamiento de los hombres medievales podría calificarse de infantil (desde un punto de vista actual) con escasa represión de los instintos y de las necesidades fisiológicas tan naturales para ellos que no veían la necesidad de reprimirlas o hacerlas en soledad. Era una sociedad en la que los sentimientos actuaban de una forma más libre o espontánea e intensa, con oscilaciones muy extremas.

Elias se vale de los manuales de pedagogía, como por ejemplo De civilitate morum puerilum de Erasmo de Rotterdam, o  El Cortesano, de Castiglione, a veces adaptaciones y traducciones de tratados clásicos, como los Disticha Catonis,  para descubrir las contraposiciones entre los “civilizado” e “incivilizado”, lo correcto e incorrecto, y, de modo a veces inferido, lo habitual y lo extraordinario en el momento. Por ejemplo vemos que una princesa bizantina introduce el tenedor en el s. XI con gran escándalo en Venecia, que se irá imponiendo a la mano muy lentamente en siglos siguientes. Nos puede sorprender relativamente la falta de higiene en la alimentación, (compartir la cuchara, beber directamente de la sopera). Como ejemplo de la mentalidad del periodo, puede servir una prescripción de Calviac; «Resulta excesivamente ordinario que el niño ofrezca algo tras haberlo mordido o que no quiera comerlo, si no es a su criado». (Elias, 1987; 137).

Un recurso utilizado por Elias es la llamada sátira grobiana, fórmula mediante la que se recomienda de modo evidente y jocoso lo que es grotesco e indebido.

Recordemos que hablamos en estos tratados siempre de mesas burguesas y nobles, no de medios menesterosos. La sopa, y en general el comer cada uno de su propio plato y cubiertos, se prescribe entre 1640 y 1680, siendo su ejemplo una canción del Marqués de Coulanges. Pero todavía en la Lieja de 1740 se condena sorber la sopa de la escudilla. Hacia 1780 la servilleta es todavía un recurso cortesano. 

 Aunque quizá nos sorprenda menos que la habitual promiscuidad en el lecho, que no tiene necesariamente implicaciones sexuales. En general el pasado fue mucho menos pacato ante el desnudo de lo que pudiera creerse. Esta naturalidad ante el desnudo empieza a desaparecer lentamente en el s.XVI (Elias, 1987; 204), acentuándose hasta el s. XIX. Recordemos que en las bodas se acompañaba hasta la cama a los contrayentes. Y que la consumación matrimonial tenía en algunas monarquías, como Francia, testigos públicos hasta el XVIII.

philosophie,sociologie,norbert eliasErasmo escribe, se supone al menos, en sus Colloquio, a los niños, y no les oculta la prostitución ni las casas donde se ejerce. Se avisa de su peligro pero no se oculta pudorosamente. Sus inquilinas eran un sector marginado, desde luego, pero más aceptado y con un rol social previsto y reconocido en la ciudad medieval de fines de la Edad Media.  Los hijos ilegítimos tenían un reconocimiento en pasados siglos que fueron perdiendo gradualmente (Elias, 1987; 222). Aunque el grado de tolerancia cambie, la visión de al relación extramarital permanece siempre más benevolente para el marido que para la mujer. 

En el s. XVII, reyes y grandes nobles franceses recibían visitas, a las que pretendían honrar con su confianza, mientras defecaban. (No en Elias, si no aportación nuestra, sin mediar desequilibrio mental, ese uso llega a principios del XVIII, en el que el comandante del ejército borbónico, Duque de Vendôme, impartía órdenes de esa guisa). El recibir visitas en la bañera (recordemos el asesinato de Marat), llega de modo general a principios del XIX (Napoleón).

Debemos señalar aquí la influencia de Elias en el historiador francés de la vida cotidiana Roger-Henri Gherrand. Particularmente en su historia de la higiene urbana .

Las costumbres en materia de eructos, ventosidades, escupitajos, estornudos, (el pañuelo aparece en el s. XIII, pero se generaliza, sólo en la sociedad cortesana, con el Rey Sol), fueron en general mucho más espontáneas, al anteponerse el criterio de que la retención amenazaba la salud, antes que el de las formas sociales. Los excesos de perfume en las clases altas podían intentar ocultar la poca frecuencia del lavado.

 En el siglo XVI la clase nobiliaria caballeresca-feudal entra en decadencia mientras se está gestando una nueva clase cortesana-absolutista abriéndose las posibilidades de ascenso social, de modo que los manuales de conducta del momento respondían a las necesidades de una sociedad en transición y en ellos se recogían las formas de comportamiento que la sociedad esperaba de sus miembros anunciando una nueva relación entre los seres humanos que se observan y configuran a sí mismos con una conciencia más clara que en la Edad Media. Según Elias esta situación da lugar a que avance el umbral de la vergüenza y de los escrúpulos, de modo que aumenta la presión externa que unas personas ejercen sobre otras a la vez que crece la presión interna para conseguir el autocontrol o la autocoacción que opera incluso cuando el individuo está en soledad y en consecuencia comienzan las transformaciones en las pautas de comportamiento. 

 A partir de las fuentes mencionadas Elias nos muestra  como una costumbre, aceptada en un tiempo, posteriormente deja de serlo debido a su hipótesis de que los “umbrales de la vergüenza” avanzan gradualmente como parte del proceso civilizador. Puede observarse que muchas conductas eran frecuentes y no causaban vergüenza porque no se consideraban descorteses o simplemente porque no se estaba informado de su nuevo significado reprobatorio: tomar la comida con las manos, limpiarse los dientes con el cuchillo, chuparse los dedos, eructar, desnudarse delante de otros… Es el desplazamiento de los umbrales de vergüenza y de sensibilidad hacia los otros lo que dispara el afán de los reformadores en “prohibirlas”, señalándolas como inapropiadas o inaceptables, es decir, como “incivilizadas”. La posibilidad de inspirar repugnancia precederá al concepto contemporáneo de higiene.

La evolución de la belicosidad y violencia personal también es tratada por Elias. La nobleza se confunde durante siglos con el bandolerismo. La guerra tenía matices alegres y estaba integrada con normalidad en la economía y en la emotividad. Ésta se empieza a canalizar y moderar muy lentamente a partir del s. XV. El patíbulo no tiene nada de desagradable.

En general en el XVI aparece el concepto de “gentilhombre” cuyas exigencias formales y de estilo se anteponen a sus cualidades en la guerra y la caza.

 Es importante (Elias, 1987; 252 y 253) el paso ya citado de courtoisie a civilité en la traducción de Peyrat al libro de buenos modales de Della Casa, en 1562.

El método de Elias estriba básicamente en adjuntar sus observaciones sobre los textos originales previamente aportados.

 Cuando las nuevas formas de comportamiento son imitadas por las clases medias se pierde el carácter de diferenciación con lo cual se impulsa en las clases altas una nueva fase de refinamiento y elaboración de comportamientos para mantener su prestigio diferenciador. Elias lo ejemplifica en el cambio de la nobleza caballeresca (s. XI-XVI) hacia la aristocracia cortesana-absolutista (s. XVII-XVIII) y de ésta al ascenso de la burguesía tras la Revolución Francesa. Son fases del proceso civilizador general en las que estos grupos lideran las transformaciones de las costumbres, destacando el importante papel de la corte, sobre todo la francesa, para la domesticación y pacificación de las costumbres nobiliarias, irradiando su influencia al resto de cortes europeas.

«En principio son las personas situadas más alto en la jerarquía social, las que de una u otra forma, exigen una regulación más exacta de los impulsos, así como la represión de éstos y la continencia en los afectos. Se lo exigen a sus inferiores y, desde luego, a sus iguales sociales. Sólo bastante más tarde, cuando las clases burguesas […] se convirtieron en clase alta, en clase dominante, pasó la familia a ser el centro único o, mejor dicho, el centro primario y dominante de la represión de los impulsos. Únicamente a partir de este momento la dependencia social del niño con respecto a los padres, pasó a convertirse en una fuerza especialmente importante e intensiva de la regulación y la modelación emotivas socialmente necesarias.» (Elias, 1987: 179)

De este modo, según Elias, cada niño recibe de forma intensa el proceso de civilización. La represión de los instintos se la inculcan como una auto-coacción que termina por actuar de forma automática. En consecuencia las “prohibiciones sociales” se convierten cada vez más claramente en parte de uno mismo, en un “súper-yo” o inconsciente estrictamente regulado, produciéndose por tanto la transformación de la condición psíquica del ser humano, aunque no sin conflictos puesto que en el propio individuo se entabla una lucha entre las manifestaciones instintivas (más agradables) y las limitaciones, prohibiciones y sentimientos de vergüenza.

A medida que avanza el proceso civilizador se va diferenciando una esfera íntima o secreta y otra pública, un comportamiento en la intimidad y otro distinto público. Esta división acaba por convertirse en un hábito hasta tal punto dominante que ni siquiera se es consciente de ella.

«… la tensión que supone ese comportamiento “correcto” en el interior de cada cual alcanza tal intensidad que, junto a los autocontroles conscientes que se consolidan en el individuo, aparece también un aparato de autocontrol automático y ciego que, por medio de una barrera de miedos trata de evitar las infracciones del comportamiento socialmente aceptado pero que, precisamente por funcionar de este modo mecánico y ciego, suele provocar infracciones contra la realidad social de modo indirecto. Pero ya sea consciente o inconscientemente, la orientación de esta transformación del comportamiento en el sentido de una regulación cada vez más diferencial del conjunto del aparato psíquico, está determinada por la orientación de la diferenciación social, por la progresiva división de funciones y la ampliación de las cadenas de interdependencia en la que esté imbricado directa o indirectamente todo movimiento, y por tanto toda manifestación del hombre aislado.» (Elias, 1987: 452)

philosophie,sociologie,norbert eliasCadenas de interdependencia; un concepto clave en la obra de Elias. Suponen la dependencia de los individuos entre sí a medida que avanzan una serie de interrelaciones a las que contribuyen entre otras causas el aumento demográfico, el desarrollo urbano, la especialización o división de funciones, el cambio de una economía natural a la monetaria o la centralización de los poderes públicos. Las cadenas de interdependencia se interrelacionan de tal forma que afectan a todos los ámbitos de las manifestaciones humanas, determinando la marcha del proceso histórico, y son el fundamento del proceso civilizador en una dirección determinada.

 Elias acude a la Historia para demostrar que también son motores de este proceso los cambios políticos que se producen entre el final de la Edad Media y el principio de la Contemporánea. Las unidades feudales sufrieron un férreo proceso de luchas de competencia y exclusión que culminó con la absorción de éstas por una sola casa dinástica que se adjudicó la titularidad de un amplio territorio sobre el que ejercía su autoridad (monarquías autoritarias) eliminado la competencia de los nobles atrayéndolos a la corte, convirtiéndose ésta en lugar de control y domesticación de la nobleza lo cual fue un factor decisivo en el proceso de civilización. La nobleza pierde su función guerrera para convertirse en servidora del rey a lo que contribuye la progresiva centralización de los poderes político, militar y fiscal. Esto es lo que Elias llama “mecanismos de monopolio”, aparatos especializados de dominación que caracterizan al Estado Moderno, el autor relaciona por tanto la evolución de estos mecanismos de monopolio, que tienen su máxima manifestación en las monarquías absolutistas, con la génesis del Estado Moderno. La implantación “del monopolio de la violencia” fue decisiva, según Elias, para la consolidación de las transformaciones del comportamiento; las coacciones externas que imponían los entes estatales sobre los individuos estimularon la formación de autocoacciones y controles autónomos interiores que garantizaron la estabilidad del sistema social y político.

«La estabilidad peculiar del aparato de autocoacción psíquica, que aparece como un rasgo decisivo en el hábito de todo individuo “civilizado”, se encuentra en íntima relación con la constitución de institutos de monopolio de la violencia física y con la estabilidad creciente de los órganos sociales centrales. Solamente con la constitución de tales institutos monopólicos estables se crea ese aparato formativo que sirve para inculcar al individuo, desde pequeño, la costumbre permanente de dominarse; sólo gracias a dicho instituto se constituye en el individuo un aparato de autocontrol más estable que, en gran medida, funciona de modo automático»(Elias, 1987: 453-454)

De igual modo la progresiva monopolización de la violencia física y la intensificación de las cadenas de interdependencia impulsan transformaciones de las funciones psíquicas del individuo, esto es, la previsión a largo plazo; la racionalización y psicologización del comportamiento. 

 La transformación de la nobleza caballeresca en cortesana supuso el control de las emociones y de las pasiones espontáneas individuales. Era una sociedad donde la falta de órganos de control externos y la escasez de redes de interdependencia hacían innecesaria la previsión a largo plazo, pero con el progresivo sometimiento a normas y leyes exactas, así como la cada vez mayor dependencia entre los individuos debido al aumento de la división de funciones, se hace necesario reflexionar sobre las consecuencias de las acciones propias y ajenas. Esta transformación se observa  ya claramente en la sociedad cortesana-absolutista donde la lucha por mantener el prestigio, la diferenciación social y conseguir cuotas más altas de poder, tanto con los de su propia clase como con las clases burguesas ascendentes, ya no se realiza a través de las armas sino mediante la imitación, sugerencia, intriga, la previsión y el autocontrol.

«Un hombre que conoce la corte es dueño de sus gestos, de sus ojos y de su expresión; es profundo e impenetrable, disimula sus malas intenciones, sonríe a sus enemigos, reprime su estado de ánimo, oculta sus pasiones, desmiente a su corazón y actúa contra sus sentimientos.» (Elias, 1987: 484)

Todavía serán más profundas y generales las transformaciones en la sociedad burguesa cuando las autocoacciones, factor básico para el proceso civilizador, se convierten definitivamente en un aparato de costumbres que funciona de forma automática y contempla todas las manifestaciones de las relaciones humanas.

Resumen: bosquejo de la teoría de la civilización. Conclusión

En definitiva, con su obra, Elias pretende demostrar que la estructura de las funciones psíquicas y la orientación del comportamiento están íntimamente relacionadas con la estructura de las funciones sociales y con los cambios en la relación entre los seres humanos. Es un proceso que, con variantes, se da en todas las sociedades, no sólo en las occidentales, y aunque no está dirigido racionalmente, ni tampoco es rectilíneo, se observa en él una tendencia a la igualación de las formas de vida, conducta y comportamiento, es decir, a la nivelación de los grandes contrastes. A través de un mecanismo complejo de coacciones y de interdependencias y, sobre todo, a lo largo de mucho tiempo, se va produciendo una transformación progresiva del comportamiento hasta alcanzar nuestra pauta actual, nuestra “civilización”. De la interdependencia entre los seres humanos se deriva un orden que es más fuerte que la voluntad y la razón de los individuos. (Elias,1987; 450). Cuanto Más densa es la red de interdependencia, mayor reprensión social hacia quien se salga del patrón de normalidad en sus emociones y pasiones espontáneas, y mayor ventaja social para quien se conduzca dentro de ese patrón. (Elias,1987; 454).

Cobra mucha importancia la división de funciones y sobre todo el monopolio de la violencia legítima,-que comienza con “el acortesanamiento del los guerreros” (Elias, 1987;472)-  por el estado y sus especialistas. La transformación de las coacciones externas por las autocoacciones es también un carácter de la sociedad occidental contemporánea. Otro sería la reducción de diferencias en las  formas sociales, no tanto en el poder adquisitivo-, en proporción a la generalización del trabajo, de abajo arriba, y del consumo, de arriba abajo. Lo mismo en buena medida entre colonizadores y colonizados.

A la contención de los instintos sigue la psicologización y la racionalización. Los mismo que se ha pasado del guerrero al cortesano, se pasa de niño a adulto. La racionalización tiene paralelismo con la vergüenza, el escrúpulo y el desagrado. Los miedos interiorizados a la pérdida de prestigio y reputación han substituido a los miedos a la miseria, hambre o violencia física inmediatas. La competencia económica a la colisión física.

Sólo cuando se alcance un estadio en el que se superen las tensiones intraestatales e interestatales podremos decir de nosotros mismos que somos civilizados, mientras, la civilización no se ha terminado. Constituye un proceso. (Elias, 1987;532).

Un proceso histórico que tiene orden, lógica, pero no determinismo o  teleología.

Fuentes.

Bibliografía del autor:

El proceso de la civilización. Investigaciones sociogenéticas y psicogenéticas, México, FCE, 1987. La sociedad cortesana, México, FCE, 1982.

Sociología fundamental, Barcelona, Gedisa, 1982.

La soledad de los moribundos, México, FCE, 1987.

Humana conditio: consideraciones a la evolución de la humanidad, Barcelona, Península, 2002.

Sobre el tiempo, México, FCE, 1989.

Compromiso y distanciamiento., Barcelona, Península, 2002.

La sociedad de los individuos: ensayos, Barcelona, Península, 1990.

Mozart. Sociología de un genio, Barcelona, Península, 2002.

Teoría del símbolo: un ensayo de antropología cultural, Barcelona, Península, 1994.

Conocimiento y poder, Madrid, Ediciones de la Piqueta, 1994.

Mi trayectoria intelectual, Barcelona, Península, 1995.

La civilización de los padres y otros ensayos, Santa Fe de Bogotá, Norma, 1998.

Los alemanes, México, Instituto Mora, 1999.

Deporte y ocio en el proceso de la civilización, México, FCE, 1992, con DUNNIG, Eric.

Fuentes de red:

http://www.norberteliasfoundation.nl/

Toda la bibliografía del autor:

HyperElias©WorldCatalogue

http://hyperelias.jku.at/startspa.htm

Bibliografía sobre Norbert Elias en español:

LEYVA, Gustavo, VERA, Héctor y ZABLUDOVSKY,  Gina (coordinadores). Nobert Elias: legado y perspectivas. México, Universidad Iberoamericana, 2002

MORANT, Isabel (2002): Discursos de la vida buena: matrimonio, mujer y sexualidad en la literatura humanista.  Madrid: Cátedra: 290 pp.

ZABLUDOVSKY, Gina. Norbert Elias y los problemas actuales de la sociología. México, FCE, 2007

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Francisco Díaz de Otazu

 

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mercredi, 24 septembre 2014

El hombre normal y el progresismo derrotista

philosophie

El hombre normal y el progresismo derrotista

Ignacio San Miguel

Ex: http://www.arbil.org

El hombre normal se ve zaherido de forma persistente por mensajes que atacan a su sentido moral, su sentido estético, su sentido de la historia y hasta su sentido común. Así lo han entendido un filósofo como Julián Marías, o un escritor como Juan Manuel de Prada, que han escrito al respecto. Pero comienzan a percibirse algunas fisuras en el poderoso edificio construído por el progresismo derrotista. Fisuras escasas, es cierto, pero que quizás pudiesen agrandarse con una labor consciente de socavamiento.

Es signo de la época -raro e insólito signo- que por mor de la revolución contracultural y contramoral, el hombre corriente y normal se vea agredido mediáticamente, y hasta por su entorno social, con mensajes que hieren sus íntimas convicciones y hasta su sentido común. Y debe ser cuidadoso con la expresión de su pensar, pues si se topa con gente aleccionada por el discurso dominante, gente adocenada y sin juicio crítico, puede ser objeto de repulsa y de una retahila de dicterios.

Hago una distinción entre el hombre normal, instruído o poco instruído, cuyo pensar y sentir se mantienen en un nivel de salud aceptable, y esa otra gente, quizás leída e instruída, pero instruida pésimamente, a la que llamo adocenada y sin juicio propio. Obviamente, me resulta más respetable el hombre ordinario y normal, aún en el caso de que apenas lea los periódicos (y hasta precisamente por ello) que aquel que los lee mucho y asimila dócilmente su discurso.

Las agresiones al hombre normal provienen desde distintos ángulos. Si del campo moral se trata, su sano sentido ético se verá herido por continuas provocaciones. Desde la generalizada (y alentada) promiscuidad sexual de los adolescentes y la amplia acogida legal de la sodomía, con tentativas cada vez más acusadas a legalizar la pederastia, hasta la admisión del aborto con todos los honores y su conversión en una industria floreciente y mortífera.

Si quiere encontrar algún apoyo en el clero ante estas ofensas a su sensibilidad, se llevará una decepción. Ni una carta pastoral, ninguna homilía dominical, destinadas a estos temas básicos. Más fácil es que se produzcan cartas pastorales con fuerte contenido político. Aunque lo más frecuente es que cartas y homilías se refieran al amor y al remedio de las injusticias sociales, materias ambas que no supondrán molestia alguna para sus autores. Porque de lo que se trata es de no provocar a la sociedad, amoldándose camaleónicamente a los "vientos de la Historia".

Encontrará solaz el hombre normal en las artes y las letras siempre y cuando haga caso omiso de casi todo lo producido en los últimos cuarenta años. Es decir, tendrá que trasladarse a una época pasada. En el cine actual no encontrará más que truculencias temáticas y amaneradas exposiciones con abundancia de ruido y estimulaciones al sobresalto y el escalofrío. En literatura, más de lo mismo. Y, campeando victoriosamente en tales producciones, la inevitable pornografía. En el Teatro, por ejemplo, se va imponiendo lo que se llama "sexo explícito", término que ya es de por sí lo suficientemente explícito para que haya que explicarlo. Y, sin llegar a estos extremos, los desnudos en los escenarios son bastante comunes desde hace ya muchos años. Y resulta risible el espectáculo que ofrece el gran número de señoras maduras en las colas de los teatros con la plausible intención de poder ver a uno o varios hombres con las vergüenzas al aire.

El festivismo banal y compulsivo y una pornografía igualmente compulsiva imperan en la televisión. Todo son chirigotas, muecas tontas, chistes soeces y facilones, chabacanería degradadora y desnudos reiterados. El desnudo, sobre todo el del hombre, es el socorrido recurso cuando no existe arte. Hay que ganarse el condumio como sea, y esta es una forma fácil y cómoda que permite mantener el intelecto en reposo.

Se podrá decir que también se programan documentales interesantes en la televisión. Pero hasta estos documentales son presentados siguiendo las reglas inconmovibles del discurso dominante. No hace mucho, pude ver un trozo de uno que trataba de los pueblos aborígenes de América y comprobé el respeto con que mostraba sus costumbres ancestrales y la hostilidad empleada al tratar de la labor de los europeos en aquellas tierras. Capté una frase que se refería a los conquistadores y exploradores expañoles: "...llegaron para incivilizar, es decir, para cristianizar a estos pueblos." Apagué el televisor en seguida, pues el combinado de idiotez y perversidad suele resultar explosivo. Y no me parece adecuado adoptar posturas de burla o ironía. El asunto es grave y por tal hay que tomarlo.

Es grave que el hombre normal se vea zaherido de forma continuada, persistente, por mensajes de este o parecido jaez. Es grave que su sentido moral, su sentido estético, su sentido de la historia y hasta su sentido común se vean burlados, vilipendidados, hostilizados continuamente. Así lo han entendido un filósofo como Julián Marías, o un escritor como Juan Manuel de Prada, que han escrito al respecto. Han sabido captar el estado de ánimo desalentado, desazonado, de este hombre normal al que me refiero. Porque aunque quizás constituya una mayoría, carece de los resortes para conseguir que su pensar y su sentir sean expresados de forma idónea, por lo menos en cuantía y calidad suficientes para notar alguna sensación de comodidad y arropamiento.

Los órganos de expresión están en otras manos. En las de intelectuales de medio pelo al servicio de los grandes poderes. Son personas relacionadas no con el hombre normal sino con el adocenado. Sus mensajes, una y otra vez repetidos, se dirigen al rebajamiento de la dignidad del hombre, es decir, a su derrota. Ellos mismos son derrotistas por vocación, aunque no se consideren así. Pues su deseo de trastocar el orden de valores que mal o bien rigió hasta hace cuatro o cinco décadas, parte del odio a la excelencia que surge cuando el hombre dirige sus acciones al servicio de un ideal superior. Esto último exige un esfuerzo, y el derrotista aborrece el esfuerzo. No creo que sea desacertado decir que la última revolución, la de los años sesenta, fué impulsada en medida importante por el amor a la molicie y la indolencia.

La coartada, la justificación, ha de venir de descubrir infamia en los valores, costumbres y hechos del pasado. Puesto que aquellos valores exigían esfuerzo y superación, el domeñamiento del instinto y la predominancia del espíritu, se ha de rebuscar en la vida privada de los prohombres de aquella época todo lo que pueda suponer alguna mácula o deshonra, al objeto de poder proclamar a los cuatro vientos la hipocresía de aquellas gentes. Pero no queda ahí la cosa. La denuncia de la hipocresía es el primer paso. El segundo, y definitivo, es la condena de los propios valores como represivos, falsos, y puros instrumentos de poder.

La ley del instinto, del capricho, de la satisfacción de todo deseo, va siendo promulgada por estos derrotistas mediáticos, sustituyendo perversamente el antiguo código basado en la ley natural y en el encauzamiento de las pasiones por la razón.
El resultado es una realidad degradada, basada en una libertad falsa e imaginaria, que humilla al hombre normal, pues no sabe cómo defenderse de ella, como no sea abstrayéndose por completo en su privacidad.

Sin embargo, el mundo siempre va evolucionando, y no hay por qué suponer que esta evolución haya de ser necesariamente y siempre a peor, por lo menos en su totalidad. De hecho, comienzan a percibirse algunas fisuras en el poderoso edificio construído por el progresismo derrotista. Fisuras escasas, es cierto, pero que quizás pudiesen agrandarse con una labor consciente de socavamiento. Y es que las conciencias de las gentes, aún las de los hombres adocenados, ofrecen algunos signos de hastío, de hartazgo del discurso único dominante.

Al hombre normal puede servirle de alivio considerar que hay muchos que piensan como él, aunque no se atrevan a manifestarlo. Que el ambiente social y cultural generado por los medios de comunicación es en gran parte imaginario, virtual. Que hay, sí, mucha gente como él, que siente y piensa a la manera tradicional, acorde a la ley natural, y que nunca dejará de haberla, pues esto constituiría una anomalía de imposible consistencia.

Es necesario que evite el contagio y que aprenda a percibir las señales del derrotismo que están omnipresentes en su derredor. En cuanto a las personas, el derrotista no es difícil de identificar. Se caracteriza por un conjunto de opiniones monótonamente expresadas.

Sobre los conflictos políticos dirá que todas las partes deben dialogar y hacer concesiones mutuas (con independencia de que a alguna de ellas le pueda asistir la razón y no deba hacer concesión alguna); que cualquier solución es mejor que derramar una sola gota de sangre humana; que la paz es el máximo bien del ser humano y que lo peor son las posturas rígidas e inmovilistas. Es característica de la izquierda política española, es decir Llamazares y demás.

Sobre acontecimientos históricos, siempre encontrará la manera de enjuiciarlos en detrimento de las posiciones occidentales cristianas: horrores de las Cruzadas, horrores de la Inquisición, horrores de la conquista y civilización de América, horrores de la colonización de África... Con el indefectible resultado de que indios, negros y amarillos son gentes inocentes y con culturas respetables, en contraste con la codicia, rapiña y brutalidad de los europeos cristianos. Consúltese a Manuel Vázquez Montalbán o a Eduardo Haro Tecglen.

En cuestiones morales, encontrará justificaciones para el aborto, presentando al efecto situaciones trágicas y excepcionales de la madre, y se enfurruñará cuando uno le señale la imposibilidad de que los muchos millones de abortos que se cometen en el mundo anualmente se deban a situaciones excepcionales y trágicas. Llegará a decir entonces que es dudoso que el feto sea un ser humano (Javier Sádaba). Respecto de la clonación, encontrará algunos argumentos en su defensa. Será favorable a la manipulación de embriones humanos con fines terapéuticos. Y también defenderá la eutanasia en determinados casos (haciendo caso omiso de que tal práctica ha de extenderse igual que el aborto, y que los "determinados casos" se convierten en realidad en "todos los casos", salvo excepciones para salvar la cara). Es decir, en cuestiones morales el derrotista se manifestará como un discípulo de Javier Sádaba, aún si no lo conoce.

En cuestiones culturales y artísticas, su criterio consistirá en repetir lo que le digan los medios de comunicación, pues carece de juicio propio, siendo como es un hombre derrotado espiritualmente. Es decir, admitirá toda la basura, toda la obscenidad, que le sirvan, siempre que lleve el marchamo de lo moderno, avanzado y rebelde, por muy adocenadas y sin significación auténtica que se hayan vuelto estas expresiones.

En el aspecto social, será un decidido feminista y abominará del "machismo". Encontrará machismo hasta en las conductas más normales. En realidad, cuando un hombre hable de machismo con cierta frecuencia, es muy probable que se trate desgraciadamente de un derrotista. Lo que se confirmará por descontado si mira con displicencia el matrimonio tradicional, ve con afectada simpatía a los homosexuales, y trata de los múltiples divorcios y uniones y desuniones sentimentales (para emplear el término al uso), así como de la promiscuidad sexual de los adolescentes y jóvenes, con la placentera indiferencia del que piensa que la sociedad marcha buenamente por el camino de la modernidad.

En materia religiosa, condenará sin dudar los tiempos preconciliares, será un admirador sin reservas de Juan XXIII, muy crítico con Pio XII por su presunta connivencia con los nazis y con Pablo VI por haber ejercido una labor de freno en la marcha del Concilio Vaticano II, muy favorable a la tesis de que todas las religiones son buenas, entusiasta de un cristianismo pacifista y adogmático que aspira a una difusa fraternidad universal (es decir, el cristianismo que hoy en día predomina profusamente en los mensajes clericales), partidario del matrimonio de los sacerdotes, benevolente con un hipotético sacerdocio femenino, etcétera. En este aspecto religioso el prototipo es Enrique Miret Magdalena.

No todos los derrotistas exhiben con idéntica rotundidad todos y cada uno de los estereotipos mentados, pues nada es perfecto en esta tierra y, por tanto, el derrotista perfecto tampoco existe; aunque bien es cierto que hay bastantes que se acercan mucho a esta inasible perfección. Lo que sí resulta casi seguro es que si alguien muestra alguno de los tics señalados, los demás estarán en situación de salir a relucir, a poco que se tercie, pues todos ellos forman una ristra bien unida por un eje constituído por la debilidad moral.

Al hombre normal le cabe el deber de mantenerse firme en sus convicciones y no dejarse contaminar por estas personas y estos medios de comunicación tan flojos y desmolarizados. Hay que percibir su abyección y debilidad, disimuladas con alborotos de artificiosas rebeldías, inventadas reivindicaciones, mixtificaciones históricas, reformas religiosas a la baja y falsos mensajes de paz y amor.

Como en este mundo tampoco hay nada eterno, también el progresismo derrotista irá desvaneciéndose -comienza ya a cuartearse- y lo apropiado ha de ser procurar, cada cual dentro de sus posibilidades, acelerar este proceso resolutorio.
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Ignacio San Miguel.

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lundi, 22 septembre 2014

The End of American History

The End of American History

By Alexander Jacob

Lecture delivered at the IV Encontro Internacional Evoliano, Sao Paulo, Brazil, September 10, 2014.

francis-fukuyama-end-history.jpgFrancis Fukuyuma, the Japanese-American intellectual spokesman for the Jewish American Neoconservative movement, proclaimed in his 1992 book The End of History and the Last Man that liberal democracy was the final socio-political form since earlier alternatives such as Fascism and Communism had proven to be ideological failures, and liberty and equality had now been established as universal norms. 

Fukuyama’s view of history moving in progressive political phases was of course first popularized in the nineteenth century by German thinkers like Hegel, Marx, and their followers, who sought to discern historiographical patterns in the vagaries of military and economic fortune and to either celebrate or revolt against the current political status of their own nation, in their case Germany.

To be sure, Hegel was somewhat more elevated than Marx in supposing the course of history to be the varying manifestations of a developing Weltgeist, or world-spirit, whereas Marx’s historiography was ruled by mere economic alterations. Nevertheless, the falsehood of even Hegel’s philosophy of history is made clear to anyone who considers the history of the country which is actually promoting liberal democracy now as a universal norm, America.

In America there has been, from its inception as an independent nation, hardly any deviation from liberal democratic goals, and Communism and Fascism have not only been absent there in their European forms but are, if ever they emerge, quickly absorbed into the unchanging liberal democratic framework of the nation. Actually what American society represents is a sort of ahistoric, shadow-communist utopia, where private individuals strive ever more strenuously to possess the means of production and to resist the interference of the state in public affairs. There is little also to distinguish the Communist ideal of equality from the Liberal.

When Fukuyama suggests that we have come to the “end of history,” therefore, what he means is that the world that has undergone genuine historical changes has now been conquered by a country that began and continues as a utopia that is as little capable of historical change as of real progress, that is, progress understood not in the technological but in the traditional sense of the development of the spiritual, intellectual and social attitudes of a people.

The “end of history” is indeed a phenomenon that is peculiar to America as a British colony that has had tenuous connections with the naturally developing history of the Old World. While most countries founded by colonial settlement manage to maintain and develop the culture of their mother nation to a certain extent — as Australia, for example, has done — America began and developed at a time of Protestant and Puritan revolt against the ancient Catholic monarchical traditions of Britain.

It is important therefore to consider the phenomenon of Puritanism which provoked the English Civil War during which America was settled and to notice also the close connection between Christian Puritanism and Judaism. We may recall in this context that the Jews, who had been officially expelled from England in 1290 by Edward I, were allowed by the Puritan dictator Cromwell in the 1650s to return from Holland, where they had been conducting a flourishing financial business, and throughout the Commonwealth the Jews were held in high esteem by the Puritans.

The similarity of the capitalist ethics developed by the Puritans and that of the Jews was noted already in 1911 by the German sociologist Werner Sombart in his work Die Juden und das Wirtschaftsleben. Sombart maintained that the “Protestant” ethic that Max Weber had focused on in his 1905 work, Die protestantische Ethik und der Geist des Kapitalismus, was indeed to be identified specifically as a Puritan one that should be equated to Judaism. For, as Sombart explained, “In both will be found . . . the close relationship between religion and business, the arithmetical conception of sin, and, above all, the rationalization of life.”

With the American Civil War of 1861-65, the last links with monarchical England that had persisted in the pro-English Confederate South were cut by the victory of the Federalist North. Then, in the aftermath of the Civil War, in the late nineteenth and early twentieth century, the Christian religious aspect of the original Puritan work-ethic of the Americans was seriously damaged by the large-scale influx of Jews from Central and Eastern Europe who succeeded in modulating the philo-Semitic Puritan character of American capitalism into a fully Jewish one.

As Sombart pointed out, the Jews had indeed been active in American economic life already from the seventeenth century and had gradually come to monopolize many branches of American commerce such as the wheat, tobacco, and cotton trade. But we must note that with the increased immigration of eastern Jews at the end of the nineteenth century and the promotion of Jewish finance capitalism, what remained of the original Puritan work-ethic and concomitant frugality in the American economy was soon dissipated, while the only vestige of the dissident Puritanical religiosity that survived was its stubborn anti-clericalism.

With the replacement of the Puritan veneration of industry by the parasitical reign of finance, the Jewish tendency to economic utopianism which manifested itself in the twentieth century as totalitarian Communism in Russia, Eastern Europe and the Far East was transformed in the new “promised land” of the Jews into the totalitarian liberalism of the “American Dream.” The capitalism promoted by the Jews steadily strengthened the nation’s commitment to individualistic freedom and material aggrandizement rather than to the civilizational aims of the old monarchies and empires. Such a nation could naturally not evolve or even acquire a human history. Instead of producing examples of human greatness it could only boast of a certain number of tycoons and millionaire entertainers, and instead of historical development it could only experience periodic economic booms and recessions.

Fukuyama himself attempts, in his book, to introduce a Nietzschean question into his glorification of liberal democracy by raising the specter of the “last man,” or the average American-like man whose life is materially sated and spiritually meaningless. But with naïve optimism he maintains that such an intolerably vacuous life will certainly be mastered in a liberal democracy by man’s spiritedness, a human characteristic that will inevitably rebel against such a monotonous existence. This spiritedness is the same as what Plato called the middle part of the tripartite soul, between the rational and the animal parts of it. In Fukuyama’s view, in the liberal democratic system, instead of its reappearance in violent strife, as in the case of nationalist or imperialistic states, there will be an absorption of this passionate energy into sports, business and political shows like election campaigns.

Fukuyama’s belief in such social engineering as liberal democracy universally aims at ignores the vast difference between the states of the Old World and the American. Indeed, the Neoconservative enterprise propagated by Fukuyama serves as a timely reminder of the incompatibility of American with genuinely European systems of political thought. The American social values that are being imposed on Europe and the rest of the world through economic and military means are essentially alien ones and are neither likely to take root easily nor endure. For, unlike the American nation, European and other older nations have a historical vitality that cannot be suffocated by American avarice. In order to illustrate this fact I shall survey here the characteristic political traditions of the Indo-Europeans and the contradictory intellectual movements that have distorted these traditions in the course of modern history.

To understand the traditional Indo-European social ethos, I may begin with the paradigmatic Āryan conception of society discernible in ancient India. The famous ‘caste system’ of the Indians is, unlike the modern western ‘class system’, an entirely spiritual one and men are recognized not by their economic status but by their hereditary spiritual capacity. The four Indian social orders are represented symbolically as the head, arms, thighs and feet of the primordial cosmic anthropomorphic form of the divine Soul. This Cosmic Man, or Purusha, was itself formed, first ideally and then manifestly, through the spiritual desire, the Soul, of the godhead, or the One.

The manifestation of the Soul in Indian religious philosophy is said to be due to its three inherent forms of energy, sattva, rajas and tamas, the first  representing pure existence, the second  motion and the third inertia (Brahmānda Purāna I,i,3,12). Since there is an intimate and unavoidable correspondence between the macrocosm and the human microcosm, these three energies appear embodied in differing degrees among humans too, the sattvic element most fully in the brāhmans, the rājasic in the warriors or kshatriyas,  and the tāmasic in the vaisyas and shudras, particularly the latter. This is the original spiritual and psychological basis of all hierarchy. The brāhman owes his preeminent position in society to his superhuman spiritual power. The name “Brahman” of the deity who represents the Intellectual light of the cosmos, itself derives from a word denoting creative power and it is the privilege and duty of the brāhman to represent this creative power while the kshatriyas, or political rulers and warriors, only serve to maintain this creative power both within the land and also in the universe. The brāhman and kshatriya thus constitute the paradigmatic Indo-European polity centered on the dual organs of what in European politics are called Church and State.

If we turn to the Greek philosophers, we find that in Plato and Aristotle the state is again constantly conceived of in terms of the constitution of the universal and individual soul. According to Plato, the soul is “that which moves itself” (Phaedrus 246a) and is naturally prior to body since it “is what governs all the changes and modifications of bodies” (Laws 892a).

Just as in ancient India, the soul, or psyche, in Plato’s Republic, Bk.IV, is divided into three parts, a higher rational or spiritual part (called logistikon) corresponding to the Indian sattva, a middle passionate one (called thymoeides) correspondng to rajas, and a lower sensual part (called epithymetikon) corresponding to tamas. Since society is as organic a phenomenon as the individuals of which it is composed, in a state too the more the rational aspect predominates over the passionate the closer it approximates to the ideal political form. But the discipline of the lower desires by the dictates of reason is to be found only in a few and these are the “best born and the best educated” men (Republic, IV), whereas the untrained and untamed passions are to be found in abundance among children, women and the lower classes, which form the most numerous section of society. The aristocratic “guardians” of Plato’s ideal republic are therefore required to be true philosophers and will not be drawn from the inferior classes.

Aristotle continues Plato’s spiritually oriented political theory in his Ethica Nichomachea, where he declares that the main aim of politics is the attainment of the good of the nation. The higher classes of a nation will comprise the full citizens who will assume the military and administrative, including priestly, offices of the land. The legislators must govern with a clear knowledge of the spiritual constitution of man, that is, the rational and passionate elements that Plato had discerned in the individual soul. And it is the duty of the legislators to ensure the predominance of the higher aspect of the soul over the lower.

Platonic principles reappear in the European Renaissance in the writings of aristocratic thinkers like Francesco Guicciardini and Jean Bodin. According to Guicciardini — who offered a critique of Machiavelli in one of his works, Considerations on the Discourses of Machiavelli – the chief reason of the superiority of a prince and an aristocracy to the people is that they are not subject to pernicious passions, such as, notably, envy. The French Renaissance philosopher, Jean Bodin — who is notable for his championing of monarchical absolutism — also based his defence of the latter on a similar Platonic basis. For genuine monarchy is, according to him, derived from the Divine Law and the monarch is the earthly image of God. Care should be taken that the religious foundation of the state is never brought into doubt and religious leaders must act as censors of the state in order to maintain moral discipline in it.

It is at this juncture in the history of the world that the revolutionary anti-monarchical ideas of the English Civil War, the American Revolution and the French Revolution appear. If we study the American Bill of Rights of 1789 we realise that it was based largely on the English Bill of Rights of 1689 promulgated by the (originally Puritan) English Parliament after the “Glorious” Protestant Revolution of 1688 in order to curb the powers traditionally invested in the formerly Catholic monarchs of England.

One of the most influential English thinkers of the seventeenth century and one generally considered to be the father of liberal democracy, John Locke, was also a Puritan. Locke was a champion of the separation of the Church and State and had a profound influence on the American ‘Founding Fathers’ such as Thomas Jefferson. The American Bill of Rights, based on the British parliamentarian one, is especially notable for its dissociation (in the First Amendment) of the American state from any official religion. What had begun in England as a rejection of Catholicism was thus turned in America into a rejection of all official religion. Combined with this fear of theocracy was the Puritanical devotion to individual freedom and industry which caused the Americans to view citizenship as a status defined primarily by liberty and citizens as economic units of production not unlike those of the later Communist utopia of Marx.

A little later, in the middle of the eighteenth century, Jean-Jacques Rousseau propagated in France the Lockean conception of government as a social “contract” directed  by the “volonté générale” of the people which would reduce the inequalities springing from subservience to the state. However, a robust answer to Rousseau’s doctrine of the “social contract” was offered immediately after the fateful French Revolution by the English political philosopher Edmund Burke in his Reflections on the Revolution in France (1790), where he pointed out that “the state ought not to be considered as nothing better than a partnership agreement in a trade of pepper and coffee, calico or tobacco, or some such low concern . . .”

And since the people cannot be relied upon to follow any “general will” towards the attainment of the good of the nation, Burke proposed a natural aristocracy as the only viable government of a nation. A strong nation is also necessarily a religious one for, as Burke said, all politicians indeed act on behalf of “the one great Master, Author and Founder of society,” namely God.

This vital role of religion in the conduct of states was reiterated in post-revolutionary France too by the French monarchist Count Joseph de Maistre who noted in his “Essai sur les principes generateurs des constitutions politiques et des autres institutions humaines” (1809) that “the duration of empires has always been proportionate to the degree of influence the religious element gained in the political constitution.” Indeed, the truly political laws of a land are synonymous with the religious feelings of the people and the “instant [man] separates himself from God to act alone . . . he does not lose power . . . but his activity is negative and leads only to destruction.” To follow the doctrines of Enlightenment thinkers like Rousseau and Voltaire would thus result in a return to a state of anarchy and degeneracy.

In Germany around the same time philosophers like Kant and Fichte were beginning to point to the crucial significance of the ‘State’ as the means of enforcing an enlightened government. Kant took as his point of departure the excellence of Divine Law in relation to Natural Law, so that Reason, or the Moral Law, was elevated far above the mindless workings of Nature. To establish this rule of the Moral Law on earth, Kant proposed a supremely powerful state that would control all religious and commercial offices in the land.

The leader of the state can never be a democratic representative of the people since democracy inevitably results in a despotism. While Kant favored a monarchical republic, Johann Fichte advocated a Platonic philosopher-statesman who is at once a political and religious leader of his nation. Like a Platonic “guardian,” such a statesman, “in his estimate of mankind looks beyond that which they are in the actual world to that which they are in the Divine Idea . . .” (The Nature of the Scholar, Lecture VIII). The monarch will bear the responsibility of the realization of the inner freedom of the individuals within his nation. It is important to note in this context Fichte’s emphasis that the aim of all society is “ever-increasing ennoblement of the human race, that is, to set it more and more at liberty from the bondage of Nature,” just as the aim of all culture is “to subject Nature . . . to Reason.” In order to counteract the spurious freedom that especially the young hanker after, Fichte insists that a new system of education must be developed which “essentially destroys the freedom of will . . . and produces on the contrary strict necessity in the decisions of the will” (Addresses to the German Nation, Address II).

The state continues to be glorified in the Idealistic philosophy of Hegel, for whom the state, and especially the Prussian state, is the “embodiment of rational freedom realizing and recognizing itself in an objective form” (Lectures on the Philosophy of History). And in the Prussian nationalism of Heinrich von Treitschke, the state is glorified to an extent that it becomes a sort of substitute for God. Treitschke takes care to stress that “the consciousness of national unity is dependent on a common bond of religion, for religious sentiment is one of the fundamental forces of the human character.” (Politics, I) Unfortunately the interference of Jewish elements in German politics had disturbed the traditional spiritual ordering of society by encouraging “the coexistence of several religions within one nationality, involving an irreconcilable and ultimately intolerable difference of outlook upon life.”

Directly opposed to these several statist doctrines of the German Idealists and nationalists is the doctrine of Communism which was propounded in the middle of the nineteenth century by the Jewish political economist Karl Marx. The radical difference between the Marxist view of the world and the Indo-European is already evident in the fact that Marx’s system was based on an atheistic materialism that totally denied the existence of any spiritual reality whatsoever, and all metaphysics in general, in favour of a dialectical socio-economics that attempted to understand the transformations of society according to its changing modes of production. Unlike Hegel who had justified history as the changing manifestations of a quasi-divine world-spirit, Marx wished to ‘create’ history by focusing on what he considered its essential economic activities. As he put it in The German Ideology (Ch.1):

Morality, religion, metaphysics, all the rest of ideology and their corresponding forms of consciousness . . . have no history, no development; but men, developing their material production and their material intercourse, alter, along with their real existence, their thinking and the products of their thinking.

However, the Communist system, for all its apparent evolutionary aspirations, is an anti-scientific, utopian construct aiming at an anti-human classless and stateless society based on the common ownership of the means of production. In this delusional sociological experiment Marx focused especially on class-struggle, or the conflict between capital and labor, as the primary instrument of historical change. By granting economic, social and political equality to all citizens Marx believed that the social awareness and discipline of every individual would naturally be increased. And, while he tolerated a representative parliamentary political system as a transitional stage, his Communist utopia aimed at a final dissolution of the state apparatus (which is what induces hierarchy and inequality) at the most advanced state of Communism, when the people would become fully self-governing.

Marxism is thus the fullest expression of a world-view that is diametrically opposed to the traditional Indo-European ordering of society according to spiritual character which we have observed in ancient India, Greece and the rest of Europe until the advent of philo-Judaic Puritanism in the middle of the seventeenth century. Marxism is naturally also opposed to the state structure that supports the religious and warrior aristocracy that founded, constitute and preserve the nation. It may be noted here that although modern liberal democracies pretend to abhor the Communist ideology, the arrogation of political authority in the West by the legislature and its prime ministerial or presidential leader represents a major step towards the same dissolution of the concepts of state and sovereignty that Communism too strives for.

Marx’s political economic theories were strongly criticized at the turn of the century by many notable German thinkers like Eugen Dühring and Oswald Spengler, but I should like to highlight here one of the most metaphysically structured political philosophical responses to Marxism – namely, the system of the Italian Fascist philosopher, Giovanni Gentile. According to Gentile, the basis of evil, exactly as in Plato and Plotinus, is Matter, or Nature, which is opposed to Spirit and represents as it were, “not merely moral and absolute nullity [but] the impenetrable chaos of brute nature, mechanism, spiritual darkness, falsehood and evil, all the things that man is forever fighting against” (Genesis and Structure of Society).

Gentile points out that the economic life focused on by Marx is marked by a utilitarianism akin to the instinctual life of animals and is a life of slavery to matter, whereas politics should be a means to spiritual freedom. While Marxism aimed at the worst sort of social organization, “the utilitarian, materialistic and hence egoistic conception of life understood as a realm of rights to be vindicated, instead of as an arena of duties to be performed by sacrificing oneself to an ideal,” Gentile’s own ideal of Fascism is based on a metaphysical understanding of society as emerging from a Kantian ideal of a “transcendent society” which is produced by the interaction of the ego and its pure object, the alter ego. It is this conception of a ‘transcendent society’ which makes man a ‘political animal’, as Aristotle had earlier suggested. The gradual self-realization of an individual necessarily entails the enlightenment of his objective counterparts, the other members of society, so that the nation as a whole begins to approach the ideal “transcendent society.”

Indeed, for Gentile, as for Fichte, the proper intellectual activity of the enlightened individual is the comprehension of the whole of mankind or of the Idea of it. And the ‘State’ is the objective embodiment of the personality of the individuals constituting it or the “universal common aspect” of their will. True political liberty is therefore possible only when the individuals that constitute the state become free through the realization of the universal aspect of their personality.

The State in its universal aspect is indeed an image of the Divine Will and the laws of the State must ever be in consonance with the Divine Law. Religion naturally is not an external aid to the will of the state but the constitutive element of it. The prime task of the state is to foster the dual development of individuals and of the society. Gentile’s project of state education is therefore governed by a keen awareness of the essentially moral nature of all education. Those concerned with culture as the self-development of the individuals constituting a state must, he says, be “critical of all knowledge that man does not need for the actual realization of his human nature and for the growth and health of his moral character” (Genesis and Structure of Society). In short, they must be critical of all knowledge that is not genuinely human.

Gentile interestingly also distinguishes between two kinds of treatment of political history. True history is not that which observes the “brute fact” but rather “the inward act of the spirit” always considered from the point of view of the “transcendent state,” the “higher ideal that operates as an end in the actual life of the state” (Ibid.). This transcendent state is indeed the divine model of an earthly state and therefore a constant unchanging norm to which the temporal changes of a state approximate in varying degrees throughout its history.

In this Fascist view of history and of the philosophical significance of the state we finally obtain a corrective to the historiographical errors of Hegelians like Fukuyama who raise the political status quo to an ideal after superficially surveying the external changes of a state as also to the errors of the Marxists who conjure up utopias from these same changes. All of these thinkers ignore the transcendent or divine aspect of statecraft, which, as we have observed in our initial survey of ancient Indian and Greek philosophy, starts with the constitution of the psyche or soul itself and aims, through a sacred kingship or an enlightened autocracy, at the psychological improvement of the individuals that comprise the state. Materialistic societies governed by economically oriented political doctrines, whether Puritan or Marxist, are incapable of any real historical development because the spiritual element of man which alone is capable of movement and development is either poorly understood or wholly dismissed.

Fukuyama’s historiographic thesis is thus merely a description of the abortive state of America itself, which has through its history gradually substituted materialistic and economic principles of statecraft for the spiritual ones that originally governed all European monarchies, including the British. In considering this American problem, we cannot afford to ignore the fateful role that Jewry have played in the history of the West, for the re-entry of the Jews into England during the Puritan revolution is linked, psychologically, to the capitalist career of the new American state just as the Jewish economic utopia of Karl Marx lurks behind the liberal democratic dreams of contemporary Americans. Indeed, all modern political theories that aim at a dissolution of the state or of the leading religious institution of a nation — whether these theories are called Libertarian or Anarchist — must be recognized as derivatives of the defective Jewish economic mentality.

This mentality can, and should, be fully replaced by genuinely Indo-European political doctrines that begin not with contractual promises to the masses of liberty and equality and plenty but rather with the obligations of the leaders of a nation and of the State to actually improve the human psychological condition, or culture, of these masses. Both the State and its leading religious institution — in the case of the West, the Church — must therefore be strengthened in their national role and their alliance must be consolidated. This will naturally entail the exclusion of all anti-statist and anti-clerical elements from national government and education. The philosophical guidelines for the urgently required regeneration of nations are clearly available in the long tradition of European conservative philosophy that I have pointed to and particularly in the most recent example of Gentile. Of course, I am aware that Monarchism, Fascism and the Church are all equally abhorrent to those who today follow Judaized America in its various utopian adventures, but it is well to bear in mind that the price of utopianism is the end of history.


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samedi, 20 septembre 2014

Hoffmann e Jünger: La natura perturbante della tecnologia

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Hoffmann e Jünger: La natura perturbante della tecnologia

di Marco Zonetti
Fonte: Arianna Editrice [scheda fonte]  

Leggendo il racconto “L’Uomo della Sabbia” di Ernst Theodor Hoffmann e il breve romanzo distopico “Le api di vetro” di Ernst Jünger, potremmo scoprire che i due autori non condividono soltanto il nome di battesimo e la nazionalità, bensì una peculiare e chiaroveggente diffidenza nei confronti della tecnologia, o perlomeno del suo potere manipolatore e disumanizzante.

Nel racconto di Hoffmann, scritto nel 1815, il giovane Nathanael è ossessionato dalla figura di un uomo misterioso, Coppelius, che fin dall’infanzia egli apparenta iconograficamente all’Uomo della Sabbia (o Mago Sabbiolino), una sorta di uomo nero delle tradizioni popolari che getta la sabbia negli occhi dei bambini, strappandoli e portandoli nel suo rifugio sulla “falce di luna” per darli da mangiare ai suoi “piccolini dai becchi ricurvi”.

Coppelius viene introdotto nel racconto in veste di vecchio avvocato amico del padre di Nathanael, per poi rivelarsi una specie di folle scienziato/alchimista nonché complice di un fabbricante di automi italiano, Lazzaro Spalanzani, che si spaccia per un innocuo professore di Fisica. Nathanael conosce la figlia di quest’ultimo, Olimpia, in realtà un automa costruito da Spalanzani con l’aiuto di Coppelius, e se ne innamora perdutamente finendo in un vortice di follia. Dopo una breve parentesi di serenità, accudito dalle amorevoli cure della fidanzata Clara e dell’amico Lothar, che rappresentano il focolare domestico e gli affetti sinceri non contaminati dall’unheimlich costituito dalle “diavolerie” della tecnica incarnate invece da Coppelius e Spalanzani, Nathanael sembrerà aver ritrovato brevemente la ragione, salvo poi risprofondare nelle antiche ossessioni – ridestate da un cannocchiale fabbricato da Coppelius – che lo condurranno al suicidio.

Lo stesso approccio alla scienza e alla tecnologia viste come “perturbanti” traspare dal breve romanzo di Ernst Jünger, “Le api di vetro” del 1957. Api di vetro, ovvero minuscoli automi intelligenti che popolano i giardini dell’industriale Zapparoni (un altro italiano) ove il protagonista Richard – reduce di guerra e di un mondo semplice fatto di tradizioni d’onore e di valori ormai perduti – è capitato in cerca di un impiego. Nei giardini di Zapparoni, arricchitosi grazie all'ideazione e costruzione di macchine tecnologicamente avanzate che dominano ormai il mondo, Richard osserva la “spaventosa simmetria”, per citare William Blake, delle api di vetro e della loro fisiologia ipertecnologica che, lungi dal migliorare o perfezionare la natura (imperfettibile in sé come fa notare Jünger in molte sue opere, ricordandoci che più la tecnologia progredisce più l’umanità subisce un’involuzione e viceversa), la impoveriscono, devastandola in ultima analisi – i fiori toccati dalle “api di vetro” sono infatti destinati a perire poiché deprivati dell’impollinazione incrociata..

Seppur concepite in due epoche diverse, Olimpia e le api di vetro rappresentano l’elemento perturbante di un mondo ossessionato dalla scienza, e in corsa dissennata verso un futuro ultratecnologico in cui uomini e macchine divengono intercambiabili sempre più a discapito dei primi. In cui la poesia dell’ideale romantico e dell’amore sincero, come quello di Nathanael per Clara, viene guastato dall’ossessione per la fredda e innaturale Olimpia, meccanismo perfetto ma inumano come quello degli “automi di Neuchatel” che devono aver ispirato Hoffmann per la sua protagonista. In cui uomini e animali vengono via via sostituiti distopicamente dalle macchine e dagli automi, e dove la stessa nascita, lo stesso atto d’amore che porta al concepimento dell’essere umano viene sostituito da un alambicco, da una provetta, da una miscela in laboratorio, in una sorta di “catena di montaggio” della riproduzione, di “fordismo” applicato alle nascite come nel “brave new world” di Aldous Huxley, “eccellente mondo nuovo” in cui sia Olimpia sia le api di vetro sarebbero cittadini onorari e abitanti privilegiati.

arman110.jpgAltra peculiare affinità fra le due opere è quella data dalla ricorrenza dell’elemento degli “occhi” e del “vetro”. Nel racconto di Hoffmann, troviamo per esempio il leitmotiv dei cannocchiali (“occhi” fatti di vetro come le api) costruiti dal solito Coppelius nelle vesti dell’italiano Coppola. Cannocchiali che ci riportano immediatamente a Galileo Galilei, sommo esponente dell’ambizione scientifica dell’uomo, ambizione che nel racconto di Hoffmann è tuttavia distorta dagli ambigui scopi di Coppelius, intenzionato a deprivare Nathanael degli occhi, per renderlo un cieco automa come la stessa Olimpia. Paradossalmente, anziché donargli una visione amplificata della realtà rendendolo più “lungimirante”, il cannocchiale che Nathanael acquista da Coppelius lo fa sprofondare in una follia primordiale che non riconosce affetti, amore, amicizia, né tantomeno connotati umani, portandolo infine all’annullamento di sé, ovvero al suicidio.

Come lo stesso Richard protagonista de “Le api di vetro”, Nathanael perde a poco a poco la propria umanità e l’attaccamento alle proprie tradizioni e ai propri valori, travolto dalla tecnologia malvagia di due esseri votati alla creazione di marionette e pagliacci destinati a divertire le folle, fenomeni da baraccone come Olimpia, o come gli automi di Zapparoni finiti a sostituire gli attori in carne e ossa nei film, quali li descrive Jünger nel suo romanzo.

Per tornare al tema degli occhi, il protagonista de “Le api di vetro” capirà a poco a poco che, per l’incarico che intende assumere, occorrono occhi disumanizzati, asettici, (occhi di vetro?) che devono vedere senza guardare, senza discernere, così da passar sopra alle atrocità perpetrate nel giardino (e nella società) degli orrori tecnologici di Zapparoni. Per poter sopravvivere nel mondo ipertecnicizzato e inumano insediatosi grazie alla perdita dei valori e della tradizione, Richard si renderà dunque conto che è necessario lasciarsi cavare metaforicamente gli occhi dall’Uomo della Sabbia rappresentato dall’ambizione e della protervia dell’uomo.

Con le derive della tecnologia, con il sacrificio dell’etica sull’altare della Hýbris, con la corsa dissennata a voler piegare la natura al nostro volere, sembrano quindi preconizzarci Hoffmann e Jünger, l’essere umano diventa simulacro di se stesso, automa (fintamente) perfetto, “ape di vetro” senz’anima, senza cuore, senza sesso. Transgender e ultragender costruito in serie come una marionetta, al punto che – nella nostra realtà più vicina – i genitori risultano tanto spersonalizzati da abdicare perfino al nome di padre e di madre per diventare “genitore 1” e “genitore 2”, espressioni che tanto piacerebbero all’ambiguo Zapparoni – che deve il suo successo al tramonto dell’etica e della tradizione – ma anche all’infido Coppelius, sorta di “tormento del capofamiglia” kafkiano, non meno inquietante del “rocchetto di filo” Odradek, protagonista del celebre racconto dello scrittore praghese. Ma soprattutto al mostruoso Uomo della Sabbia che, dal suo antro nella “falce di Luna”, non potrebbe che compiacersi oltremodo della nostra cieca ambizione, che ci impedisce di vedere la realtà distopica nella quale, superbi e protervi, ci stiamo gettando a capofitto inseguendo le derive della tecnologia e dell’ingegneria genetica.

La Hýbris demiurgica della tecnica rappresentata da Coppelius e Zapparoni, ovvero l’aspirazione a replicare la potenza creatrice divina, racchiude necessariamente l’annullamento di sé e dell’umanità, per questo il Nathanael di Hoffmann non può che suicidarsi e il Richard di Jünger tradire i propri princìpi per assoggettarsi al nuovo status quo e al nuovo regime di spersonalizzazione dell’uomo.

Privi degli occhi dell’etica, dei valori e del sacro rispetto della natura, accecati dalla nostra arroganza, siamo solo bambini sprovveduti destinati a diventare cibo della progenie di occulti “uomini della sabbia” o schiavi di scaltri e spietati “Zapparoni”.


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mercredi, 17 septembre 2014

Pour mieux comprendre la Révolution Conservatrice allemande

Pour mieux comprendre la Révolution Conservatrice allemande

par Georges FELTIN-TRACOL

junger-1-198x300.jpgEn dépit de la parution en 1993 chez Pardès de l’ouvrage majeur d’Armin Mohler, La Révolution Conservatrice allemande 1918 – 1932, le public français persiste à méconnaître cet immense ensemble intellectuel qui ne se confine pas aux seules limites temporelles dressées par l’auteur. Conséquence immédiate de la Première Guerre mondiale et de la défaite allemande, cette mouvance complexe d’idées plonge ses racines dans l’avant-guerre, se retrouve sous des formes plus ou moins proches ailleurs dans l’espace germanophone et présente de nombreuses affinités avec le « non-conformisme français des années 30 ».

Dans son étude remarquable, Armin Mohler dresse une typologie pertinente. À côté d’auteurs inclassables tels Oswald Spengler, Thomas Mann, Carl Schmitt, Hans Blüher, les frères Ernst et Friedrich Georg Jünger, il distingue six principales tendances :

— le mouvement Völkisch (ou folciste) qui verse parfois dans le nordicisme et le paganisme,

— le mouvement Bündisch avec des ligues de jeunesse favorables à la nature, aux randonnées et à la vie rurale,

— le très attachant Mouvement paysan de Claus Heim qui souleva le Schleswig-Holstein de novembre 1928 à septembre 1929,

— le mouvement national-révolutionnaire qui célébra le « soldat politique »,

— il s’en dégage rapidement un fort courant national-bolchévik avec la figure exemplaire d’Ernst Niekisch,

— le mouvement jeune-conservateur qui réactive, par-delà le catholicisme, le protestantisme ou l’agnosticisme de ses membres, les idées de Reich, d’État corporatif (Ständestaat) et de fédéralisme concret.

Le riche ouvrage d’Armin Mohler étant épuisé, difficile à dénicher chez les bouquinistes et dans l’attente d’une éventuelle réédition, le lecteur français peut épancher sa soif avec La Révolution Conservatrice allemande, l’ouvrage de Robert Steuckers. Ancien responsable des revues Orientations, Vouloir et Synergies européennes, animateur aujourd’hui de l’excellent site métapolitique Euro-Synergies, Robert Steuckers parle le néerlandais, le français, l’allemand et l’anglais. À la fin des années 1970 et à l’orée des années 1980, il fit découvrir aux  « Nouvelles Droites » francophones des penseurs germaniques méconnus dont Ernst Niekisch. Il faut par conséquent comprendre ce livre dense et riche comme une introduction aux origines de cette galaxie intellectuelle, complémentaire au maître-ouvrage de Mohler.

Vingt-cinq articles constituent ce recueil qui éclaire ainsi de larges pans de la Révolution Conservatrice. Outre des études biographiques autour de Jakob Wilhelm Hauer, d’Arthur Mœller van den Bruck, d’Alfred Schuler, d’Edgar Julius Jung, d’Herman Wirth ou de Christoph Steding, le lecteur trouve aussi des monographies concernant un aspect, politologique ou historique, de cette constellation. Il examine par exemple l’œuvre posthume de Spengler à travers les matrices préhistoriques des civilisations antiques, le mouvement métapolitique viennois d’Engelbert Pernerstorfer, précurseur de la Révolution Conservatrice, ou bien « L’impact de Nietzsche dans les milieux politiques de gauche et de droite ».

De tout cet intense bouillonnement, seuls les thèmes abordés par les auteurs révolutionnaires-conservateurs demeurent actuels. Les « jeunes-conservateurs » développent une « “ troisième voie ” (Dritte Weg) [qui] rejette le libéralisme en tant que réduction des activités politiques à la seule économie et en tant que force généralisant l’abstraction dans la société (en multipliant des facteurs nouveaux et inutiles, dissolvants et rigidifiants, comme les banques, les compagnies d’assurance, la bureaucratie, les artifices soi-disant “ rationnels ”, etc., dénoncés par la sociologie de Georges Simmel) (p. 223) ».

La Révolution Conservatrice couvre tous les champs de la connaissance, y compris la géopolitique. « Dans les normes internationales, imposées depuis Wilson et la S.D.N., Schmitt voit un “ instrumentarium ” mis au point par les juristes américains pour maintenir les puissances européennes et asiatiques dans un état de faiblesse permanent. Pour surmonter cet handicap imposé, l’Europe doit se constituer en un “ Grand Espace ” (Grossraum), en une “ Terre ” organisée autour de deux ou trois “hegemons ” européens ou asiatiques (Allemagne, Russie, Japon) qui s’opposera à la domination des puissances de la “ Mer ” soit les thalassocraties anglo-saxonnes. C’est l’opposition, également évoquée par Spengler et Sombart, entre les paysans (les géomètres romains) et les “ pirates ”. Plus tard, après 1945, Schmitt, devenu effroyablement pessimiste, dira que nous ne pourrons plus être des géomètres romains, vu la défaite de l’Allemagne et, partant, de toute l’Europe en tant que “ grand espace ” unifié autour de l’hegemon germanique. Nous ne pouvons plus faire qu’une chose : écrire le “ logbook ” d’un navire à la dérive sur un monde entièrement “ fluidifié ” par l’hégémonisme de la grande thalassocratie d’Outre-Atlantique (p. 35). »

Robert Steuckers mentionne que la Révolution Conservatrice a été en partie influencée par la riche et éclectique pensée contre-révolutionnaire d’origine française. « Dans le kaléidoscope de la contre-révolution, note-t-il, il y a […] l’organicisme, propre du romantisme post-révolutionnaire, incarné notamment par Madame de Staël, et étudié à fond par le philosophe strasbourgeois Georges Gusdorf. Cet organicisme génère parfois un néo-médiévisme, comme celui chanté par le poète Novalis. Qui dit médiévisme, dit retour du religieux et de l’irrationnel de la foi, force liante, au contraire du “ laïcisme ”, vociféré par le “ révolutionnarisme institutionnalisé ”. Cette revalorisation de l’irrationnel n’est pas nécessairement absolue ou hystérique : cela veut parfois tout simplement dire qu’on ne considère pas le rationalisme comme une panacée capable de résoudre tous les problèmes. Ensuite, le vieux-conservatisme rejette l’idée d’un droit naturel mais non pas celle d’un ordre naturel, dit “ chrétien ” mais qui dérive en fait de l’aristotélisme antique, via l’interprétation médiévale de Thomas d’Aquin. Ce mélange de thomisme, de médiévisme et de romantisme connaîtra un certain succès dans les provinces catholiques d’Allemagne et dans la zone dite “ baroque ” de la Flandre à l’Italie du Nord et à la Croatie (p. 221). » Mais « la Révolution Conservatrice n’est pas seulement une continuation de la Deutsche Ideologie de romantique mémoire ou une réactualisation des prises de positions anti-chrétiennes et hellénisantes de Hegel (années 1790 – 99) ou une extension du prussianisme laïc et militaire, mais a également son volet catholique romain (p. 177) ». Elle présente plus de variétés axiologiques. De là la difficulté de la cerner réellement.

La postérité révolutionnaire-conservatrice catholique prend ensuite une voie originale. « En effet, après 1945, l’Occident, vaste réceptacle territorial océano-centré où est sensé se recomposer l’Ordo romanus pour ces penseurs conservateurs et catholiques, devient l’Euramérique, l’Atlantis : paradoxe difficile à résoudre car comment fusionner les principes du “ terrisme ” (Schmitt) et ceux de la fluidité libérale, hyper-moderne et économiciste de la civilisation “ états-unienne ” ? Pour d’autres, entre l’Orient bolchevisé et post-orthodoxe, et l’Hyper-Occident fluide et ultra-matérialiste, doit s’ériger une puissance “ terriste ”, justement installée sur le territoire matriciel de l’impérialité virgilienne et carolingienne, et cette puissance est l’Europe en gestation. Mais avec l’Allemagne vaincue, empêchée d’exercer ses fonctions impériales post-romaines, une translatio imperii (une translation de l’empire) doit s’opérer au bénéficie de la France de De Gaulle, soit une translatio imperii ad Gallos, thématique en vogue au moment du rapprochement entre De Gaulle et Adenauer et plus pertinente encore au moment où Charles De Gaulle tente, au cours des années 60, de positionner la France “ contre les empires ”, c’est-à-dire contre les “ impérialismes ”, véhicules des fluidités morbides de la modernité anti-politique et antidotes à toute forme d’ancrage stabilisant (p. 181) ». Le gaullisme, agent inattendu de la Révolution Conservatrice ? Dominique de Roux le pressentait avec son essai, L’Écriture de Charles de Gaulle en 1967.

Ainsi le philosophe et poète allemand Rudolf Pannwitz soutient-il l’Imperium Europæum qui « ne pourra pas être un empire monolithique où habiterait l’union monstrueuse du vagabondage de l’argent (héritage anglais) et de la rigidité conceptuelle (héritage prussien). Cet Imperium Europæum sera pluri-perspectiviste : c’est là une voie que Pannwitz sait difficile, mais que l’Europe pourra suivre parce qu’elle est chargée d’histoire, parce qu’elle a accumulé un patrimoine culturel inégalé et incomparable. Cet Imperium Europæum sera écologique car il sera “ le lieu d’accomplissement parfait du culte de la Terre, le champ où s’épanouit le pouvoir créateur de l’Homme et où se totalisent les plus hautes réalisations, dans la mesure et l’équilibre, au service de l’Homme. Cette Europe-là n’est pas essentiellement une puissance temporelle; elle est la “ balance de l’Olympe ” (p. 184) ». On comprend dès lors que « chez Pannwitz, comme chez le Schmitt d’après-guerre, la Terre est substance, gravité, intensité et cristallisation. L’Eau (et la mer) sont mobilités dissolvantes. Continent, dans cette géopolitique substantielle, signifie substance et l’Europe espérée par Pannwitz est la forme politique du culte de la Terre, elles est dépositaire des cultures, issues de la glèbe, comme par définition et par force des choses toute culture est issue d’une glèbe (p. 185) ».

On le voit, cette belle somme de Robert Steuckers ne se réduit pas à une simple histoire des idées politiques. Elle instruit utilement le jeune lecteur avide d’actions politiques. « La politique est un espace de perpétuelles transitions, prévient-il : les vrais hommes politiques sont donc ceux qui parviennent à demeurer eux-mêmes, fidèles à des traditions – à une Leitkultur dirait-on aujourd’hui -, mais sans figer ces traditions, en les maintenant en état de dynamisme constant, bref, répétons-le une fois de plus, l’état de dynamisme d’une anti-modernité moderniste (p. 222). » Une lecture indispensable !

Georges Feltin-Tracol

• Robert Steuckers, La Révolution Conservatrice allemande. Biographies de ses principaux acteurs et textes choisis, Les Éditions du Lore (La Fosse, F – 35 250 Chevaigné), 2014, 347 p., 28 € + 6 € de port.

Pour commander: Editions du Lore

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mardi, 16 septembre 2014

Emmanuel Lévinas, assolutizzando l’Altro nega all’Io il diritto di auto-realizzarsi

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Emmanuel Lévinas, assolutizzando l’Altro nega all’Io il diritto di auto-realizzarsi

di Francesco Lamendola

Fonte: Arianna editrice

Quando ci si accosta alla filosofia di Emmanuel Lévinas, dopo le gelide acrobazie speculative di Husserl e di Heidegger, che pure furono i suoi maestri, si prova una piacevole sensazione di aria fresca che irrompe nell’aria chiusa e viziata; una sensazione di calore e di vita. Finalmente una filosofia che, sulle orme di Kierkegaard, volta le spalle agli “universali”, alla “totalità”, alle generalizzazioni, e scende sul terreno concreto dell’uomo singolo, che soffre, che pensa, che spera. Finalmente una filosofia che non procede per astrazioni, per ragionamenti così sottili da diventare quasi evanescenti, che non volta le spalle all’uomo in carne e ossa, con la sua domanda di senso, in nome di principi e teorizzazioni “superiori”. E, soprattutto, finalmente una filosofia del “tu”, che esce dal circolo vizioso dell’autoreferenzialità, del soggettivismo, del narcisismo intellettuale ed esistenziale, e che pone al centro di tutto la relazione, l’alterità, la differenza.

Ma poi, quasi subito, ci si accorge che non si è passati da una stanza chiusa in un aperto giardino, ma in un’altra stanza chiusa: più grande, almeno in apparenza, ma pur sempre chiusa: chiusa come la precedente. Ci si accorge che questo “tu”, questo Altro, anche se scritto con la lettera maiuscola, rimane qualcosa di rigido, di compatto, di irriducibile: talmente estraneo che non potrà mai diventare un fratello, tanto meno un amico; talmente altro che non lo si potrà veramente amare, ma solo “rispettare”; che non lo si potrà soccorrere, ma solo “parlargli”; che non lo si potrà stringere, ma solo “riconoscere”. Sarò un Altro misterioso (e questo è condivisibile) e inafferrabile (e anche questo, fino a un certo punto, lo si può accettare), del quale non sappiamo veramente nulla e che ci resta indecifrabile nella sua alterità: un Altro che sorge come limite, non come ponte; come barriera invalicabile, non come tratto d’unione; come affermazione di qualcosa che ci è preclusa, non come rivelazione della nostra stessa umanità.

Non solo. Quest’Altro, che non si può dire, che non si può capire, che non si può pensare, se non accettando incondizionatamente la sua diversità, finisce per imporsi come un tremendo dittatore: nulla è permesso al di fuori della sua relazione, l’Io non esiste che per lui, per farsi piccolo davanti a lui, per accoglierlo escludendosi da se stesso, esiliandosi da se stesso, alienandosi da se stesso. Qualunque realizzazione personale viene bollata come immorale, perché non si rivolge all’Altro; qualunque anelito alla propria realizzazione, diventa qualcosa di intrinsecamente cattivo; qualunque pensiero che non sia rivolto a lui, ma a se stessi, appare sotto la luce odiosa, o quanto meno sospetta, dell’egoismo, dell’indifferenza, della mancanza di amore. L’Altro non è una sollecitazione, un invito, una occasione di apertura: è l’alfa e l’omega di ogni cosa, è l’unico oggetto degno di attenzione: senza di esso non si danno né Io, né Dio.

Ora, può essere che quest’ultima affermazione contenga un nocciolo di verità. Che cosa sarebbe l’Io, che cosa sarebbe Dio, se non vi fosse l’Altro? Ma questa è solo una parte della verità: l’Io esiste comunque, e anche Dio – se esiste - può esistere comunque: l’Io ha un diritto ontologico fondamentale, quello di esistere, e di esistere per se stesso; Dio, poi, non deve chiedere il permesso agli enti per esserci, né per rivelarsi. È vero che solo la sua mediazione rende pienamente fecondo l’incontro fra gli uomini, ma è falso che essi non potrebbero trovarlo se non annullandosi nel “tu”. Dio si rivela nel prossimo, ma questa non è la condizione esclusiva perché si riveli. Egli si rivela anche nel mondo, nelle cose più umili, nelle creature non umane: tutte realtà che, per Lévinas, sono di seconda scelta. Solo l’uomo conta per lui, anzi, solo l’Altro: non bisogna amare l’altro come se stessi, bisogna amare solo l’altro.

Ma è poi vero che lo si può amare, dopo aver detto che non lo si può nemmeno conoscere? Che non si può, che non si deve agire, dunque nemmeno per fargli del bene? Lévinas sostiene che si può solo parlare all’Altro, ma che non conta il significato delle parole, bensì il fatto del linguaggio in se stesso; che nessuna azione, nessun lavoro è buono: buona è solo la contemplazione; che non c’è alcun mistero nelle cose, nelle piante, negli animali, ma solo negli esseri umani; che qualsiasi forma di possesso equivale a una perdita dell’innocenza; che il discorso filosofico deve essere anzitutto apofatico, ossia negativo (ciò ricorda il Montale di «Codesto solo oggi possiamo dirti: ciò che NON siamo, ciò che NON vogliamo»); che l’Io si realizza solo con e per l’Altro; che il linguaggio autentico è solo quello verbale e non quello scritto, quindi che tutta la poesia è intrinsecamente falsa (condanna che ricorda quella di Platone dell’arte in generale); che di Dio non si può dire niente e, dunque, che la teologia è inutile e pericolosa.

Ancora: quando parla dell’Altro, non si capisce mai se Lévinas intenda il mio prossimo o Dio, o magari tutti e due insieme; tranne quando afferma recisamente che l’Altro è la “traccia”, anzi la sola ed unica “traccia”, che può permetterci di giungere a Dio. Strana traccia: perché l’Altro, per Lévinas, è qualcosa di radicalmente diverso, in cui non si ravvisa alcuna somiglianza con l’Io: e come può esservi, allora, abbastanza familiarità in lui, da intravedervi il volto di Dio? Di più: se l’Altro è, per definizione, l’alterità assoluta, come potremmo giungere, non diciamo a conoscerlo, ma anche soltanto a relazionarci in qualsiasi modo con lui? E poi: chi lo dice che l’Io non ha alcun diritto di esistere, di tendere alla propria realizzazione, perché qualunque cosa non sia rivolta all’Altro risulterebbe, per ciò stesso, malvagia e immorale? Questo è puritanesimo alla rovescia: equivale a demonizzare l’Io, ad assolutizzare l’Altro fino a trasformarlo in un feticcio incombente, minaccioso, tirannico. È l’imperativo categorico kantiano elevato all’ennesima potenza; e, come quello, non fondato su alcun ragionamento, su alcuna dimostrazione. È così perché è così, e basta. Tu devi porti solo in relazione all’Altro, non avrai altro Dio all’infuori di lui. E, sulle orme di Cartesio, si svaluta completamente il valore dell’altro, quando si tratta di un “altro” non umano. Solo l’uomo conta, anzi, solo l’altro uomo (e non l’uomo che sono io); tutto il resto è accessorio. Come si vede, un antropocentrismo spinto fino  al fondamentalismo, fino alla negazione iconoclasta di tutto ciò che non è “tu”. Paradosso supremo, un universo concentrazionario di segno opposto all’arroganza dell’Io.

Ci sembrano pertinenti, a questo proposito, le conclusioni che trae Guido Sommavilla nella sua chiara e acuta monografia «Il pensiero non è un labirinto. Dialettica e mistero» (Milano, Jaca Book, 1980, pp. 332-4):

 

«Quest’errore di logica elementare [aver considerato la parte come nulla del tutto, invece che come qualcosa che riceve significato dall’insieme] è, ripetiamo, alla radice dei vistosi inconvenienti del pensiero di Lévinas Ricordiamone alcuni: 1) una relazione dell’io all’Altro (uomo o Dio) che è, insieme (“secundum idem”), separazione, cioè non relazione semplicemente; 2) una conoscibilità dell’altro (uomo o Dio) che è, insieme, inconoscibilità semplicemente; 3) un essere-per-altri che mi proibisce di fare ad altri del male, ma anche del bene; 4) egoistica, vergognosa, immorale ogni aspirazione dell’io all’autorealizzazione 5) un prossimo a cui si può onestamente soltanto parlare e che non si può onestamente aiutare; 6) immorale o amorale ogni genere di lavoro: anche conoscitivo quando si annette valore ai contenuti; 7) un impossibile, e dunque disumano, “amour pur” che per essere tale deve depurarsi di ogni bisogno; (9una creazione che non è creazione perché non causa niente e una traccia che non è traccia perché non è segno di niente. In tal modo la triplice inscindibile logica dell’identità causalità finalità viene pericolosamente scardinata  tutto a vantaggio della logica hegeliana della non contraddizione  tra le contraddizioni, la sola che potrebbe salvare un senso a più d’una delle proposizioni elencate.

Questa critica non dimentica i grandi meriti del pensiero di Lévinas, anzi mira a meglio garantirli nella loro credibilità. Essi sono per esempio: 1) la difesa della persona umana singolare sacra e inviolabile nella sua trascendenza  su tutti i sistemi e contro tutti i trascendentali delle filosofie moderne, contro tutte le alienazioni del personale al “neutrum”;  2) la rievocazione del mistero di Dio di cui si è riscoperta almeno una traccia  nella dignità della persona dell’Altro; il richiamo alla nobile etica del disinteresse, dell’essere-per-altri, della santità dei rapporti interumani, che è anche (agostinianamente, cioè cristianamente) un vero “vestigium Trinitatis”.

Ma facciamo bene, noi uomini, a ricordarci che siamo relativi in tutto, ANCHE IN QUANTO ALTRI. Anche la nostra alterità è relativa, il che significa che essa è relativamente anche comunione, sia a vicenda tra noi, sia tra noi e Dio. Tra noi e Dio, anzi, l’alterità  (o “assenza” o “a-teismo”) è tale che Dio, proprio perché massimamente assente è anche massimamente presente a noi e in noi, “interior intimo meo”, e lo è soprattutto quando esistiamo per altri ossia siamo eticamente onesti, giusti e buoni. Anche Lévinas parla di una “presenza” dell’Assente nel rapporto con Altri. Altrove egli parla addirittura della “creazione”come di qualcosa “in cui, nello stesso tempo, viene affermata la parentela degli esseri tra loro, ma anche (sic) la loro eterogeneità radicale”.

Ci si domanda come una “eterogeneità radicale” possa coesistere con una “parentela”. E ci si domanda come questa proposizione di Lévinas possa concordare con un’altra sua proposizione in cui si dice che “la creazione lascia alla creatura una traccia di dipendenza, ma di una dipendenza senza simili”. Come si può essere “parenti” se non si è in nessun modo “simili”? è, dobbiamo dire, un altro lapsus che tradisce un’altra volta la forza che la logica elementare e classica esercita anche su chi per principio la rifiuta.  La “parentela” (o analogia) che Lévinas qui ammette tra esseri creati potrebbe suggerire discretamente che non sempre e non necessariamente la “totalità” è così antinomica all’”infinito” ( e alla sua “curvatura” o “alterità”) come vorrebbe la tesi di tutto questo libro [cioè “Totalità e infinito”]. Invece una filosofia dell’alterità o dell’”esteriorità” così ostile all’analogia come questa rischia di separare e di isolare ogni altro essere umano in una autonomia che farebbe di ciascuno di noi relativi un assoluto. Si avrebbe allora un altro idolo distruttivo.

Ma c’è un altro rischio ancora da rilevare, per finire, in questa “filosofia dell’esteriorità” ai limiti di nettezza a cui Lévinas la porta: il rischio di quel materialismo di predominio del “neutrum” che soprattutto si vuole scongiurare. Ossia l’ALTERITÀ di cui si tratta e a cui tanto si tiene rischia di identificarsi, così pura come la si vuole, con quell’ESTERIORITÀ che vige precisamente e unicamente tra i corpi e tra le parti dei corpi  nella loro tridimensionalità e impenetrabilità, tipiche proprietà dell’essere fisico. In una parola la valenza SIMBOLICA del termine “esteriorità”, valenza d’obbligo quando esso è applicato a realtà e a relazioni metafisiche, appare debole, ammesso pure che ci sia, in “Totalità e infinito”.»

 

La filosofia di Lévinas, si dice, ha operato una rottura con la tradizione ontologica del pensiero occidentale, basato sulla teoria generale dell’essere; ma questo lo aveva già fatto Kierkegaard. La reazione di Lévinas contro Husserl e soprattutto contro Heidegger è una reazione di secondo grado rispetto a quella di Kierkegaard contro Fichte ed Hegel. Di suo, Lévinas ha introdotto l’idea che  l’alterità va rispettata in quanto tale, senza voler operare alcun tentativo per sminuirne la differenza; un “rispetto”, però, che stenta a tradursi in relazione fattiva, in amore operoso, stante la diffidenza radicale, o, per meglio dire, la condanna recisa e inappellabile di Lévinas nei confronti dell’agire e del lavorare. In questo, egli è stato un anti-Calvino deciso e irriducibile; mentre la sua ostilità verso le “opere”, e perfino verso la “parola” (tranne che nel suo significato immediato) ha piuttosto un sapore luterano.

Dalla Torah, dalla cultura biblica e rabbinica, Lévinas deriva l’idea della assoluta inconoscibilità e indicibilità di Dio, anche se poi ci dice che il volto dell’Altro è una traccia che porta verso di lui; da Franz Rosenzweig e dalla sua «Stella della redenzione», deriva una chiara propensione per quello che si potrebbe definire un empirismo assoluto (in funzione antihegeliana e antiparmenidea). Dialoga con i cattolici, fra i quali conta dei buoni amici ed estimatori (specialmente gesuiti: sono gli anni rampanti di Teilhard de Chardin), e conosce il pensiero di Gabriel Marcel; ma non, come pare, quello di Romano Guardini, il massimo filosofo cattolico del XX secolo.

La sua intuizione fondamentale, attorno alla quale ruota tutta la sua filosofia, è che l’Altro è l’Altro: di lui, cioè, non si può dire nulla, assolutamente nulla, perché egli è radicalmente diverso dall’Io. Però, a ben guardare, da una simile radicale alterità riesce difficile capire cosa possa nascere. Tutto ruota intorno all’alterità dell’Altro; ma di essa, proprio perché tale, io non so nulla e non posso dire nulla. Per quale ragione, allora, l’Altro dovrebbe fornire la base di tutta la mia esistenza, di tutto il mio conoscere, di tutto il mio essere uomo? Perché mai questo Sconosciuto totale dovrebbe pretendere di essere, per me, la sola cosa significativa, la sola capace di restituire un senso alla mia vita? Perché, in ultima analisi, in lui dovrei riconoscere un fratello, se, di fatto, egli è per me un perfetto estraneo?


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jeudi, 11 septembre 2014

Laurent Ozon: "France, les années décisives"

 
 
Laurent Ozon: "France, les années décisives"
 
Bonjour,
 
J'ai le plaisir de vous annoncer la parution de mon livre "France, les années décisives" le 21/09 à l'occasion du Rassemblement pour un Mouvement de Remigration à Paris.
 
 
Je vous en adresse le sommaire pour information et espère bénéficier de votre appui dans les combats que nous engageons.
 
Salutations amicales,
 
Laurent Ozon

Mail : laurent.ozon@me.com
Skype : ozonlaurent
 
 
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L’allégorie de la caverne au XXIème siècle

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L’allégorie de la caverne au XXIème siècle

Auteur : François Belliot

 

 

En repensant à l’allégorie de la caverne dans la République de Platon, j’ai été frappé par la ressemblance entre la situation des hommes enchaînés dans la caverne et condamnés à ne percevoir de la réalité que les ombres agités par des « marionnettistes », et celle des citoyens consommateurs abrutis par la propagande politique et commerciale que nous sommes devenus en ce début de XXIème siècle. Voici une version actualisée possible de « l’allégorie de la caverne ». Les deux personnages, Socrate, et Glaucon, sont conservés, et je colle largement à la trame utilisée par Socrate dans sa démonstration. J’ai conservé quelques morceaux intacts (dans la traduction sur laquelle je me suis basé). Pour que le lecteur comprenne pleinement l’approche, j’indique à la fin de l’article le lien renvoyant à la traduction de l’allégorie de la caverne sur laquelle je me suis basé.

Socrate : Je voudrais mon cher Glaucon, te montrer à quel point notre vision du monde est déterminée par l’éducation, et à quel point une éducation délibérément orientée dans une mauvaise direction, peut fausser le jugement dans des proportions étonnantes. Imagine un monde dans lequel les hommes vivent dans des villes ceintes de très hautes murailles et surplombées d’un dôme les isolant totalement de l’extérieur. Il y vivent depuis si longtemps qu’ils ont complètement oublié le souvenir de leur installation. Ils peuvent se déplacer, d’une ville à l’autre, mais uniquement dans des véhicules circulant dans un réseau souterrain. Ils ne peuvent donc s’aventurer en dehors des villes et des véhicules et voir de leurs propres yeux à quoi ressemble le « dehors ». A défaut de contact direct avec l’extérieur, les hommes de ce monde sont inondés d’une prodigieuse quantité d’informations sur le dehors diffusées par le biais de chaînes de radio, de télévision, de quotidiens, de magazines, et de livres. Ces médias présentent une diversité apparente : ils s’entendent pour exposer régulièrement leurs désaccords sur des points mineurs, donnant le sentiment aux hommes qu’ils peuvent choisir entre ces différents canaux d’information. Toutefois, sur la question la plus importante : « que se passe-t-il au dehors ? », ces médias sont unanimes pour peindre une réalité terrifiante, afin d’imprimer dans l’esprit des hommes que ces villes entièrement coupées du monde sont d’indispensables refuges. Sur toute la surface de la terre, dans toutes les villes, tous ces médias peignent le même tableau et adressent les mêmes mises en garde. Chaque fois qu’ils voyagent d’une ville à une autre, les hommes se rendent bien compte que l’information, malgré certaines particularités locales, est partout la même, ce qui renforce leur confiance en cette vision du dehors. Je dis « vision » car cette présentation du dehors est un mensonge organisé par une caste de marionnettistes qui sont parvenus, au fil des millénaires, à réduire le reste de l’humanité en esclavage. Au dehors, le monde est le même que celui dans lequel nous vivons, c’est à dire un monde vaste, magnifique, et peuplé d’innombrables espèces de plantes et d’animaux. Pour vivre l’existence libre et opulente à laquelle ils se croient seuls prédestinés, ces marionnettistes ont besoin du travail d’un grand nombre d’hommes, et comme en même temps ils les méprisent et ont horreur de se mélanger avec eux, ils ont mis au point ce complexe de gigantesques structures, dispersées un peu partout à la surface de la terre. Au sommet de chacune d’elles, à l’air libre, vit un petit groupe de marionnettistes qui assurent le fonctionnement de la structure. Ces marionnettistes ne se mêlent aux hommes d’en bas que pour les opérations de propagande destinées à conforter le formatage, et pour recueillir le fruit de leur travail. Dans les premiers temps, ils ont été contraints de recourir à l’extrême violence, mais par la suite ils se sont rendus compte qu’il était plus efficace de fabriquer le consentement de leurs esclaves, en leur enseignant une fausse histoire et en les abrutissant de propagande politique et commerciale. C’est ainsi qu’entrés avec des chaînes dans ces camps de concentration, ils ont fini par les considérer comme les derniers havres de liberté sur la terre. Du reste, les conditions de vie de ces hommes sont loin d’être atroces : ils vivent un peu entassés les uns sur les autres, ont peu de pièces dans leurs logements, mais ils mangent à leur faim, peuvent s’apparier avec qui ils l’entendent, et leur esprit est occupé par une multitude de divertissements en tous genres diffusés par les médias qui viennent adoucir la rudesse de leur quotidien. Pour donner encore plus d’assurance à leur emprise mentale, les marionnettistes ont créé et favorisé la diffusion d’une religion élevant le mensonge organisé en vérité éternelle, et promettant les pires châtiments envers ceux qui remettraient en cause la révélation.

Glaucon : C’est un monde terrifiant que tu me décris là, Socrate.

Socrate : C’est une fiction, Glaucon, rassure-toi. Des hommes réduisent en esclavage d’autres hommes depuis la nuit des temps, parfois sur une vaste échelle, mais personne n’a encore conçu un plan aussi machiavélique que celui-ci. Mon propos est simplement de te montrer combien il est difficile de se libérer d’une erreur, quand on y a cru pendant trop longtemps.

Glaucon : En tous cas ce sont d’étranges prisonniers.

Socrate : Et ils nous ressemblent pourtant. Dis moi… Penses-tu que ces hommes aient jamais vu autre chose que cette réalité du dehors complètement déformée par les médias qu’ils consultent quotidiennement et en lesquels ils se fient ?

Glaucon : N’oublies-tu pas internet dans ta liste de médias ? Avec internet, ils pourraient développer une forme d’autonomie.

Socrate : Non, les marionnettistes ont depuis longtemps interdit internet dans les villes. Les internautes vivant dans ces lieux confinés n’auraient de toute façon, comme tous les autres habitants, aucun moyen de savoir ce qui se passe « au dehors ».

Glaucon : Alors c’est impossible.

Socrate : Bref, pour tous ces hommes, le vrai n’est rien d’autre que l’ensemble de ces informations arrangées.

Glaucon : Absolument.

Socrate: imagine ce qui se passerait si l’un de ces hommes, étant parvenu grâce à un mélange de chance et d’ingéniosité à comprendre la manipulation, se mettait en peine de convaincre, dans un cadre privé, un individu absolument confiant dans ce système. La très longue imprégnation de cette « réalité », la perte d’habitude de l’esprit critique, les commandements « religieux » spécifiques instillés dès l’enfance, le caractère unanime de la vision du monde imposée dans les médias, tous ces conditionnements ne le rendraient-il pas incapable d’accepter une telle explication? Comment réagirait cet homme si cet aventurier lui disait que ce qu’il considère comme la réalité est un tissu de mensonges et d’illusions?

Glaucon : La vision du monde des marionnettistes lui semblerait plus vraie.

Socrate: Et si cet aventurier lui plaçait devant les yeux des preuves évidentes et lui expliquait de façon cohérente et détaillée le fonctionnement du dispositif, il se sentirait envahi d’un très profond mal-être et fuirait ou interromprait brutalement la conversation pour retourner vers ce à quoi il est habitué depuis toujours, trouvant ces illusions plus vraies.

Glaucon : Certainement.

Socrate : et si cet aventurier disposait de plus de temps pour lui expliquer. S’il disposait d’une période au cours de laquelle il pourrait exposer tranquillement ses preuves, dans le même temps où l’autre n’aurait plus accès aux informations diffusées dans les médias, dans un premier temps n’éprouverait-il pas les pires réticences à l’écouter et le suivre ? Ne serait-il pas dans un premier temps incapable de distinguer la moindre chose qu’il lui dit être vraie ?

Glaucon : Ce serait très difficile pour lui.

Socrate: En effet, il devrait s’habituer. Pour commencer il accepterait de remettre en cause quelques informations qu’il a lui-même jugées douteuses. Cette première prise de conscience ferait naître d’autres doutes sur d’autres aspects de la manipulation. Et c’est seulement après un long et éprouvant cheminement intérieur qu’il parviendrait à combiner ces différents aspects dans un cadre interprétatif permettant de comprendre la manipulation dans son ensemble. A la fin du parcours, il serait enfin en état de se mettre à penser par lui-même et passer au crible les mensonges des médias au moment où ils sont diffusés.

Glaucon : Effectivement.

Socrate: Et ne penses-tu pas, alors, qu’il s’estimerait heureux de ce changement ? Ne plaindrait-il pas ceux qui restent dans l’ignorance, qui continuent à croire à toutes les sottises débitées par les marionnettistes ?

Glaucon : Certainement.

Socrate: Tous les honneurs accordés à ceux qui croient avec le plus de ferveur aux informations sur le dehors, et qui œuvrent inconsciemment à la pérennisation de ce système, penses-tu que notre homme les désirerait ? Ne préférerait-il plutôt pas n’être qu’un laboureur dans la réalité, plutôt qu’un savant au royaume des apparences ?

Glaucon : Non seulement il ne voudrait plus jamais revivre comme avant, mais il en serait incapable.

Socrate : S’il retournait à la place qui était la sienne pendant la première partie de sa vie, et continuait à vivre comme avant, comme si rien ne s’était passé, ne serait-il pas profondément malheureux ?

Glaucon : Oui, certainement.

Socrate: S’il était amené à donner franchement son point de vue sur le mensonge organisé qu’il a mis à jour, ne ferait-il pas rire ? On penserait que ses recherches lui ont abîmé l’esprit, ont installé en lui une obsession, qu’il ne vaut même pas la peine d’y réfléchir un instant. Et s’il insistait et dévoilait tout le fond de sa pensée, ses semblables n’iraient-ils pas jusqu’à le calomnier et l’abandonner, voire le dénoncer et le mettre à mort ?

Glaucon : Sans doute.

Socrate: et s’il se mettait à s’exprimer trop publiquement, n’aurait-il pas à encourir les foudres des marionnettistes ?

Glaucon : Les marionnettistes ne sauraient en effet tolérer que leurs marionnettes accèdent à la conscience.

Socrate : Un homme sensé sait qu’il y a deux causes à l’aveuglement, lorsque les yeux passent de la lumière à l’obscurité, et lorsque les yeux passent de l’obscurité à la lumière. Le même aveuglement guette l’esprit. C’est pourquoi lorsque nous rencontrons quelqu’un qui s’exprime de manière confuse sur des sujets difficiles, il ne faut pas rire de lui, mais examiner si, venant de la lumière, c’est par manque d’accoutumance qu’il semble dans le noir, ou si montant vers la lumière, il est frappé d’éblouissement.

Glaucon : En effet.

Socrate : Il nous faut donc conclure que l’éducation n’est pas ce que certains affirment qu’elle est. Ils affirment que le savoir se situe quelque part, dans un domaine déconnecté de l’esprit, mais qu’ils sont capables de le faire entrer dans l’esprit ! Comme s’ils pouvaient faire entrer la vision dans des yeux aveugles !

Glaucon : C’est ce qu’ils affirment.

Socrate : Mon argumentation montre plutôt que la faculté d’apprendre et de se tromper est dans l’esprit de chacun.

Voici l’original, dans la traduction sur laquelle je me suis basé: http://www.cvm.qc.ca/jlaberge/103/TEXTES/Lectures/TE_Allegoriedelacaverne.pdf


- Source : François Belliot

lundi, 08 septembre 2014

Les pétitionnaires de l'exclusion...

Les pétitionnaires de l'exclusion...

Ex: http://metapoinfos.hautetfort.com

Nous reproduisons ci-dessous un article de l'Observatoire des journalistes et de l'information médiatique qui décrypte finement la pseudo-affaire Gauchet, déclenchée cet été par deux jeunes rebellocrates plein d'avenir, qui ont voulu faire du philosophe une figure de la réaction et la "France moisie" ...

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Edouard Louis et Geoffroy de Lagasnerie

Les pétitionnaires de l'exclusion

La pétition d’Édouard Louis et de Geoffroy de Lagasnerie contre le philosophe Marcel Gauchet a lancé la traditionnelle polémique de la rentrée début août. Mais cette fois, ce fut un flop.

Le 31 juillet, l’écrivain Édouard Louis et le sociologue Geoffroy de Lagasnerie publient une tribune dans Libération pour appeler au boycott des « Rendez-vous de l’Histoire » de Blois qui se tiendront du 9 au 12 octobre prochain, événement auquel ils étaient conviés et dont ils viennent de se soustraire, sous prétexte que celui-ci serait cette année inauguré par Marcel Gauchet, qualifié de « militant de la réaction ». En 2012, ce fut l’écrivain Richard Millet ; en 2013, l’acteur et historien amateur à succès Lorant Deutsch ; cette année, c’est donc le philosophe Marcel Gauchet qui se trouve sur le bûcher dressé par les inquisiteurs pour aborder la rentrée par une bonne purification idéologique, comme c’est devenu une habitude dans ce pays autrefois célèbre pour sa passion du débat et sa liberté de ton. Si Millet fut socialement consumé et Deutsch vaguement chahuté, cette fois-ci le feu n’a pas pris, et peut-être même que l’affaire aura pour une fois davantage décrédibilisé les chasseurs que la prétendue sorcière. Pourquoi ? La mécanique s’enraye-t-elle ? Édouard Louis est-il trop jeune et encore novice dans la pratique du lynchage de l’adversaire ? La stratégie trop maladroite ? L’attaque précipitée ? Le bouc émissaire mal choisi ? Un peu tout cela à la fois. Voici en tout cas l’occasion pour l’OJIM de revenir sur cette affaire comme sur l’alliance politique entre intellectuels et médias, de sa phase héroïque à son virage inquisiteur.

L’intellectuel insurgé

Si cet événement consistant à voir des intellectuels s’insurger avec virulence dans la presse contre un fait déclaré inacceptable est si classique en France, c’est qu’il s’appuie sur un héritage particulièrement glorieux dans notre pays, au point d’être constitutif des mythes nationaux. Le modèle initial en est bien sûr Voltaire, dont le rayonnement fut considérable tant en France qu’à travers toute l’Europe au siècle des Lumières. L’écrivain s’illustrait notamment dans l’affaire Calas ou celle du chevalier de La Barre, prenant la défense de victimes d’erreurs judiciaires, condamnées par l’instinct de lynchage de la foule et les inclinaisons du pouvoir contre les minorités (protestants ou libres-penseurs). L’autre grand moment de cette geste est le fameux « J’accuse ! » d’Émile Zola dans L’Aurore où c’est, cette fois, au cours de l’affaire Dreyfus, le préjugé antisémite qui conduit à l’erreur judiciaire. Monument du genre, la tribune de l’écrivain naturaliste a redoublé son impact avec le temps du fait des événements du XXème siècle qui conférèrent à sa révolte de 1898 une dimension visionnaire. De ces actes de bravoure s’est donc forgée une figure légendaire de l’intellectuel défiant par voie de presse l’opinion et le pouvoir afin de réparer des injustices et mettre en garde contre les dérives criminelles de l’air du temps.

Postures et impostures

Marcel%20Gauchet--469x239.jpgCependant, la première chose à noter, c’est que les conditions dans lesquelles intervenait l’intellectuel héroïque du XVIIIème ou de la fin du XIXème siècle ont fortement changé, et que, par conséquent, il ne suffit pas d’en reproduire la posture pour en imiter la bravoure. À l’époque de Voltaire, la presse est alors un vrai contre-pouvoir naissant permettant de développer des discours alternatifs aux discours officiels et autoritaires émanant de l’Église ou de l’État royal. Aujourd’hui, non seulement l’Église a perdu toute influence, ou presque, dans le débat public, mais surtout, le pouvoir médiatique est quasiment devenu le premier pouvoir auquel même le politique se trouve souvent soumis. En somme, s’exprimer dans Libé ne revient pas à prendre le maquis, mais bien à monter en chaire devant les fidèles. Ensuite, le courage d’un Voltaire ou d’un Zola tient au fait qu’ils se dressent d’abord seuls contre l’instinct de lynchage et la pression du pouvoir. Lors de l’affaire Millet, en 2012, Annie Ernaux vient avec 150 signataires demander l’éviction d’un écrivain. Il ne s’agit donc pas de se confronter à une foule enfiévrée par la haine, mais seulement à un intellectuel, et de s’y confronter tous contre seul, avec l’appui officieux du pouvoir, en témoignera l’intervention du premier ministre de l’époque, Jean-Marc Ayrault. Après l’appel au boycott des rendez-vous de Blois, et étant données les premières réactions négatives, Louis et Lagasnerie se fendront d’une nouvelle tribune le 6 août, renforcés d’une tripotée de signataires, pour faire nombre contre leur cible. Une grande partie des crimes moraux qui sont cette fois reprochés à Gauchet comme des arguments imparables – ses réticences au mariage gay ou ses mises en garde contre les dérives de l’antiracisme – sont ainsi des désaccords avec la politique du gouvernement en fonction ! La posture rejoint donc la pire des impostures, et si nous devions transposer l’attitude des Ernaux ou des Louis au siècle des Lumières, nous ne verrions pas une armée de Voltaire s’insurgeant contre l’injustice, mais bien des curés du parti dévot désignant au roi et à la vindicte populaire un protestant isolé et suspect pour ne pas communier à la religion officielle. De même que les nazis se déguisaient en chevaliers teutoniques en se comportant comme de vulgaires équarisseurs, nos pétitionnaires se glissent dans la panoplie de Zola pour jouer in fine les délateurs de service.

Le parti de l’intelligence

Une autre des distorsions frappantes entre le mythe originel et la réalité de ces attaques devenues rituelles, c’est qu’il s’agit dans le premier cas de l’insurrection d’une intelligence libre contre les passions de la foule et les intérêts du pouvoir, alors que les cibles actuelles, quand elles se trouvent être Richard Millet ou Marcel Gauchet, sont des intellectuels de premier ordre, avec lesquels on ne souhaite pas débattre mais que l’on exige de voir bâillonnés. Ce sont les accusateurs qui sont soumis à la passion militante et ce sont eux, encore, qui ont un intérêt en jeu, celui de se faire un nom sur le dos de l’homme à abattre. Il n’est qu’à voir la liste des signataires qu’avait réunis Ernaux : la plupart n’étaient que des écrivaillons médiocres et obscurs qui obtinrent la démission d’un des plus grands écrivains français vivants du comité de lecture de Gallimard. Quant aux noms célèbres qui paraphent la seconde tribune de Louis et Lagasnerie, ils posent tout de même quelques questions. Voir la chanteuse de variétés Jil Caplan ou le chansonnier Dominique A. demander le boycott de Marcel Gauchet, c’est un peu comme si Annie Cordy et Michel Sardou avaient exigé l’annulation d’une conférence de Jean-Paul Sartre ! Quant à Édouard Louis lui-même, sa renommée très fraîche tient au succès de son premier roman En finir avec Eddy Bellegueule, sorti cette année même au Seuil, livre où il décrit la difficulté, quand on est homosexuel, de grandir au milieu des beaufs racistes de province. Ce garçon, un vrai cliché littéraire à lui tout seul, grisé par son petit triomphe, s’empresse donc d’endosser un autre cliché en attaquant Marcel Gauchet, et c’est ainsi que le plumitif de 21 ans (!) paré d’un vague succès de librairie, se met en tête d’avoir celle d’un ponte de la philosophie contemporaine allant sur ses soixante-dix ans…

Rebellocrates associés ©

Mais le plus comique dans cette histoire, là où elle rejoint presque littéralement un texte de Philippe Muray, c’est le cœur même de la discorde, soit l’intitulé des « Rendez-vous de l’Histoire » de cette année qui devaient se dérouler autour de la figure du rebelle, nos pétitionnaires jugeant Gauchet indigne d’aborder un tel sujet pour n’être pas un rebelle conforme. Si l’on suit Louis et Lagasnerie, un rebelle autorisé est un rebelle favorable aux grèves de 95, adhérant aux associations féministes et antiracistes ultra subventionnées et favorable au « mariage pour tous » aujourd’hui bel et bien inscrit dans nos textes de lois… Et il est par ailleurs évident qu’un rebelle est quelqu’un de particulièrement vigilant quant à l’intégrité idéologique d’un événement institutionnel auquel il a été convié en raison de ses bons services en termes de rébellion… En somme, suprême paradoxe orwellien, un rebelle est un conformiste bien en cour qui ne plaisante pas avec les directives du pouvoir en place. Après « l’intellectuel insurgé » forcément juste et rebelle, on retrouve un autre poncif d’une certaine gauche, celle du « rebelle », forcément juste et moralement admirable. D’où le syllogisme : s’il est juste d’être pour le mariage gay, il est rebelle de l’être. Sauf que contextuellement, les rebelles actuels sont plutôt à chercher du côté des militants de la Manif pour tous, de Dieudonné, des décroissants, des maires FN ou des sympathisants d’Al Quaida. La posture rebelle n’infère en elle-même aucune qualité morale particulière. Rebelle, Satan l’est comme Jeanne d’Arc, Antigone, de Gaulle ou les membres de l’OAS…

La mythologie contre la pensée

Si cette pseudo intelligentsia médiatique ne voit même plus l’ampleur de ses contradictions, c’est précisément parce que cela fait un certain temps qu’elle a déserté le champ de la pensée pour ne plus souscrire qu’à une mythologie datée qui lui tient lieu de programme et de vertu. On pourrait soulever dans son discours une autre contradiction qui, bien que gisant entre les lignes, n’en est pas moins formidable. Suivant l’autre réflexe mythologique selon lequel la figure de l’immigré est fatalement positive, à l’instar de celle de l’intellectuel insurgé ou du rebelle, nous pouvons être absolument certains que les Louis et les Lagasnerie se mobiliseraient demain avec la même énergie pour défendre le droit des masses d’immigrés venues d’Afrique de s’installer en Europe, d’y bénéficier des mêmes avantages que les citoyens européens, d’y être nourries, logées et soignées. Pourtant, il est également certain que les masses en question, de par leurs origines culturelles, partagent dans leur quasi intégralité les réticences de Marcel Gauchet quant au mariage gay et sa prétendue vision de la femme « naturellement portée vers la grossesse. » Des positions que les Louis et les Lagasnerie jugent pourtant odieuses et inacceptables. Considéreront-ils donc qu’un bon immigré est un immigré qui ouvre sa bouche pour qu’on le nourrisse ou pour réclamer des droits, mais qui doit résolument la fermer s’il s’agit d’exprimer ses opinions personnelles ?

Un flagrant échec

Atteignant donc, avec cette pétition, un degré de caricature et de parodie un peu plus outrageux qu’à l’ordinaire, nos rebelles conformes au service de l’État ont cette fois-ci subi un revers. Non seulement leur coup n’a pas porté, puisque les « Rendez-vous de l’Histoire » ne sont pas soumis à leurs objurgations et l’ont fait savoir dans le même journal d’où était partie l’attaque, le 8 août ; mais encore, ils n’ont reçu le soutien d’aucun des très nombreux journalistes qui avaient rejoint la cabale d’Annie Ernaux en 2012 contre Richard Millet (la liste est longue et détaillée ici). Pire, le seul écho médiatique à leur action fut pour la condamner, provenant des mêmes voix qui s’étaient élevées contre le lynchage de Millet et qui furent les seules, en ce mois d’août, à commenter l’affaire. Soit Élisabeth Lévy dans Le Point, Pierre Jourde sur son blog du Nouvel Obs, Pierre Assouline dans La République des Lettres, Gil Mihaëly de Causeur et le fondateur de Marianne, Jean-François Kahn, sur le site Atlantico, sans compter l’intervention de Mathieu Block-Côté sur Figaro Vox.

Bilan de l’affaire

Quel bilan tirer donc de cette cabale ratée ? Tout d’abord, que nul n’est à l’abri d’un lynchage orchestré par les intellectuels d’extrême gauche, même quand on est à la fois un ponte honoré de l’intelligentsia française et un homme « de gauche » donnant les gages nécessaires à la Pensée unique, comme c’est le cas de Marcel Gauchet ; même quand les accusateurs ne sont à peu près rien dans le débat public, puisque leur conviction d’appartenir au « Camp du Bien » leur permet toutes les impudences avec la meilleure conscience qui soit. Ensuite, qu’en forçant trop sur la dose, l’inquisiteur du politiquement correct peut lui aussi commettre des « dérapages » en mettant à nu trop crûment la nature de ses réflexes. Enfin, que les indignations surjouées de nos belles âmes reposent sur une mythologie qui n’a plus aucun rapport avec le réel et dont les ressorts sont tout sauf vertueux. Que les prétendus intellectuels insurgés sont en fait des dévots et des délateurs ; que les pseudo-rebelles appartiennent à la pire espèce d’idéologues conformistes ; que les généreux partisans de l’immigration de masse n’ont pour les immigrés qu’un intérêt purement stratégique et narcissique ; que la principale obsession de ces grands esprits est de tuer, en France, toute véritable vie de l’esprit. Pour finir, et en attendant la prochaine « affaire », on peut souhaiter que toutes celles qui eurent lieu durant les années 2000 et 2010 soient relues à l’aune de l’affaire Gauchet, moment où apparaît si clairement le vrai visage de ces mascarades à visées totalitaires.

Observatoire des journalistes et de l'information médiatique (25 août 2014)

dimanche, 07 septembre 2014

Le fondamentalisme de l'État islamique analysé par le philosophe Slavoj Zizek

Le fondamentalisme de l'État islamique analysé par le philosophe Slavoj Zizek

Auteur : Claire Levenson
 
slavoj_zizek.jpgPour Slavoj Zizek, les membres de l’État islamique ne sont pas de vrais fondamentalistes. «Les soit-disant fondamentalistes de l'EI sont une insulte au véritable fondamentalisme», écrit le philosophe dans le New York Times.

Pour lui, quelqu’un qui a une foi religieuse profonde fait preuve d'un mépris distant pour ceux qu’il considère comme des infidèles, pas d’un rejet violent et obsessif. Les vrais fondamentalistes, comme les bouddhistes tibétains ou les Amish aux Etats-Unis, éprouvent «une absence de ressentiment et d’envie, une profonde indifférence envers le mode de vie des non-croyants».

Zizek, qui est aussi psychanalyste, voit une sorte de dénégation à l’œuvre chez les islamistes de l’EI:

«Les terroristes pseudo-fondamentalistes sont profondément dérangés, intrigués et fascinés par la vie de péché des non-croyants. On voit bien que lorsqu'ils luttent contre l’Autre dépravé, c'est en fait contre leur propre tentation qu'ils luttent».

Pour le philosophe, la violence extrême de l’Etat islamique est le signe d’une sorte de complexe d’infériorité par rapport à une certaine image occidentale de la réussite, qui comprend le luxe, le consumérisme, les femmes et le pouvoir:

«Alors que l’idéologie officielle de l’Etat Islamique est de dénoncer les libertés occidentales, au quotidien, les gangs de l’EI pratiquent des orgies grotesques».

Pour illustrer cette ambiguïté, il cite la fameuse photo d'Abou Bakr Al-Baghdadi, le leader de l'EI, portant une montre suisse clinquante,ainsi que l’expertise médiatique et financière moderne de ces djihadistes:

«Paradoxalement, les fondamentalistes de l’EI et ceux qui leur ressemblent ne sont absolument pas convaincus d’être supérieurs.»

Et pour Zizek, c’est cette instabilité, cette sorte de susceptibilité, qui les rendraient particulièrement violents. Alors qu’un vrai fondamentaliste est, lui, beaucoup plus serein.

Sur l’absence de foi bien ancrée des djihadistes qui rejoignent l’Etat islamique, plusieurs détails donnent raison à cette analyse: avant d’aller se battre en Syrie, deux candidats anglais au djihad récemment arrêtés avait commandé L’Islam pour les nuls et Le Coran pour les Nuls. 

En 2008, une note du MI5, l’agence de renseignement anglaise, écrivait que les candidats au djihad étaient souvent des «novices en matière de religion» et qu'au contraire, «une identité religieuse bien étabile protégeait de la radicalisation violente».


- Source : Claire Levenson

Anselm Grün, retrouver le goût de la vie

Anselm Grün, retrouver le goût de la vie

Face à la fatigue

Pierre Le Vigan*
Ex: http://metamag.fr

A Guillaume de Tanoüarn.

anselm-gruen-3.jpgLa fatigue a toujours été bien autre chose qu’une simple question physique, psychique ou médicale. Les Pères de l’Eglise lui ont toujours donné une place importante. Ils lui ont toujours donné une positivité. Il y a une bonne fatigue, qui est aussi une grande fatigue, et qui donne une plus grande perception des choses, une plus grande réceptivité. Erhart Kastner note qu’on « ne s’ouvre alors qu’au minimum de choses. Mais ce minimum est si royal, si splendide  qu’on ne vit véritablement qu’en ces moments d’intense réceptivité.» (La Simandre du Mont Athos, 1956). Il y a donc un bon usage de la fatigue, un usage comme abandon à l’essentiel (Dieu pour les croyants). C’est une fatigue dont on tire du bien.
 
Peter Handke parle à ce sujet d’une « fatigue au regard clair ». Elle fait voir l’essentiel. C’est une fatigue qui unifie, qui rassemble, et montre à chacun de nous ce qui compte vraiment. Byung-chul Han, philosophe coréen d’expression allemande, professeur à l’Université de Karlsruhe, oppose, dans La société de la fatigue (Circé, 2014), la mauvaise fatigue contemporaine, due au culte de la performance et à la dispersion, à la bonne fatigue, celle qui recentre et unifie le cœur et l’âme.  C’est elle qui nous rapproche de la contemplation. Elle nous amène à « respirer dans la lumière de la fatigue », comme écrit encore Peter Handke (Essai sur la fatigue, Gallimard, 1991). Le pape saint Grégoire le Grand, relatant la vie de  saint Benoit de Nursie, fait état d’un sentiment analogue. Cette contemplation est ce que la philosophie grecque appelle « loisir ». Elle permet, dit Héraclite, « une écoute de l’essence des choses ». Josef Pieper expliquait que, en ce sens, la base de toute culture est le loisir (Le loisir, fondement de la culture, Genève Ad Solem, 2007).
 
Il y a donc la possibilité de l’exercice d’une bonne fatigue, qui n’est pas abandon à la paresse, mais un « laisser advenir » à la lucidité. Cette bonne fatigue n’est pourtant pas simple d’accès. Saint Antoine (Antoine le Grand ou Antoine d’Egypte), le fondateur de l’érémitisme, fait état du danger de l’acédie (acédia). C’est l’incapacité à être présent dans l’instant, à se concentrer. C’est le taedium vitae. C’est l’horror loci (Jean Cassien). C’est une oisiveté (otiositas), qui n’est pas le loisir, mais bien plutôt l’incapacité au loisir. C’est une paresse subie, c’est un affaissement de l’énergie. Heidegger évoque à son sujet une « instabilité et une « dispersion ».
 
L’acédie est tout le contraire de « la fatigue au regard clair » qu’évoque Peter Handke dans ses écrits cités plus haut. L’acédie est un grand danger. Quand l’acédie menace, Evagre le Pontique, l’un des Pères du désert, propose « la lecture, la veille et la prière ». (Traité pratique ou le Moine, Abbaye de Bellefontaine, 1996). Il nous appelle à regarder cette fatigue « acédieuse » (ou acédique) pour ce qu’elle est : une mauvaise fatigue, plus encore, une lassitude intérieure, un mal insidieux qui nous ronge, mais qui, justement, nous indique qu’il faut rechercher la « bonne fatigue », non celle de l’excès, celle de l’exténuation, mais celle du travail serein, solide, durable, constant, mesuré conformément à notre rythme intérieur, la fatigue de l’homme présent à soi après de justes et bons efforts. 
  
Mesurons encore les choses en nous attardant sur le sens de deux mots grecs. Lype/lipein renvoie à une fatigue-abandon, à une fatigue/lâcheté. Par contre, penthos/penthein, c’est le deuil, c’est « après la tristesse », c’est après l’acédie. Là encore, on voit le mouvement de reprise de soi, lucide, sereine, confiante, au-delà de toute désespérance, mais aussi de toute illusion euphorique, qui peut être le remède à l’acédie. C’est le ressaisissement de l’homme.

Les Romains parlaient d’otium, temps libre, temps du retour sur soi, temps d’une retraite active, temps d’une prise de distance, non pas temps de l’inactivité, mais temps d’une autre activité. Les Grecs parlaient de scholè (l’école). C’est la même chose, c’est le temps des études et de la philosophie (la theoria), c’est le temps des activités nobles, par opposition aux activités purement utilitaires (le non-loisir, le neg-otium disaient les Romains). Pour éviter l’acédie, il faut se tourner vers cela : l’otium/la scholè. L’étude de soi, des autres, du monde, de la lumière qui nous baigne, et que d’aucuns appellent Dieu, et qui est à coup sûr lumière divine.
 
On a ainsi, d’un côté une fatigue séparatrice, une fatigue/paresse, une acédie, et de l’autre côté une fatigue réparatrice, unificatrice, joyeuse, celle qu’Evagre le Pontique invite à « regarder dans les yeux », car elle est le visage de notre vérité, de notre faiblesse, de notre faillibilité, mais aussi de notre énergie de reprise de soi, non pas seulement pour soi, mais pour le monde, car nous sommes les débiteurs du monde. Les deux fatigues s’opposent. L’une est du côté de la perte d’énergie et de la perte du goût de vivre, l’autre nous ramène à la joie, et à la force de vivre. 
 
Anselm Grün, Retrouver le goût de la vie, Albin Michel, 2014, 170 pages, 13 €.
 

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*Pierre Le Vigan est écrivain. Il est notamment édité par La barque d'or

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mardi, 02 septembre 2014

Der Nomos der Erde

Der Nomos der Erde

von Felix Menzel

Ex: http://www.blauenarzisse.de

carlschmitt.jpgGerade in Zeiten großer Krisen wie in der Ukraine, im Irak und in Syrien muß die Frage erlaubt sein, wie unsere internationale Ordnung aussehen sollte.

Eine absolute Pflichtlektüre zu dieser Frage hat Carl Schmitt mit Der Nomos der Erde im Völkerrecht des Jus Publicum Europaeum 1950 veröffentlicht. Mit „Nomos“ verweist der wohl bedeutendste deutsche Staatsrechtler des 20. Jahrhunderts auf den engen Zusammenhang von Recht, Ordnung und Ortung.

Die Einhegung des Krieges

In der Moderne haben jedoch diejenigen die Oberhand gewonnen, die glauben, man könnte die Raumkomponente bei der Konstruktion einer funktionierenden internationalen Ordnung außer acht lassen. Schmitt warnt vor dieser Vernachlässigung genauso wie vor dem Berufen auf die moralische Dichotomie „gut“ und „böse“ in internationalen Angelegenheiten.

Das Ziel aller politischen Ordnungsbemühungen über Staatsgrenzen hinweg müsse es sein, den Krieg einzuhegen. Dies betont Schmitt immer wieder, weil er glaubt, daß eine Abschaffung des Krieges, wie von Pazifisten gewünscht, niemals möglich sein wird. Statt dessen müsse es darum gehen, Vernichtungskriege zu verhindern und Rahmenbedingungen zu setzen, so daß ein Volk nach einer militärischen Niederlage möglichst unbeschadet weiterleben könne. Kriege sollten deshalb das soziale und wirtschaftliche System trotz eines Sieges einer Partei unberührt lassen.

Die Ideologisierung des Krieges seit 1789

Schmitt glaubt, daß das europäische Völkerrecht nach dem Westfälischen Frieden (1648) bis zum Beginn des Ersten Weltkrieges halbwegs nach diesen Prinzipien funktionierte, auch wenn er einräumt, daß bereits 1789 mit der Französischen Revolution eine Ideologisierung des Krieges einsetzte.

Mit dieser Ideologisierung verbunden ist zum Einen die Geburt des „totalen Krieges“, bei dem die Zivilbevölkerung einbezogen wird. Zum Anderen entwickelt sich nun ein universalistisches Völkerrecht, das mit moralischen Kategorien arbeitet und das „Böse“ vernichten will.

Aus heutiger Sicht könnte man glauben, Der Nomos der Erde sei eine politische Streitschrift, die eine Abkehr von den – im Zweifelsfall – machtlosen supranationalen Gebilden fordert. Dem ist aber überhaupt nicht so: Schmitt legt hier lediglich eine sachliche Darstellung der Geschichte des europäischen Völkerrechts vor. Politische Forderungen mit Verweis auf dieses Buch sollten daher immer mit Vorsicht genossen werden.

Pluriversum statt Universum

Fest steht jedoch, daß wir mit einem globalen Weltbild leben, dazu allerdings noch keine passende internationale Ordnung gefunden haben. Dies hat nicht nur Schmitt sehr früh und treffend so diagnostiziert, auch marxistische Autoren wie Michael Hardt und Antonio Negri sehen dies in ihrem Buch Empire. Die neue Weltordnung so (Besprechung dazu folgt in Kürze).

Carl Schmitt beginnt seine Geschichte des europäischen Völkerrechts mit einer Definition des Völkerrechts, die durch ihre Einfachheit besticht: „Völkerrecht ist Landnahme, Städtebau und Befestigung, Kriege, Gefangenschaft, Unfreiheit, Rückkehr aus der Gefangenschaft, Bündnisse und Friedensschlüsse, Waffenstillstand, Unverletzlichkeit der Gesandten und Eheverbote mit Fremdgeborenen.“

Eine Ordnung basierend auf diesen Prinzipien habe es im Europa nach dem Mittelalter gegeben. Den (entstehenden) europäischen Staaten sei jedoch zu jederzeit klar gewesen, daß dieser „Nomos“ nicht auf die ganze Welt ausgedehnt werden dürfe. Das heißt, daß dieses Völkerrecht nur für das christliche Abendland konzipiert war und es eine strenge Unterscheidung zwischen der Austragung von Rivalitäten in Europa und „Kriegen gegen nichtchristliche Fürsten und Völker“ gab.

Die Gefahr des Cäsarismus

In Nomos der Erde weist Schmitt auch darauf hin, daß dieses Völkerrecht neben äußeren Gefahren, z.B. dem Aufkommen einer neuen Supermacht wie den USA, auch von innen heraus selbst zerstört werden kann. Er nennt dabei insbesondere den „Cäsarismus“, den er als eine „nicht-​christliche Machtform“ charakterisiert. Ähnlich wie Oswald Spengler sieht er also die Bedrohung, daß sich eine Kultur einfach überlebt und ihren sittlich-​kulturellen Kern verkümmern läßt.

Schmitt beschreibt das europäische Völkerrecht als ein weitestgehend anarchisches, aber gerade nicht rechtloses System, das nur dann Bestand hat, wenn alle daran beteiligten Herrscher sich bewußt darüber sind, wie wichtig der Erhalt des gemeinsamen Kulturkreises ist. Konflikte werden dann lediglich auf politisch-​militärischer Ebene unter moralisch ebenbürtigen Gegnern ausgetragen. Ein Kernpunkt des europäischen Völkerrechtes sei es deshalb gewesen, „die Begriffe Feind und Verbrecher auseinander zu halten“.

Die Zerstörung der alten Ordnung durch den Versailler Vertrag

Bereits 1789 bröckelte dieses System jedoch langsam auseinander. Schmitt schreibt darüber: „Eine tragische Ironie liegt darin, daß gerade dieser Contrat social Rousseaus mit seinem rein staatlichen Kriegsbegriff zur Bibel der Jacobiner wurde, eben derselben Jacobiner, die den klassischen, rein militärischen Staatenkrieg des 18. Jahrhunderts als Kabinettskrieg des ancien régime diffamierten und die durch den Staat gelungene Liquidierung des Bürgerkrieges und Hegung des Außen-​Krieges als eine Angelegenheit der Tyrannen und Despoten ablehnten. Sie haben den reinen Staatenkrieg durch den Volkskrieg und die demokratische levée en masse ersetzt.“

Endgültig zerbrach das alte europäische Völkerrecht dann im Laufe des Ersten Weltkrieges. Der Versailler Vertrag dokumentierte schließlich für alle Welt, wie sich das Völkerrecht inzwischen gewandelt hatte. Mit dem Kriegsschuldartikel wurde ausdrücklich moralisch argumentiert. Zudem enthielt der Versailler Vertrag große Eingriffe in die Eigentumsverhältnisse gerade des deutschen Volkes.

Eine internationale Ordnung war zu diesem Zeitpunkt in weiter Ferne. Diese Leerstelle sollte sich für Europa in den nachfolgenden Jahrzehnten als besonders verhängnisvoll erweisen. Währenddessen erlebte die Welt die Geburt einer neuen Supermacht, deren Aufstieg Schmitt ebenfalls im Nomos der Erde auf herausragende Weise beschreibt.

Sollten wir dankbar dafür sein, daß es mit den USA eine Supermacht gibt, die sich um die großen Probleme der Welt notfalls auch militärisch kümmert?

Brauchen wir vielleicht sogar sehr dringend eine Weltpolizei, die dafür sorgt, daß lokale Konflikte auch lokal begrenzt bleiben, weil es in der entsprechenden Region keine effektive Gegenmacht zum Terrorismus gibt? Ist die Westbindung Deutschlands an NATO und USA alternativlos, weil wir ohne sie noch mehr Probleme der Welt in unser Land in Form von Flüchtlingen importieren würden?

US-​Präsident Herbert Hoover: „An act of war in any part oft he world is an act that injures the interests of my country.“ (1928)

All das sind berechtigte Fragen, doch bevor wir sie beantworten können, sollten wir herausfinden, wie es die USA zur Weltmacht schafften und welche Strategie dahintersteckt. Carl Schmitt hat dazu in aller Kürze auf den 100 letzten Seiten seines Buches Der Nomos der Erde (1950) Grundlegendes herausgearbeitet. Schmitt setzt ein bei der Zerstörung des alten europäischen Völkerrechts, das sich aus drei Gründen Anfang des 20. Jahrhunderts überlebt hatte: Erstens, weil Europa selbst nicht mehr in der Lage war, den ideellen Gehalt dieses Völkerrechts zu erfassen. Zweitens, weil mit den USA eine neue Supermacht entstanden war. Und drittens, weil der Erste Weltkrieg zwangsläufig zur Infragestellung der alten Ordnung führen mußte.

Nun war es jedoch nicht so, daß sich sofort eine neue Ordnung aufdrängte. Schmitt betont: „Die Auflösung ins Allgemein-​Universale war zugleich die Zerstörung der bisherigen globalen Ordnung der Erde. An deren Stelle trat für mehrere Jahrzehnte ein leerer Normativismus angeblich allgemein anerkannter Regeln, die dem Bewußtsein der Menschen die Tatsache verschleierte, daß eine konkrete Ordnung bisher anerkannter Mächte zugrunde ging und eine neue noch nicht gefunden war.“

Schmitt: „Der neue Westen erhebt den Anspruch, der wahre Westen, der wahre Occident, das wahre Europa zu sein.“

In der Zwischenkriegszeit stellte sich daher die Frage, „ob der Planet reif ist für das globale Monopol einer einzigen Macht, oder ob ein Pluralismus in sich geordneter, koexistierender Großräume, Interventionssphären und Kulturkreise das neue Völkerrecht der Erde bestimmt“. Es sprach zunächst viel dafür, daß die weltpolitische Situation zwangsläufig ein Pluriversum hervorbringen mußte, weil es keine Großmacht gab, die mit klarem Führungsanspruch auftrat.

Die Vereinigten Staaten hatten eine Außenpolitik aus einer „Mischung von offizieller Abwesenheit und effektiver Anwesenheit“ entwickelt, die sehr erfolgreich war. In international neu zu schaffenden Institutionen Verantwortung zu übernehmen, blieb den USA bis in die 1920er-​Jahre hinein suspekt, aber es war klar, daß die europäischen Staaten ohne sie auch keine Entscheidung mehr treffen konnten und die USA sich im Zweifelsfall militärisch auf der ganzen Welt einmischten.

Um dies zu illustrieren, zitiert Schmitt den amerikanischen Völkerrechtsjuristen P. S. Jessup, der 1940 betonte: „Die Dimensionen ändern sich heute schnell, und dem Interesse, das wir 1860 an Cuba hatten, entspricht heute unser Interesse an Hawaii; vielleicht wird das Argument der Selbstverteidigung dazu führen, daß die Vereinigten Staaten eines Tages am Jangtse, an der Wolga und am Kongo Krieg führen müssen.“

Selbst-​Isolierung und Welt-​Intervention

Dabei darf diese Bereitschaft zur militärischen Intervention nicht mit einem offensiven Expansionsstreben verwechselt werden. Schmitt folgt hier einer ganz anderen Argumentationsweise: Es sei gerade der „amerikanische Isolationsgedanke“ gewesen, der langfristig zu diesen Interventionen zwinge. Mit der Gründung der USA sei eine „Auserwähltheitslinie“ gezogen worden. Die „Neue Welt“ hätten die Amerikaner als den Ort der Welt interpretiert, an dem ein Leben in Frieden und Freiheit im Gegensatz zur restlichen Welt möglich sei. Schmitt hört bereits aus der Monroe-​Doktrin (1823) ein „fundamentales moralisches Verwerfungsurteil“ gegenüber den europäischen Monarchien heraus.

Die USA hätten dieses moralische Überlegenheitsgefühl jedoch zunächst als Mythos nach innen verbreitet und seien nach außen betont defensiv aufgetreten. Dies änderte sich erst, als „für die innere Lage der Vereinigten Staaten das Zeitalter ihrer bisherigen Neuheit zu Ende gegangen“ war. Jedoch bewegte sich die Außenpolitik Amerikas selbst in den beiden Weltkriegen „zwischen den beiden Extremen von Selbst-​Isolierung und Welt-​Intervention“.

Was sind die Ursachen des globalen Weltbürgerkrieges?

Schmitt sieht in diesem Interventionismus nicht nur aufgrund der Moralisierung der Kriegsgründe ein Problem. Vielmehr entstehe so zwangsläufig ein globaler Weltbürgerkrieg, da die Trennung zwischen „außen“ und „innen“ genausowenig wie lokale Besonderheiten anerkannt werden. Genau diesen Wegfall der Grenze von „außen“ und „innen“ verkauft man uns heute als eine Neuheit der Entwicklung des Krieges, auf die man mit einer Weltpolizei reagieren müsse.

Die im Nomos der Erde entwickelte Argumentation sieht Ursache und Wirkung hier jedoch ganz anders: Nicht die Entwicklung des Krieges, der Fortschritt oder das Fortschreiten der Menschheit haben die Auflösung von „außen“ und „innen“ bewirkt. Nein, die Ursache dafür ist bei einer dysfunktionalen, universalistischen Welt(un)ordnung zu suchen, die auf moralischen Kategorien basiert und nicht mehr zur Trennung von Feind und Verbrecher fähig ist.äische Völkerrecht dann im Laufe des Ersten Weltkrieges. Der Versailler Vertrag dokumentierte schließlich für alle Welt, wie sich das Völkerrecht inzwischen gewandelt hatte. Mit dem Kriegsschuldartikel wurde ausdrücklich moralisch argumentiert. Zudem enthielt der Versailler Vertrag große Eingriffe in die Eigentumsverhältnisse gerade des deutschen Volkes.

Eine internationale Ordnung war zu diesem Zeitpunkt in weiter Ferne. Diese Leerstelle sollte sich für Europa in den nachfolgenden Jahrzehnten als besonders verhängnisvoll erweisen. Währenddessen erlebte die Welt die Geburt einer neuen Supermacht, deren Aufstieg Schmitt ebenfalls im Nomos der Erde auf herausragende Weise beschreibt.

INTOLERANCIA… O AXIS MUNDI DE LA SOCIEDAD ORWELLIANA

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INTOLERANCIA… O AXIS MUNDI DE LA SOCIEDAD ORWELLIANA

 
 
El mundo libre: eje de lo políticamente correcto, representante máximo del bien estar, ejemplo de democracia y ésta como sinónimo de buenrollismo y parloteo de todo aquel que lo desee. Pilar de la alianza de civilizaciones, de la integración, de la tolerancia, del porvenir y un largo etcétera de vocablos que solo un loco podría posicionarse en contra de ellos.
 
Yo mismo, me considero un defensor acérrimo de las libertades, pero también de los sacrificios y más aún, de las responsabilidades.
 
La cuestión que se nos plantea ante estas “enigmáticas” palabras que resuenan como pan nuestro de cada día y se repiten —y las repetimos— una y otra vez de manera automática, es su significado… ¿Sabemos cuál es? ¿O las repetimos como autómatas sin saber a qué nos referimos? ¿Quizás si no las admitimos ni decimos es que nos encontramos “fuera de circulación” y por lo tanto se nos consideraría antiguos?
 
No pasa nada, el significado de las palabras no importa, lo único que importa es el repetirlas, pues como seres sociales que somos deseamos estar en el grupo, decir lo que todos repiten, no destacar en éste aspecto, puesto que ya se han inventado ciertas palabras para el que destaque fuera del conocido Pensamiento Único. Destacar implica ser: un intolerante, intransigente, antiguo, facha, antisistema (en ocasiones), racista, homófobo… y otro largo etc. de adjetivos calificativos que todo ciudadano de bien quiere evitar. Como el caso de la reciente denuncia por racismo y antisemitismo que emitió la Comunidad Judía de España al escritor Antonio Gala, por desviarse un poco de lo “políticamente correcto”.
 
Por lo tanto, se debe, como imperativo categórico, repetir una y otra vez lo escrito en el primer párrafo de este artículo, asimilándolo de una manera positiva, hacer auto-conciencia de ello y aplicarlo. 
Nadie se dará cuenta de que indirectamente lo esté haciendo, pero una frase que todos pronunciamos determina el que somos inconscientemente parte de este juego impuesto por el $istema, una frase que todo caucásico dice antes de hablar de alguien de otra raza: “yo no soy racista pero…” ¿Por qué esa necesidad de disculparse antes de hacer una crítica referente a un individuo de otro tipo racial? ¿Nos damos cuenta que con ello estamos pidiendo perdón antes de hablar?
 
No nos damos cuenta ni nos daremos, porque no nos cuestionamos nada y menos aún, no deseamos ser cómplices de pronunciar palabras que nos puedan llevar a que se nos tache de “políticamente incorrectos”… ¿miedo al aislamiento social quizás? Posiblemente en parte sea eso, y también, posiblemente nos estén reeducando para no cuestionarnos nada, para ser cada día más sumisos, más borreguiles... a fin de cuentas no conviene que la "mano de obra" piense por sí misma.
 
Siguiendo esta misma línea de pensamiento impuesta por el $istema nos podemos encontrar en una conversación de lo más normal, tratando un asunto que no tiene que ver con política estatal ni religión (pues son temas que siempre generan ampollas en las conversaciones) y que por llevar una opinión contraria a la impuesta por los mass media, uno de los contertulios no quiera dar opción a debate alguno y amenace con marcharse si no se para la conversación, puesto que se siente ofendido de que se hable de algo que quizás él no comparte ya que no lo ha visto en los medios de comunicación habituales.
 
Y en esos momentos es cuando uno se da cuenta que a pesar de existir periódicos y canales de TV de diversas ideologías políticas, todos mandan un solo mensaje, puesto que no se admite una réplica a la esencia de la noticia dada. Y si no existe replica por parte de un individuo sobre otro ¿Dónde podemos hallar la libertad? ¿Dónde está la tolerancia democrática del que dice ser un aperturista social? ¿O es que solo se tiene que ser tolerante para escuchar asuntos de homosexualidad y no se puede ser tolerante para tratar el tema de Gaza o el genocidio boer en la RSA? ¿Qué límites tiene entonces la tolerancia? Y si alguien da su punto de vista sobre la cuestión islámica salafista en Europa ¿Es tolerante no dar opción a replica sobre el tema expuesto en cuestión?
 
George Orwell decía en este aspecto que “La libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere escuchar” (Freedom is the right to tell people what they do not want to hear).
Lo más jocoso de este tipo de situaciones es que no hace falta ser un genio o intelectual para, por ejemplo, saber de geopolítica, sino que la clave residen en tener conocimientos básicos de historia y antropología, pues si algo es cierto en este mundo es que todo es cíclico. Por lo que un político (o ciudadano) que carezca de conocimientos de historia y un mínimo de antropología podría perfectamente caer en errores que hace 200 años se cometieron, hablar de posibles situaciones alternativas a modelos de sociedades actuales sin saber que ya existieron y fracasaron, y esto es lo que hace peligroso (e ignorante) a un político, pero también, a su vez, a un ciudadano.
 
Hace unos días un diario virtual que se hace llamar imparcial colgó una noticia que no era del todo correcta, al disponer yo de la fuente escribí en su perfil de Facebook para notificárselo y les puse el enlace oficial de la noticia para que lo subsanaran. La respuesta de esta gente fue no solo el borrar mi comentario de su muro de dicha red social, acto que no comparto pero que podría ser comprensible en cierto modo, sino que además la noticia no la subsanaron. El ego de esta gente que dirige dicho diario que es independiente de los mass media y se vende como adalid de la verdad faltó a la misma que ellos promulgan… y es que el ego en esta sociedad moderna y órquica no tiene límites y la tolerancia de los portadores de la verdad menos aún. Pues reafirman con su actitud ser parte del $istema que ellos mismos critican, predicando con su ejemplo en esos pequeños detalles, que como bien siempre ha dicho mi padre, son los que definen a las personas.
 
 
 
Llegado este punto no puedo proseguir sin analizar el vocabulario que diariamente es usado por tothom y el cual es el motivo de este artículo, vayamos de nuevo al primer párrafo:
 
Mundo Libre: Dícese de la sociedad democapitalisa que otorga a cada uno de sus ciudadanos (súbditos y/o vasallos) la libertad de endeudarse de manera cuasi hereditaria, permite trabajar de sol a sol, otorga autonomía para que sus mandatarios se corrompan y hurten a su comunidad popular. El Mundo Libre se caracteriza principalmente por “tanto tienes, tanto vales”, imponiéndose el becerro de oro (el dinero) a la persona. Por lo que: permite que millones duerman en la calle habiendo casas vacías, así como tirar millones de toneladas de comida mientras millones de personas pasan hambre.
 
Eje de lo políticamente correcto: Base del conocido “Mundo Libre” en la cual se le impone al vasallo lo que debe hacer o decir, dándole a elegir entre varias opciones para que consideré como decisión propia lo que realmente es impuesto por el $istema que dirige al “Mundo Libre”.
 
Representante Máximo del “bien estar” o “Sociedad del Bienestar”: Verborrea usada por los políticos de las últimas dos décadas para vender a los ciudadanos una moto que no tenía gasolina para encenderse y ruedas para circular —o lo que es lo mismo, hacer como un alcalde de Xàtiva, que prometió una playa en su ciudad—, sirviendo esta palabra como excusa para endeudar al Estado hasta un punto insostenible con la excusa del desarrollo (local, provincial, autonómico y estatal), pero con la carga de la deuda financiera y el “beneficio” de magnas comisiones a la casta política de turno (afincada en el poder desde 1978 e incluso antes) a costa los ciudadanos (siervos-gentiles).
 
Democrácia: Sistema establecido por el “Mundo Libre” en el que los vasallos pueden deponer a un tirano corrupto y elegir otro tirano corrupto, donde no existe una alternativa real de gobierno que represente a los ciudadanos, puesto que todos se basan en lo “políticamente correcto” (revisar la explicación anterior) y, en el caso que ésta surgiese sería vetada de todos losmass media para que no tuviese repercusión mediática ni buena ni mala —puesto que la propaganda negativa sigue siendo propaganda.
 
Buenrollismo y parloteo: Entiéndase por permitir que todos los ciudadanos-vasallos puedan balbucear con la “total libertad” que permite lo “políticamente correcto” y sin salirse un ápice de lo estipulado por el “Mundo Libre”. Si se saliese de estas pautas los mismos Buenrollistas estigmatizarían al individuo que lo haga, ya no sería necesario que el $istema actúe, pues el Pensamiento Único implantado por el $istema se encarga de actuar por sí solo.
 
Alianza de Civilizaciones: Concepto atlantista y globalizador que pretende destruir las identidades étnicas de los pueblos del mundo, fomentando los movimientos migratorios planetarios en general y sobre los países étnicamente caucásicos en particular. Slogans repetitivos que se convierten en realidades por su insistencia mediática como: “Una sola raza, la raza humana” o el reciente “somos ciudadanos de un lugar llamado mundo” lobotomizan a una población cada vez más manipulada por los designios del “Mundo Libre”.
 
Integración: Sistema de implantación de sustitución demográfica por elementos étnicamente extra-europeos, que generan (entre otros perjuicios) un estancamiento y caída en los salarios debido a su adaptabilidad como mano de obra barata de la cual se aprovechan empresarios capitalistas sin escrúpulos. Evitando así una respuesta activa por parte de los movimientos obreros para solicitar y/o exigir mejoras salariales y laborales, produciéndose en consecuencia una pérdida de las mismas.
 
Tolerancia: Dícese de escuchar y permitir que se hable o escriba sobre todo lo que el “eje de lo políticamente correcto” ha marcado como apto. En el caso de salir de dicha línea se le impide la capacidad de réplica al interlocutor que lo haya hecho, haciendo lo posible por ridiculizarle de manera jocosa sin darle opción al debate o bien cortando por la tangente y llevando sus comentarios y a la misma persona al ostracismo y si fuese necesario al presidio.
 
Porvenir: Evolución del “Mundo Libre” hacía el “eje de lo políticamente correcto” que evoque en una “Sociedad del Bienestar” en la cual se fomente “la Alianza de Civilizaciones” y donde la “Democracia”, el “Buenrollismo”, la “Integración” y la “Tolerancia” dicten como debemos de ser, vestir, pensar y actuar.
 
Una vez habiendo leído todos estos significados lo primero que pensará el lector es que seguramente perdí el norte, para ello deseo poner la definición de una última palabra que puede resultar aterradora, vamos allá:
 
Totalitarismo: Régimen que incumbe a su Estado la totalidad de los bienes y servicios estratégicos de la nación. (Diccionario de la Real Academia Española - 1933).
 Totalitarismo: Régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos. (Diccionario de la Real Academia Española - 2014).
 
Cada vez más, las palabras tienen el sentido y significado que se les quiera dar, es marketing a fin de cuentas, es vender la moto y exponer a los ciudadanos lo que quieren oír, lo que desean escuchar, lo que vende y está de moda, aquella palabra que parece otorgar mayor sentido de libertad, aunque luego no lo tenga.
 
Pero repetir mil veces que se es “demócrata” actuando como un tirano no hace más demócrata a dicho individuo, eso sí, será un tirano que habla de democracia y viste como un demócrata ¿o no?.
 
Sin ir más lejos no olvidemos el uso de la palabra "democracia" que hacen ciertos países como: la República Democrática Alemana (antes de la reunificación) o la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte). 
 
El hábito no siempre hace al monje.

Los significados que he otorgado a las palabras que hoy día se convierten en mandamientos de la sociedad moderna, deberían ser los que use la RAE para actualizarse, pues con un poco de sentido común, nadie que lea el presente artículo y realice un poco de (auto-)crítica extrañará ninguno de los significados que expongo con relación a la realidad que vivimos.
 
La misma palabra "democracia" no tenía el mismo significado cuando se creó que en el siglo XIX, al igual que no lo tenía a principios del siglo XX en relación con la época presente. El lenguaje debe ser adaptado a la realidad presente y no usado como arma política arrojadiza haciendo mal uso del mismo.
 
Orwell decía que "el lenguaje debe ser la creación conjunta de poetas y trabajadores manuales", pero hoy día es de usureros, politicuhos y arribistas sin escrúpulos. El lenguaje esta corrompido y la población ha sido adaptada por dichos corruptores para asimilar su nuevo mensaje.
 
No nos engañemos, vamos hacia la sociedad orwelliana, hacia “1984” y la gente calla por miedo a ser estigmatizada pero llega un momento, como decía Eric Arthur Blair que: “En un tiempo de engaño universal - decir la verdad es un acto revolucionario” (In a time of universal deceit - telling the truth is a revolutionary act).
 
 
 

Con la puesta en marcha de un nuevo proyecto cultural llamado EDITORIAL EAS he redactado un artículo para una colección de libros sobre grandes autores llamada Pensamientos & Perspectivas. El presente texto correspondería a una parte del artículo completo que será publicado en el Nº 2 de esta colección que trataría sobre la figura de ORWELL. Más información en: https://www.facebook.com/pages/Editorial-Eas/621046797979596 y en editorialeas@gmail.com.
 
“La Comunidad Judía se querella contra Antonio Gala por racista y antisemita” http://www.libertaddigital.com/espana/2014-07-25/la-comunidad-judia-se-querella-contra-antonio-gala-1276524688/
 
Hace referencia al tipo racial blanco.
 
Tot home, tota persona, totes les persones”. Palabra catalana que designa a “todo el mundo”.
 
Las definiciones pueden e incluso deberían ser mucho más extensas, puesto que contenido hay de sobra para ello pero considero que el presente artículo debe ser de lectura fácil y comprensión rápida, para evitar que el lector caiga en el aburrimiento. La cuestión básica es transmitir una idea.
 
Y es que para esto los valencianos somos especiales, cuando en su momento disponíamos de cadena de televisión propia (Canal 9) se contó un chiste que definía el carácter jocoso de nuestra tierra, pero el problema es adaptarlo a la realidad política y esto se ha logrado en toda España. En el mismo se encontraban dos valencianos hablando y uno le decía al otro: Chae, saps que està mes prop, Xàtiva o el Sol? —Y el otro le contesta: Tu veus Xàtiva? ...i el Sol? Aquí tens la resposta!!
 
Para el que tenga dudas, aclarar que las razas base son tres: caucásica, mongoloide y negroide. Estos tres troncos raciales pertenecen a una especie, la especie humana. Hablar de raza humana además de no tener sentido, a una persona que se considere medianamente inteligente le tienen que chirriar los oídos como si de una ofensa a su inteligencia se tratase.
 
La capacidad de manipulación se valora en función a la debilidad del manipulado y a las causas que no frenan o incluso fomentan la manipulabilidad de los individuos que son manipulados, así como su efecto en el ambiente en el que el manipulado se educa, como por ejemplo, en el caso de España: Mayor consumo de droga de Europa y uno de los mayores del mundo; visualización de la TV una media de 4 horas por individuo; un nefasto sistema educativo; mayor abandono escolar de Europa; pérdida de valores...
 
Hay que destacar el caso de la ciudad de Londres, donde el 55% de la población no es caucásica. Entre el 45% restante se incluirían ingleses nativos y todas las nacionalidades étnicamente caucásicas que hay en la ciudad, por lo que estaríamos hablando que el inglés nativo londinense prácticamente ha desaparecido. Si a esto le añadimos que los no caucásicos suelen tener un índice de natalidad de 3 hijos por pareja frente a la media caucásica de 1.1 hijos por pareja (aprox.), estaríamos hablando que Londres en una generación posiblemente no quede población autóctona y en dos generaciones no quedará población caucásica.
 
Entiéndase como extra-europeo todo aquel que no tiene una base genética caucasoide. Considerando, por ejemplo, que más del 80% de la población de Argentina es genéticamente europea (occidental). La nacionalidad reside en la sangre y no el los documentos que emiten los gobiernos de turno. Europa no se basa en una cuestión puramente geográfica, sino genética y cultura.
 
Claramente se ve a diario, y en época de crisis se acrecienta mucho más, que el estancamiento y bajada de sueldos es un efecto rebote de aquellos que aceptan puestos de trabajo a cambio de salarios miserables. El exceso de mano de obra barata devalúa el mercado laboral y frena las huelgas (las cuales aportan mejoras laborales). Dejo constancia que el fallo recae en el $istema, en ningún caso sobre el individuo que acepta dichas condiciones laborales, que hasta en el algunos casos son infrahumanas, dicho individuo es una víctima más.

mercredi, 27 août 2014

Las ideas fuerza del fundamentalismo y del contrafundamentalismo democrático

por Gustavo Bueno

Ex: http://paginatransversal.wordpress.com

La idea de Democracia sigue siendo una de las ideas más confusas y oscuras que flotan en el presente, pero la claridad y distinción de esta idea se consigue, muchas veces, agregando a la idea general notas (tales como criterio de decisión por mayorías, judicialización de asuntos tradicionalmente reservados al ejecutivo) que en realidad conducen a un fundamentalismo (o integrismo) democrático.

1. Democracia en sentido político y democracia en sentidos metapolíticos

El término «Democracia», como los adjetivos derivados, «democrático», «demócrata», &c., no son términos unívocos. Tienen diversas acepciones, y aún contrapuestas entre sí: el régimen de Franco fue definido por algún catedrático de la época (en 1943) como una «democracia orgánico representativa selectivo jerárquica»; pero la democracia definida en la Constitución de 1978 se enfrentó enérgicamente con la definición de democracia de treinta años antes, considerándola como un «mero disfraz» de la dictadura (disfraz que requería a esa dictadura envolverse, en cuanto «democracia orgánica», de instituciones democráticas), tales como la elección de enlaces sindicales, representantes de los tercios familiares, márgenes concedidos a las iniciativas municipales, incluso a la prensa o a la radio, lo que determinó que la oposición entre la dictadura y la democracia, no fuese una oposición dicotómica. La dicotomía sólo se conseguía suponiendo dada la equivalencia entre «democracia» y «democracia parlamentaria» con listas de candidatos cerradas y bloqueadas, y criterio exclusivo de la mayoría para decidir, incluso en asuntos técnicos. Todo lo que no fuese democrático, en este sentido «fundamentalista», será concebido como dictadura residual.

Sin embargo, esta pluralidad de acepciones del término democracia, o de sus derivados, es cualquier cosa menos un caos de acepciones léxicas, inconexas entre sí. Entre las acepciones de la democracia median afinidades profundas, en función de las cuales podemos clasificarlas según diferentes criterios.

Aquí utilizaremos un criterio tal que nos permita agrupar las diversas acepciones de la democracia en dos grandes rúbricas, de fronteras no siempre bien definidas (sobre todo cuando estas fronteras no se consideran como dicotómicas o disyuntas). Unas fronteras que nos permitieran poner a un lado las acepciones que llamaremos (1) políticas, en sentido estricto, y, al otro lado las acepciones que podríamos llamar (2) metapolíticas.

Entre las democracias metapolíticas (que no son necesariamente apolíticas, puesto que también pueden intersectarse con las democracias políticas) destacaríamos la acepción tecnológica de la «democracia procedimental», en la cual un grupo de personas, o una sociedad humana, asume la ley de la mayoría como criterio práctico (técnico) indiscutible para tomar una decisión. La democracia procedimental se especifica en función de la definición de las unidades que intervienen en la votación. Si tomamos como unidades a los individuos, la democracia será capitativa, pero no por ello necesariamente política: la «democracia del autobús» no tiene significado político puesto que las unidades de la consulta son los pasajeros determinados aleatoriamente por su inclusión en el autobús, que, en un alto de su ruta, deciden por mayoría cambiar de dirección o también de sentido. Como unidades del procedimiento democrático podríamos tomar las familias de una ciudad o de una nación, a las acciones de una sociedad anónima, incluso a los Estados que se sientan en la Asamblea General de la ONU: los medios que transmiten una votación de la ONU suelen subrayar su carácter democrático, pero el adjetivo democrático sólo tiene aquí el sentido de la democracia procedimental. En efecto, la democracia de las Naciones Unidas sólo tiene un sentido político por razón de las unidades de votación.

Habría también que analizar el fundamento metapolítico de la democracia capitativa asociada a los anarquistas españoles de la CNT de las primeras décadas del siglo XX que, a la vez, solían ser espiritistas y defensores de la democracia como una consecuencia directa del espíritu individualista (o personalista) que las inspiraba.

Podría afirmarse, acaso, que el sentido estricto (o los diversos sentidos éticos o políticos) de la democracia se organizan en el plano tecnológico; en cambio, los sentidos metapolíticos se organizan más bien, quizá, en el plano ideológico o nematológico.

La distinción entre los grupos (1) y (2) de acepciones del término democracia pueden ponerse en correspondencia (y correspondencia no es identidad) con otras agrupaciones tales como las siguientes: acepciones del término democracia específicas de la sociedad política (en la que incluimos el Estado) y acepciones genéricas del término democracia, es decir, que fueron comunes a otros conceptos de sociedad, tales como la llamada «sociedad civil», pero teniendo en cuenta que un predicado genérico de las democracias políticas específicas no significa que el deje de ser esencial. Aun cuando también es cierto que un predicado no esencial, sino accidental, puede ser genérico: «Mortal» es predicado esencial de los sujetos humanos, sin por ello dejar de ser genérico, porque los demás cuerpos vivientes, animales o plantas, son también mortales.

La «sacralización de la democracia», que conduce a tomar las constituciones democráticas homologadas como «criterio epocal» en la periodización dicotómica histórica (en lugar de dividir el curso de la historia en dos mitades: antes de Jesucristo / después de Jesucristo; o bien: antes de la Hégira / después de la Hégira), la periodización dicotómica se expresará así: antes de la Democracia / después de la Democracia. División que conduce a graves distorsiones en el uso del razonamiento lógico (propiamente silogístico) que se regula por las tablas jerárquicas de los géneros, subgéneros, especies, &c. En una tertulia televisada (junio de 2013) su director plantea a los tertulianos el siguiente tema para el debate: «¿Por qué, a vuestro juicio, se ha desatado en los últimos meses el número de procesos judiciales que tienen que ver con delitos fiscales (tales como lavado de dinero, exportación de capitales, defraudación en los impuestos tributarios)?» Un tertuliano (conocido periodista) constata: «Sin duda, porque la democracia no puede tolerar la corrupción en materias fiscales, y los españoles han madurado suficientemente en democracia como para no tolerar la impunidad de estos delitos.» Los demás tertulianos se adhieren, en lo esencial, a esta respuesta. Y, sin embargo, esta respuesta es errónea, en el terreno mismo de la lógica silogística. Porque no es la sociedad democrática, en cuanto tal, la que no puede tolerar los delitos fiscales: tampoco una sociedad aristocrática, o una sociedad autocrática los tolera.

Francis Bacon, canciller de Inglaterra, fue acusado en el Parlamento de 1618 por delitos de cohecho y prevaricación, fue inhabilitado para cargos públicos, multado con 40.000 libras y encerrado en la Torre de Londres. No es pues la condición específicamente democrática de una sociedad política, sino su condición genérica de sociedad política la razón de toda «cruzada» contra los delitos fiscales (sin perjuicio de que estas «cruzadas» se vean espoleadas en situaciones de crisis económica). Decir que «la democracia no puede tolerar las corrupciones fiscales» es tanto como atribuir a la especie (haciendo de paso propaganda de la misma) lo que es propio del género. Cuando alguien pregunta por qué Sócrates acostumbraba a estar sentado –y quien dice Sócrates podría referirse también a los diputados en «sede parlamentaria», o al Papa en la Santa sede–, quien responde: «Porque Sócrates, los parlamentarios o el Papa son hombres», comete un gran error, porque no es la condición humana la razón formal (o el término medio) por el cual podemos unir el predicado «sentado» al sujeto «los hombres», en este caso, sino a la condición de primate (los primatólogos han observado que los chimpancés o los gorilas pasan más de la mitad de un día en postura sedente). Ahora bien, este «error categorial» no consiste solo en una perturbación de la «maquinaria lógica». Está motivado ideológicamente por la «sacralización de la democracia parlamentaria», porque al atribuir a la sociedad democrática la exigencia del cumplimiento de las leyes tributarias, estamos recurriendo a una sinécdoque (pars pro toto) o a una metonimia (pars pro pars) a fin de subrayar la excelencia de esa democracia santificada.

También cabría poner en correspondencia la oposición entre las acepciones (1) y las acepciones (2) del término democracia con la oposición que media entre los términos políticos y los términos ético-morales. Por lo demás, las acepciones (1) de la democracia se corresponden, sobre todo, con las acepciones tecnológicas o morfológicas de la democracia, mientras que las acepciones (2) se corresponden con las acepciones nematológicas.

Por último, también podemos poner en correspondencia la oposición entre las acepciones (1) y (2) de la democracia con la oposición entre el ciudadano y el hombre, establecida en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1793. Distinción que contiene la sinuosa evolución de esos conceptos, derivada sobre todo de la sustantivación del «hombre» frente al «ciudadano». Una sustantivación ejercida ya en 1793, cuando el diputado Juan Bautista Cloots —Anacarsis Cloots, que se autodenominaba «apóstol de la Humanidad»—, siguiendo la inspiración de una enmienda que Volney, «en vistas a una República universal», había presentado al dictamen de los constitucionalistas de 1783 decía: «No hay otra soberanía que la del Género humano.» O bien cuando Pi Margall, en pleno debate sobre las nacionalidades españolas, creyó necesario aclarar ante unos correligionarios que le pedían explicaciones: «Antes que español soy hombre.»

En efecto: cuando hablamos de democracia, según alguna de las acepciones que suponemos pueden ser incluidas en el grupo (1), es porque estamos entendiendo la democracia a escala de su marco político específico, dentro de las diversidades específicas de la sociedad política, en general (autocrática, aristocrática o democrática); mientras que cuando hablamos de democracia en alguna de las acepciones incluibles en el grupo (2) es porque estamos entendiendo la democracia a escala de un marco genérico (desde el punto de vista político), que incluso tocan tanto a las sociedades políticas como a las sociedades civiles apolíticas, como pudiera serlo la familia, el colegio profesional, el sindicato, incluso el partido político (cuando se considera como una asociación privada, como ocurre en España, según la ley orgánica 6/2002, de 27 de junio, de partidos políticos).

Según esto un demócrata, en sentido específico, es un ciudadano que milita o simpatiza, mediante su voto o sus cartas al lector, en algún partido político enfrentado con los otros partidos políticos del arco parlamentario, pero sobre todo, con los partidos o movimientos no democráticos (llamados confusivamente, en la España de 1978, «fascistas» o «criptofranquistas»). De hecho, ya desde el «contubernio de Munich» de 1962 y, sobre todo, desde 1974, con la Junta Democrática, y después con la Plataforma Democrática y con la Platajunta, se utilizó la condición de demócrata como criterio para neutralizar las diferencias entre los eurocomunistas (prosoviéticos, trotskistas o maoístas) y los socialistas y democristianos. El propio concepto de eurocomunismo, que asumió como propio Santiago Carrillo en 1974, se acogió al criterio de la democracia parlamentaria (próxima de hecho a la partitocracia) para lograr el consenso entre diferentes corrientes que «en el interior» o «en el exterior» habían ido desenvolviéndose como alternativas a la «dictadura fascista».

2. La idea de democracia como idea separada (no disociada) de las sociedades democráticas

La transición del régimen franquista al régimen que le sucedió en 1978 encontró en la democracia la fórmula de consenso capaz de englobar a las diferentes corrientes enfrentadas entre sí (izquierdas y derechas, falangistas y carlistas, comunistas, socialdemócratas y anarquistas, españolistas y secesionistas, republicanos y monárquicos). Corrientes (o «sensibilidades», como comenzó a decirse, acaso al mismo ritmo en que descendía el nivel de conceptualización exigible en la definición de tales corrientes) que habían evolucionado convergentemente en su oposición a la «dictadura fascista», y habían encontrado en la democracia un denominador genérico común capaz de ecualizar oposiciones algunas veces irreductibles. (La oposición monarquías parlamentarias/repúblicas es irreductible, desde su perspectiva lisológica, que prescinde de las sociedades políticas concretas; sin embargo, cuando nos referimos a una sociedad política dada, la oposición monarquía/república puede llegarse a considerar como accidental a la democracia.)

En algunos casos, las «reservas mentales» de muchos demócratas obligaron a someterles a grandes esfuerzos destinados a ocultar sus verdaderas opiniones: por ejemplo, los republicanos y los socialdemócratas pensaban que los falangistas evolucionistas —comenzando por Adolfo Suárez— seguían siendo fascistas. En cambio el «consenso» acepto de hecho, sin rechistar, la autodefinición democrática de los nacionalistas catalanes, vascos o gallegos, utilizando un concepto abstracto (lisológico) de democracia como sistema puro definible «por encima» de las sociedades políticas reales (lo que equivalía a intentar separar del gato su sonrisa).

El mecanismo de neutralización de las diferencias de 1978 era el mismo que el mecanismo que se siguió en octubre de 1936 para neutralizar las diferencias irreductibles entre los generales sublevados contra la segunda República española (aunque en muchos casos el Alzamiento del 18 de julio se hizo en nombre de esa República). En efecto, los generales sublevados no buscaban precisamente un retorno a la dictadura de Primo de Rivera, sino que se alzaban contra la segunda República en nombre de una España concebida más allá de la oposición entre republicanos y monárquicos de 1931. Por ello, los generales sublevados contra el gobierno aceptaron la designación del general Franco como «Jefe del Estado español» y no como jefe de la República española, ni siquiera como Jefe del Reino de España, es decir como Rey o Regente de España.

Los demócratas de la transición, los demócratas del consenso, sobre todo después de la ley de «memoria histórica» y de los Estatutos de Autonomía, comenzaron a subrayar las diferencias que el consenso había neutralizado o encubierto. Los partidos comunistas y socialistas consideraban a los gobiernos del PP como criptofranquistas, y, en todo caso, de «derechas», reservándose para sí la denominación de «izquierdas», aunque cuando estas denominaciones de «izquierdas» y «derechas» no figuraban en la Constitución, ni tenían un significado político preciso, dado su carácter metapolítico y transhistórico (el comunismo final, o el socialismo democrático, como componente del progreso social de la socialdemocracia).

El Parlamento y el Senado se convirtieron en escenarios democráticos en los que se confrontaban los diversos partidos políticos. Las descalificaciones o los insultos estuvieron a la orden del día. Todos eran demócratas por consenso, pero de hecho se acusaban mutuamente de no serlo: la democracia ya no servía para unificar, sino para confundir, y por ello se hacían más urgentes las especificaciones: «demócrata cristiano», «socialdemócrata», «demócrata liberal», «demócrata comunista», «demócrata nacionalista» o incluso «demócrata autonomista-decisionista» (definido por su derecho a decidir… la secesión de alguna Autonomía respecto de España).

Nike__Greek_Goddess_of_War_by_Moon_WillowStock.jpgLos socialdemócratas del PSOE acusaban a los populares de mentirosos, corruptos y fascistas, y veían complacientes a los piquetes de acoso a las familias de los diputados del PP que no votaron la ley de la dación en pago. El consenso en el Parlamento y en la calle se había roto por completo. Los partidos de la oposición rechazaban sistemáticamente cualquier resultado económico o político logrado por el partido en el gobierno. Si el gobierno consigue un descenso del paro, la oposición no lo reconocerá, desde luego, y ante las cifras objetivas evidentes, interpretará que el empleo conseguido es precario, efímero, estacional, &c. Esto hace imposible un análisis objetivo de la situación. Las huelgas y manifestaciones (organizadas gremialmente: huelgas y manifestaciones de médicos, jueces, profesores, empleados del Metro, víctimas del Alvia, peluqueros, sindicatos de clase, periodistas, mineros, pilotos de aviación, «indignados» contra el parlamento —«no nos representan»—, &c.) comenzaron unas semanas después de que uno de los partidos, en las elecciones de 2012, hubiera obtenido la mayoría absoluta en el Parlamento. A escala política la democracia quedaba de hecho rota en mil pedazos, aunque nominalmente los huelguistas que ocupaban plazas, calles o edificios, y los secesionistas que desacataban las normas emanadas del Gobierno central, lo hicieran, siempre, en nombre de la democracia.

¿Cómo recuperar el consenso democrático en el terreno político estricto, cómo establecer el acuerdo entre posiciones objetivamente incompatibles (por ejemplo, entre los partidos secesionistas y los unitaristas, entre los que pedían la dación en pago y los que la negaban de plano, &c.)? Se barruntaba un único camino democrático, si bien este camino era metafísico o imaginario: replegarse a la democracia entendida en terrenos metapolíticos. Contra la crisis de la democracia política, más democracia, pero metapolítica, orientada a subrayar o bien los componentes genéricos de las democracias políticas (subrayando el carácter «social», humanístico, de una democracia), o bien extendiendo las ideas democráticas a instituciones no políticas, sino, por ejemplo, gremiales (clubs de fútbol, colegios de arquitectos, asociaciones de jueces, &c.). En este sentido, también, se considerará democrática una familia dada si ella se contrapone a una familia llamada autoritaria; se hablará de escuela democrática o también, como ya hemos dicho, de la democracia de un autobús en el cual son los viajeros los que, en cualquier cruce de caminos, se consideran con derecho a decidir un cambio de ruta, aunque ello altere los itinerarios iniciales del viaje.

La ampliación metapolítica de los comportamientos o instituciones que reciben el adjetivo democrático se prodiga en nuestros días de crisis de la democracia política como se prodiga la ampliación de los comportamientos o instituciones que reciben, en nuestros días, la calificación de «solidarias»: hablamos de bolígrafos solidarios (cuando el producto de sus ventas se destina a una ONG que cuida de los niños hambrientos de Haití o de Mali), y por analogía hablamos también de arroz solidario, de concierto solidario, de bomberos solidarios, de «banquetes solidarios» y hasta de «caza solidaria».

A través de la «prueba de la conmutación», en diversos sujetos, del adjetivo «democrático», por el adjetivo «cristiano», cabría demostrar empíricamente que el adjetivo democrático, en el sentido ponderativo de nuestros días, equivale prácticamente, en extensión, en las sociedades occidentales, al adjetivo «cristiano». Cuando alguien exalta un determinado tipo de familia como familia democrática viene a hacer algo similar a lo que hacía quien hablaba de la «familia cristiana»; la expresión «orquesta democrática» alcanza un significado metapolítico, ponderativo del mismo orden al que, en otras épocas, alcanzaba la expresión «orquesta cristiana»; incluso el baile que practicaban de modo ordenado y discreto varias docenas de parejas se llamará hoy «baile democrático» como en otro tiempo se hablaba de «baile cristiano».

Hay acepciones no políticas, sino metapolíticas (sociales, éticas o morales) del adjetivo «democrático» que puede considerarse como una transformación secularizada del adjetivo «cristiano». Los dos tipos de acepciones, las políticas y las metapolíticas (éticas, morales, &c.) se entremezclan, y gracias a ello, quienes siguen defendiendo la democracia política, a pesar de la constatación de las corrupciones, crisis, caos, desempleo, seguirán manteniendo a flote el ideal democrático (fundamentalista), a la manera como el cristiano sigue siendo cristiano aún cuando la corrupción, los vicios nefandos o la incredulidad de los clérigos «que están en el secreto» aumente en el seno de la iglesia. «Contra los pecados de los cristianos, más cristianismo.» Contra la corrupción de la democracia, más democracia.

«Más democracia» significa muchas veces incremento incesante de la participación de los ciudadanos, en el límite, «democracia participativa universal», basada en el supuesto de que el «enriquecimiento» que una sociedad política logrará será mayor cuanto mayor número de ciudadanos se agreguen a la asamblea. Generalmente este incremento se justifica en nombre de la igualdad, pero erróneamente, porque supuesta la igualdad de los ciudadanos, la probabilidad de resentimiento de los iguales cuyas ocurrencias políticas hayan sido rechazadas por cualquier motivo por los demás, aumentarán, dado que jamás podremos encontrar «dos hojas iguales en el jardín». El «enriquecimiento» del acervo democrático resultante de un incremento de la participación, será tanto mayor cuanto mayor sea la desigualdad material de los participantes. Algunos politólogos creen que los peligros jerárquicamente dados del «asambleísmo rectangular»  –el de las asambleas revolucionarias francesas que derribaron al Antiguo Régimen—se corregirían con el «asambleísmo circular» (mesas redondas, tablas redondas). Sin embargo el asambleísmo de los círculos garantiza la equidistancia de los individuos del corro al centro, pero en modo alguno la equidistancia de los individuos entre sí. El «asambleísmo semicircular» (el hemiciclo) pretende acaso ser una síntesis del asambleísmo rectangular y del asambleísmo circular, pero no está demostrado que esta síntesis no sea sino una síntesis de los defectos de sus componentes.

En todo caso, lo que llamamos fundamentalismo democrático, en sentido primario (no miserable), es decir, la concepción de la democracia política como la única forma de organización política admisible y, por tanto, como el fin de la historia universal, se corresponde puntualmente con el exclusivismo intolerante, en muchas épocas, del cristiano («quien no está conmigo, está contra mí»).

Fueron los conflictos entre diversas confesiones cristianas mutuamente intolerantes, los que dieron lugar a la instauración de un régimen de tolerancia mutua más o menos diplomática. En cualquier caso hay abundantes razones (incluyendo las históricas) para concluir que el fundamentalismo democrático se ha desenvuelto casi siempre en un ambiente cristiano, en el que se predicaba la libertad, la personalidad, la responsabilidad y la igualdad de todos ante Dios. Las organizaciones intensamente jerárquicas del Antiguo régimen cristiano se compensaban con el paternalismo emanado de la Ciudad de Dios, cuyas abundantes instituciones, a escala de las personas individuales (bautismo, confesión, comunión, extremaunción) reconocen la realidad individual de cada súbdito. Y porque al no reconocer la intolerancia de las antiguas sociedades cristianas, ofrece un parentesco indudable con la intolerancia de las democracias modernas homologadas respecto de cualquier otra forma de organización política.

3. Crítica a la democracia por parte de los clásicos de la teoría política

Conviene subrayar algo que, para muchos fundamentalistas democráticos de nuestros días, podrá resultar una sorprendente novedad. A saber, que los clásicos de la teoría política no sólo antigua sino moderna mantuvieron inequívocas posiciones contrafundamentalistas y aún antidemocráticas. (Para el concepto de «contrafundamentalismo democrático» remitimos a nuestro artículo «Historia (natural) de la expresión fundamentalismo democrático», publicado en El Catoblepas, nº 95, enero 2010; el contrafundamentalismo democrático no es sino una limitación del fundamentalismo, en muchos puntos suyos, y acaso su mejor representante clásico sea Aristóteles.)

La confusión entre la teoría política moderna y el fundamentalismo democrático tiene acaso su raíz en el relato de la democracia de Pericles que nos legó Tucídides, y según el cual los atenienses habrían encontrado la mejor forma posible de gobierno, que no pretendían imponer a ninguna otra ciudad, aunque sí proponerla como «modelo a imitar». Sin embargo, la democracia de Pericles distaba mucho de ser una democracia tal como hoy la entendemos. Fue ante todo una «democracia procedimental», al estilo de lo que venimos llamando «democracia del autobús», que decidía por recuento de votos, según la ley de la mayoría. Platón subrayaba, como si fuese una paradoja, el hecho de que en las deliberaciones sobre la administración de la ciudad «se escucha por igual el consejo de todo aquel que toma la palabra, y sea carpintero, herrero o zapatero, comerciante o patrón de barco, rico o pobre, noble o vulgar, y nadie le reprocha».

Ahora bien, la Asamblea ateniense, en la cual las diferencias de clase social parecían no tenerse en cuenta, en el momento del recuento de los votos, no podría interpretarse como una «asamblea de hombres», tal como se redefinió desde la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789. Por decirlo así, la Asamblea ateniense era antes una asamblea de «ciudadanos atenienses» que una asamblea de «hombres atenienses». Una asamblea de ciudadanos que, en cualquier caso, no representaba siquiera a todos los seres humanos que vivían en Atenas, puesto que de ella quedaban excluidos los esclavos, los metecos o las mujeres. Por tanto, la igualdad de los ciudadanos de la democracia de Pericles no derivaba de su condición humana, sino de su solidaridad política (frente a terceros) como atenienses (frente a los esclavos, metecos, &c., en el interior; y frente a las demás repúblicas vecinas y, sobre todo, frente a los bárbaros, en el exterior).

En cualquier caso Platón vio a la asamblea democrática de Atenas no tanto como institución infalible, sino como la responsable de la muerte de Sócrates. Y esta decisión criminal de la mayoría, por sí sola, podría explicar los recelos de Platón contra la democracia (reacción que muchos –como aquellos «nuevos filósofos» franceses del último tercio del siglo XX– consideran como antidemocrática e incluso como prefascista).

Las posiciones de Aristóteles (cuya condición en Atenas era la de un meteco) no fueron antidemocráticas, pero sí claramente contrafundamentalistas. Aristóteles dice, en efecto, que la democracia es una de las seis especies de organización política (según la taxonomía que él estableció), de las cuales tres son rectas (la monarquía, la aristocracia y la república) mientras que otras tres son «torcidas» respecto de su finalidad propia (la tiranía, la oligarquía y la demagogia, que algunas veces llama democracia). Además, Aristóteles insinúa ya que estas especies de organización política no son disyuntivas. Aristóteles anticipa, de este modo, posiciones contrafundamentalistas de los defensores de un «cierto cuarto género de poder», es decir, las posiciones expuestas por Dicearco, por Polibio y sobre todo por Cicerón, las posiciones de quienes afirman que el cuarto género de poder tiene algo de monarquía, algo de oligarquía y algo de democracia.

Dejando de lado las doctrinas de inspiración cristiana (a las cuales se les atribuye un componente democrático en el plano metapolítico, en este caso, teológico, en función del principio paulino, según el cual todo poder viene de Dios que, a su vez, se lo comunica «al pueblo»), lo cierto es que los clásicos de la teoría política moderna han de considerarse como los críticos más radicales del fundamentalismo democrático. Y esto tanto cuando nos referimos a Rousseau como cuando nos referimos a Kant. Tanto Rousseau como Kant mantuvieron inequívocas posiciones contrafundamentalistas, aproximándose a la clasificación de las democracias como forma del despotismo.

Rousseau (El contrato social, III, 4): «Si tomamos el término en su acepción más rigurosa, nunca ha existido una verdadera democracia, y jamás existirá. Es contrario al orden natural que gobierne el mayor número y que sea gobernado el menor. No puede imaginarse que el pueblo permanezca constantemente reunido para ocuparse de los asuntos públicos, y fácilmente se ve que para esto no podría establecer comisiones sin que cambiara la forma de la administración.»

Kant (La paz perpetua, II, 1): «De las tres formas posibles del Estado, es la democracia -en el estricto sentido de la palabra- necesariamente despotismo, porque funda un poder ejecutivo en el que todos deciden sobre uno, y hasta a veces contra uno -si no da su consentimiento-; todos, por lo tanto, deciden, sin ser en realidad todos; lo cual es una contradicción de la voluntad general consigo misma y con la libertad.»

4. El fundamentalismo democrático

Concluimos: el cauce principal a través del cual el concepto taxonómico de democracia se transforma en una idea fuerza, no es otro sino el fundamentalismo democrático, es decir, la concepción de la democracia representativa y parlamentaria como única vía (entre todas las restantes de la taxonomía) para poder alcanzar el progreso, el bienestar y la paz de las sociedades políticas.

Pero tanto las guerras calientes (la de 1914-18 y l de 1939-59) como la guerra fría (la de 1946 a 1990), tuvieron como origen el conflicto entre las autocracias imperialistas o entre las democracias. El fundamentalismo democrático de las democracias homologadas posteriores al derrumbamiento de la Unión Soviética pudo dar lugar a lo que se vino en llamar el «postulado», a veces teorema, de Doyle (1983), según el cual entre las democracias no cabe la guerra, porque la declaración de guerra ya no estará a cargo de un autócrata o de un gobierno oligárquico, sino que correrá a cargo del parlamento, en el que figuran todos los partidos políticos. Y los miembros de cada uno de los partidos no estarán jamás inclinados a movilizarse, ellos o sus hijos, al frente de batalla. Rousseau decía en cambio: «Si hubiera un pueblo de dioses, se gobernaría democráticamente, pero no conviene a los hombres un gobierno tan perfecto.»

Ahora bien, el llamado «teorema de Doyle» se basa en supuestos puramente idealistas, y principalmente en los dos siguientes:

(1) Que el Parlamento democrático, compuesto de 300 o 600 representantes, son individuos que toman sus decisiones «racionalmente» según sus propios intereses éticos, económicos o morales.

(2) Que el Parlamento democrático, como conjunto, representa a la sociedad política emanada de la sociedad civil y que, en consecuencia, actúa desde una plataforma racionalizada como un Estado de derecho, inmune por tanto a las perturbaciones que pudieran traer causa del interior del sistema.

En consecuencia, si por ejemplo sobreviene una crisis económica en un Estado cualquiera del sistema, las democracias de este sistema tendrán capacidad suficiente para restaurar el equilibrio; si una organización terrorista, de cualquier signo que sea, comete un atentado horroroso en el que el núcleo mismo del Estado democrático queda comprometido, será la propia democracia la que podrá sofocar sus efectos.

Cualquier perturbación o déficit que pueda afectar a una democracia sólo tiene un remedio posible: más democracia.

Sin embargo, estos corolarios y otros muchos del «teorema de Doyle», dado no sólo el carácter idealista de este teorema, sino las peticiones de principio que el teorema contiene (por ejemplo, que los diputados del parlamento democrático representantes del pueblo son individuos que tienen la condición de preferirores racionales y que la composición de ellos es de naturaleza armónica) manifiesta la ignorancia más profunda de quienes lo sostienen. Es decir, la ignorancia de los mecanismos reales a través de los cuales se seleccionan los diputados que representan al pueblo, la inconmensurabilidad de los estratos basales (económicos, demográficos) de las democracias parlamentarias, la inestabilidad de las identidades culturales, filosóficas, religiosas de cada estado democrático, la imposibilidad de «políticas racionales» para controlar demográficamente a la población, si no se quieren invertir las pirámides y convertir al pueblo en un conjunto de organismos decrépitos.

Las democracias no pueden siquiera asegurar la paz perpetua a través de los acuerdos mutuos constitutivos del articulado del Derecho internacional. Los acuerdos internacionales no garantizan la paz, es decir, carecen de fuerza de obligar suficiente para cambiar el rumbo de la historia humana. Por sí mismos, sólo pueden expresar buenos deseos.

La Conferencia de La Haya de 1899, convocada por Nicolás II de Rusia, la Conferencia de La Haya de 1907, el proceso de «deslegitimización de la guerra» a partir de los 14 puntos del presidente Wilson (un lector de La paz perpetua de Kant), de 1917, que culminaron en el Tratado de París de 1931, no evitaron el estallido de la Segunda Guerra Mundial. ¿Y quién puede garantizar la Carta de las Naciones Unidas de 1945? ¿Cuántas guerras, enmascaradas como «misiones de paz», han tenido lugar desde 1945 hasta el presente?

Sólo los ignorantes de los mecanismos sociales, gremiales, ideológicos, psicológicos, económicos, &c., pueden mantener la idea de la democracia como idea fuerza salvadora y como fin y destino de la historia humana.

Fuente: El Catoblepas

lundi, 25 août 2014

La mitología de la modernidad

El estado de naturaleza, la doctrina de la soberanía político-jurídica, el contractualismo, el Estado, la Sociedad, y el ciudadano como el hombre perfecto son los grandes mitos que subyacen en el subsuelo de las constituciones modernas, cajas de Pandora del artificialismo imperante en las relaciones humanas.

1.- Luís Díez del Corral observó hace tiempo en La función del mito clásico en la literatura contemporánea, que los mitos clásicos habían perdido su expresividad originaria y Manfred Frak dedicó más tarde algunos libros a “la nueva mitología” de la modernidad. El libro del jurista italiano Danilo Castellano Constitución y constitucionalismo, una espléndida síntesis, breve y muy clara, sobre la naturaleza del constitucionalismo nacido de las revoluciones modernas y sus vicisitudes, sugiere que el constitucionalismo descansa en doctrinas que operan como mitos.

2.- La tendencia más característica del pensamiento moderno interrumpió la mayor de las revoluciones imaginables: la desacralización del mundo que llevaba a cabo el cristianismo. La cultura de la civilización occidental, incluida la resurrección de la mitología, en este caso artificialista -una manera de desacralizar que, al prescindir de su causa, aniquila la vida natural-, tiene la impronta de esa desacralización o desdivinización de la Naturaleza, que suele describirse como secularización, palabra que, si significa algo, es la tendencia a la politización de la vida.

Aparte de hechos como el cambio en la imagen del mundo con los descubrimientos, etc., contribuyeron en el plano intelectual a la nueva mitologización la influencia de la Pólis griega de la mano del humanismo, según la tesis, que se pasa demasiado por alto, del alemán Paul Joachimsen, el suizo Werner Naef o el español Álvaro d’Ors; la del gnosticismo según Voegelin y la reducción del poder a sus connotaciones inmanentistas, de lo que dio Maquiavelo fe notarial. La Reforma protestante les dejó libre el campo al separar la razón (eine Hure, una prostituta según Lutero), de fe, rompiendo la relación entre este mundo y el sobrenatural, del que, como reafirmó el gran teólogo Urs von Balthasar, depende el mundo natural.

Los fundadores de la ciencia moderna estaban convencidos de que Dios había ordenado racionalmente la Creación, siendo posible por tanto conocer mediante la razón las leyes que la gobiernan. Sin embargo fue fundamental el auge de la ciencia, a pesar de haber hecho posible la desacralización de la Naturaleza, que ahuyentó las creencias ancestrales en signos, fuerzas, seres misteriosos y supersticiones, para reactivar las explicaciones mitológicas: las ideas tienen consecuencias y una de las más peligrosas puede ser su divulgación, como gustaba sugerir Leo Strauss y la ciencia se divulgó como un medio de emancipación del mundo natural de su dependencia del sobrenatural. Algo parecido ha ocurrido con la teoría de la relatividad de Einstein. Al popularizarse la idea, ha contribuido poderosamente a difundir la creencia en que no hay verdades objetivas, impulsando el relativismo moral tan de moda.

3.- La conocida tesis de René Girard de que existe una lucha permanente entre el polémico logos griego de Heráclito y el logos del evangelio de San Juan, resume muy bien el proceso desencadenado en el mundo moderno, en el que se habría impuesto el logos naturalista, de naturaleza mítica. La teología, como fuente de la verdad del orden universal, era considerada el saber supremo en la jerarquía de los saberes. Pero la metafísica empezó a separarse de ella y ante el fracaso de la teodicea (”justificación de Dios”) de la metafísica racionalista, incapaz de demostrar la existencia de Dios, se empezó a poner la fe en la ciencia natural. Separado este mundo del sobrenatural por la Reforma,la ciencia da por lo menos certezas y seguridad acerca de las cosas terrenas.

Esa tendencia del pensamiento moderno impulsada por la metafísica armada con la ciencia, devino una creencia colectiva en la época romántica caracterizada por la revalorización, a la verdad un tanto inconsciente, de la mitología en la que se inserta el constitucionalismo.

4.- Decía Cassirer al comienzo de su libro El mito del Estado: «la preponderancia del pensamiento mítico sobre el racional en algunos de nuestros sistemas políticos modernos es manifiesta». Cassirer se quedó corto al decir “algunos”, seguramente porque el libro vio la luz en 1946. Él mismo afirma casi a continuación que «en la vida práctica y social del hombre, la derrota del pensamiento racional parece ser completa e irrevocable. En este dominio, el hombre moderno parece que tuviera que olvidar todo lo que aprendió en el desarrollo de su vida intelectual. Se le induce a que regrese a las primeras fases rudimentarias de la cultura humana. En este punto, remachaba Cassirer, el pensamiento racional y el científico confiesan abiertamente su fracaso; se rinden a su más peligroso enemigo».

El progreso del pensamiento mítico a partir de esa fecha, evidencia la claudicación del pensamiento racional y el científico. Es más, este último, en su degeneración ideológica, el cientificismo, produce continuamente infinidad de nuevos mitos. Recientemente, los mitos de las “ideologías de la estupidez” (A. Glucksmann), entre ellas las bioideologías, intelectualmente endebles pero muy poderosas dada la debilitación del pensamiento por el auge de esa estupidez que había detectado ya Robert Musil; por la destrucción del sentido común denunciada por Alfred N. Whitehead; por “el oscurecimiento de la inteligencia” advertido por Michele Federico Sciacca; por la “derrota del pensamiento” constatada por Alain Finkielkraut;… En fin, por la infantilización diagnosticada por Tocqueville como una pandemia a la que es propensa la democracia y fomentan las oligarquías para afirmar su poder.

Los mitos que alberga el modo de pensamiento ideológico, dominan hoy el panorama de las ideas, entre ellas las políticas, jurídicas y sociales. Según el sociólogo Peter Berger, nuestra época es una de las más crédulas que han existido. Sin duda por la apariencia de cientificidad de que se revisten ideas de las que se aprovechan minorías para hacer su negocio.

5.- El profesor Castellano busca el lazo común entre los tres constitucionalismos que distingue: dos europeos, el constitucionalismo “continental” a la francesa y el “insular” inglés, y el extraeuropeo “estadounidense”. No obstante, existe una diferencia entre los anglosajones y el francés: y este último pretende desde su origen ser algo así como la cuadratura del círculo de la mitología política moderna, cosa que no pretenden los otros, más enraizados en la realidad meta-antropológica (von Balthasar), que en la visión meta-física moderna.

Los sistemas políticos que imitan el constitucionalismo a la francesa son prácticamente míticos. De ahí su naturaleza intrínsecamente revolucionaria, pues la Gran Revolución aspiraba a recomenzar la historia partiendo del Año Cero (1789), en contraste con los otros dos, que, menos metafísicos y antiteológicos, eran conservadores, como sentenció Macauley, en tanto no partían del Derecho -la Legislación- como un instrumento revolucionario, sino de la libertad como un presupuesto meta-antropológico cuya protección es, justamente, la razón de ser del Derecho.

En efecto, el verdadero sujeto del constitucionalismo continental no es el hombre libre sino, igual que en la Pólis, el ciudadano, una creación legal en tanto miembro de una comunidad artificial, la estatal.

6.- ¿Cuál es el fundamento intelectual del constitucionalismo? La lógica de la vida colectiva y del orden social es el Derecho de manera parecida a como lo es la Matemática en el orden de la naturaleza. Pero mientras aquella es práctica, empírica, puesto que pertenece al mundo de la libertad, la de la Matemática es teórica, deductiva, puesto que su mundo es el de la necesidad. El Derecho es por tanto el fundamento de los órdenes humanos concretos, en contraste con lo que llama Castellano «la tesis de la geometría legal», según la cual, «el derecho no es el elemento ordenador de la comunidad política (y, por tanto, bajo un cierto prisma preexistente a ella), sino que nacería con el Estado, que -a su vez- se generaría por el contrato social». Esta es la clave del constitucionalismo continental, que instrumentaliza el Derecho poniéndolo al servicio de la política estatal, una política distinta de la sometida al Derecho. De ahí el auge de la politización a través de la Legislación.

7.- El jusnaturalismo racionalista, que fundamenta el constitucionalismo, continuaba formalmente la tradición medieval de la omnipotentia iuris. Pero mientras el antiguo Derecho Natural se asienta como indica su nombre en la naturaleza de las cosas y en la costumbre, el nuevo descansa en la concepción puramente meta-física que excluye la teología (Grocio, Alberigo Gentile, Hobbes…). La anterior omnipotentia iuris, que pervive como un residuo, descansaba en la tradición del Derecho Natural para la que el orden cósmico es congruente con la naturaleza humana. La moderna se rige por el ingenuo jusnaturalismo racionalista, causa del artificialismo político, social, jurídico y moral, pues no se atiene a lo natural, tal como lo muestran las costumbres y la experiencia, sino a la recta ratio. Ésta construye el orden social como un producto abstracto al que ha de adaptarse la naturaleza humana.

8.- ¿Por qué es ingenuo este derecho natural?
En primer lugar, porque al ser puramente racional, “teórico”, su contenido queda a merced de la voluntad, con lo que su racionalidad depende de la coincidencia o no con la realidad empírica, con las costumbres, los usos y las tradiciones de la conducta. En segundo lugar, porque descansa en el mito del contractualismo político, liberador de otro mito, el del estado de naturaleza. Éste es un mito bíblico, pero en el sentido del mito como una forma de expresar la realidad. Idea que, vulgarizada, impulsó el romanticismo. «Para los verdaderos románticos, dice Cassirer, no podía existir una diferencia señalada entre la realidad y el mito; cabía ahí tan poco como entre poesía y verdad».

9.- Hobbes convirtió el estado de naturaleza caída del que hablaban los Padres de la Iglesia en el mito fundacional que justifica otro gran mito: el del contrato político, que, a pesar de la critica de Hume, dio origen a una interminable serie de mitos como el del poder constituyente, al que dedica Castellano un capítulo. Hume no pudo tampoco impedir que su neurótico amigo, el calvinista Rousseau, radicalizase el contractualismo. Hobbes se había contentado con distinguir lo Político y lo Social como el Estado y la Sociedad que, en cierto modo, se limitaban entre sí, puesto que la moral seguía dependiendo de la Iglesia. Rousseau los unificó en un sólo contrato, el contrato social, para acabar con la Iglesia y restaurar el estado de naturaleza, que en su opinión no era cainita como suponía Hobbes, sino todo lo contrario. La supresión o superación del dualismo hobbesiano, será una obsesión desde el romanticismo .

10.- Una consecuencia de la Gran Revolución es la consideración de la revolución como fuente de legitimidad, pues su idea central consistía en garantizar los Derechos del hombre y del ciudadano frente al despotismo monárquico. Mientras los otros dos constitucionalismos se contentaban con garantizar las libertades naturales mediante el Derecho, el francés trasladó el derecho divino de los reyes en el que se apoyaba la no menos mítica soberanía estatal alciudadano. El ciudadano es el mito clave del constitucionalismo, cuya causa final consiste en la potenciación de la ciudadanía aunque vaya en detrimento de la libertad, pues el ciudadano no es el hombre libre por naturaleza sino una construcción legal, que reserva la ciudadanía para unos pocos, la burguesía revolucionaria triunfante, el tercer estado de Sieyés, una clase económica.

11.- El socialismo se enfrentó a esta situación fáctica, manifiestamente injusta, reivindicando no la igualdad formal, legal inherente a la libertad política, sino la igualación material de todos para establecer la ciudadanía universal. No se opone, pues, al espíritu burgués sino que quiere extenderlo a todas las clases: la verdadera democracia consiste en que participen todos como ciudadanos de las comodidades, placeres y bienestar de la burguesía. Algo así como una clase media universal de espíritu bourgeois. En su versión pacifista, el “socialismo evolutivo” (Bernstein), que prefiere la revolución legal a la revolución violenta, pacta con el odiado capitalismo, igual que había pactado antes la monarquía con la burguesía para afirmar su poder. La socialdemocracia es un capitalismo estatista que identifica el progreso y la democracia con el aburguesamiento universal .

12.- El ciudadano de la Pólis griega combinado por Rousseau con el creyente calvinista de su Ginebra natal -el propio Rousseau- aderezado con la visión de la vida campesina, es la figura central del constitucionalismo. El mito del ciudadano unirá luego los tres constitucionalismos bajo la rúbrica, anota Danilo Castellano, del pluralismo de la ideología de los derechos humanos, más que mítica supersticiosa, si creer en los derechos humanos es, al decir de MacIntyre, como la creencia en las brujas y los unicornios. Las ideologías, llevadas por su lógica y por la demagogia, al instalar como su principio el derecho a la autodeterminación individual, han llegado así al punto en que, sin quererlo, disuelven los órdenes políticos fundados en el constitucionalismo, abstractos por su concepción pero concretos gracias a la presión del poder político.

Ha surgido así un nuevo estado de naturaleza de guerra de todos contra todos fundado en el artificialismo, en el que minorías organizadas en lobbies reivindican como conquistas democráticas las cosas más absurdas. Entre ellas, están alcanzando una gran intensidad política las relacionadas con la “cuestión antropológica”, la última producción de la ideología de la emancipación. Este artificioso estado de naturaleza necesita sin duda de un nuevo constitucionalismo que contenga la destrucción del Estado, de la Sociedad, y, en último análisis, de la cultura y la civilización.

Fuente: Disenso

Schmitt, Sovereignty, & the Deep State

4489568_orig.gifSchmitt, Sovereignty, & the Deep State

By Greg Johnson

Ex: http://www.counter-currents.com

In Political Theology [2], his short book on the concept of sovereignty, Carl Schmitt states that: “Sovereign is he who decides on the exception.”[1] Sovereignty means supreme political authority, as opposed to political subjection. Within a society, the sovereign is the ruler, as opposed to the ruled. A sovereign nation rules itself, as opposed to being ruled by others.

For Schmitt, law and bureaucracy can deal with normal day-to-day life. But, as Aristotle pointed out, generalizations about human affairs pertain only “for the most part.” In addition to normal circumstances, there are exceptional circumstances, in which functionaries cannot simply apply the existing laws.

Thus supreme power cannot lie in laws which are administered by bureaucracies. Supreme power reposes in the person who decides what to do in exceptional cases, when the codifications of past experience are not enough to guide us.

Schmitt’s concept of sovereignty is beguilingly simple, but when one thinks it through, the implications for the liberal project are devastating.

One of the leading slogans of liberalism is “government by laws, not men,” meaning that sovereignty ultimately rests with laws rather than individual men. The desirability of government by laws can be appreciated by imagining a utopia in which there are no laws, just a wise and benevolent judge who looks at the unique circumstances of every dispute and intuits the just decision.

There are two basic problems with this utopia.

First, there is no guarantee that the judge will always be wise and benevolent, and if he fails to deliver justice, then we would need a way to remedy the situation. That remedy cannot consist simply of another man who is empowered to fix the problem, because what if he becomes corrupt or capricious? Obviously, we cannot leave decisions in the hands of men. There have to be principles for evaluating decisions and rules for reviewing and correcting them, which means: reposing sovereignty in general principles or laws.

Second, if every dispute is treated as a unique situation with a unique just outcome, this makes life rather unpredictable. But unpredictability undermines social cooperation, order, and progress. Large business endeavors, for example, involve tremendous financial risks. But people will hesitate to undertake such risks if there is not a legal structure in place that allows them to predict the likely outcomes of certain conflicts. Therefore, we need a code of general laws. And since a lot of conflicts are pretty much the same, there’s no harm in having general rules to adjudicate them.

The liberal dream is to insure that everyone is treated justly by submitting all human decisions to rules. These rules can be applied according to other rules. Individual decision-makers can not only follow rules, they can be chosen according to still other rules, and their positions can based on objective qualifications, i.e., educational attainments and professional certifications. The aim is a society in which justice is produced by a well-oiled, rule-governed machine free of human bias, arbitrariness, and corruption.

In order to insure that the machine performs, it must have built-in self-monitoring and self-correcting mechanisms. It need not depend upon the moral or intellectual virtues of its functionaries if it can watch all their actions, double-check all their decisions, and reward or punish them accordingly. Just as the Catholic sacraments can be dispensed by a corrupt priest, justice can be produced by bored, cynical, and indifferent bureaucrats as long as the machine functions according to its rules.

In sum:

  1. Liberalism wishes to repose sovereignty in law, not men, the ultimate law being the constitution, which is the blueprint of a vast justice-and-fairness dispensing machine.
  2. Liberalism believes that human decision is a corrupting force in government, thus decisions must be eliminated where possible and subjected to rules where unavoidable. The ideal government is a machine, like the Newtonian mechanical model of the universe which requires no recourse to divine intervention. Decisions in government is like miracles in nature: “arbitrary” ghosts to be exorcised from the machine.
  3. Liberalism believes that sovereignty can be divided, i.e., that the machinery of government can diagnose and correct itself. This includes such notions as judicial review and bureaucratic auditing, but at the highest constitutional level, it is the idea of of the separation of powers, which “check” and “balance” each other.
  4. Liberalism believes that if government is sufficiently rule-governed and self-correcting, it need not depend on extraordinary human moral virtue. Honest, wise, and disinterested men are rare, but all people wish to enjoy pleasure and avoid pain. Thus the most stable foundation of political order is greed and fear. Optimally dispensing such awards and punishments requires extensive surveillance and auditing, so nobody gets away with anything.

Just as hell is an instrument of divine love, the modern bureaucratic surveillance state is an instrument of liberal fairness.

The weakness of the liberal model is that human decisions can only be regulated by general rules when dealing with normal circumstances, i.e., with circumstances anticipated by legislators and that thus fall under their rules. But what about exceptional circumstances that do not fall under rules, circumstances that were not foreseen and provided for in advance? These call for decisions. Now, in the case of a judge or a bureaucrat, these decisions can be subjected to higher order review, which can itself be governed by rules.

But what happens when we get to the very top of the legal hierarchy, the constitution itself? What happens when a constitutional order encounters a situation that was not anticipated by the founders and cannot be subsumed under their laws? Then the preservation of the constitutional order depends upon human decision, rather than decision depending upon the constitutional order. Decisions can be guided by the constitution only in circumstances foreseen by the founders. In exceptional circumstances, decisions must be guided by something higher.

Sovereignty thus lies in the hands of men who decide in exceptional circumstances. Specifically, they decide when exceptional circumstances are at hand, and they decide what to do about them. At that point, the only thing that the legal system can do is specify who is empowered to make such decisions.

If sovereignty ultimately reposes in men, not laws, this is true even in liberal systems which officially deny it. Liberal societies are simply ruled by secret sovereigns, men who exercise decision as they hide behind the laws. In liberal society, there are two kinds of secret sovereigns.

First, there are the founders, the framers of the constitutional order who decided what the fundamental laws will be. Laws are ultimately created by decisions. Thus those who believe that decisions must always be governed by laws are simply abandoning their own freedom and responsibility and choosing to be ruled by the free decisions of those who came before them. Just as the deist model of the universe depends upon divine wisdom to frame its laws and set the machine in motion, liberals depend on the human wisdom of the Founders who created the constitution.

Second, since the founders of a liberal system could not anticipate every exceptional circumstance, sovereignty must be exercised in the present day as well. Some liberal societies actually make constitutional provisions granting unlimited dictatorial power to an individual in emergency situations, for instance, article 48 of the Weimar constitution, which Adolf Hitler invoked to take dictatorial power. But if a society makes no legal provisions for sovereign decisions in emergency situations, such decisions must still be made. Thus they will be made outside the framework of the official state. Such decisions may be made by important political figures, but not in their official capacities, which do not permit such decisions.

This, of course, is what is meant by the idea of a “deep state [3],” which, interestingly enough, is a Turkish contribution to contemporary political discourse. The Turkish idea of the deep state (derin devlet) refers to a network concentrated in the military and security services but spread throughout the bureaucracy and judiciary and intersecting with organized crime. The deep state works to maintain Turkey as a secular, nationalist society, primarily working against Islamists, Left-wing radicals, and Kurdish separatists. (The Turkish deep state seems to intersect with the crypto-Jewish Dönmeh [4] community.)

A similar deep state heaved into the light in Egypt, when the Supreme Council of Armed Forces, [5] in response the the Egyptian Revolution of 2011, removed President Hosni Mubarak from power. The SCAF then called elections, ceded power to the winner, Mohamed Morsi, and dissolved itself in June of 2012. In July of 2013, when Morsi proved unable to govern, he was removed in a military coup led by SCAF member Abdel Fattah el-Sisi, who is now the President of Egypt. After the coup, SCAF was officially reactivated, although it members were surely in close and constant contact with each other during its official hiatus, particularly in the run up to the coup.

The concept of a deep state overlaps with such notions as an establishment, a permanent bureaucracy, secret agencies, smoke-filled rooms, lobbies, political “inner parties,” NGOs and Quangos, and even secret societies [6], all of which shape political policy and negotiate between interest groups, which is just politics as usual. But in Schmittian terms, this has nothing to do with sovereignty, which is comes to light when politics as usual breaks down. And in the cases of Turkey and Egypt, when the political system had been paralyzed by crisis, the deep state centered in the military has intervened to preserve a secular, nationalist political order.

Since White Nationalists aim at creating the next political system in North America and in white nations around the globe, and since we are counting on the present system to collapse under the weight of external shocks and internal corruption, it behooves us to understand where sovereignty resides in the present system. If, for example, the American system entered a constitutional crisis, who would exercise sovereign power to preserve the system? Where does the American deep state lie? Or, better: where would it emerge? What is the system’s last line of defense? Who will kill and die to preserve it?

Organized Jewry is the most powerful force in America today. In terms of politics as usual, Jews get their way in all matters that concern them. But although organized Jewry surely would intersect with an American sovereign deep state, if America faced a severe constitutional crisis, I do not think that Jews would step in to exercise the sovereign decision-making functions necessary to preserve the system. They would surely try to stave off a crisis for as long as possible, to preserve their wealth and power. But ultimately, I do not think they would risk their own blood and treasure to preserve the American system, for the simple reason that the Jews today show no sign of caring about America’s long-term viability. It’s not their country, and they act like it. They are just using it, and using it up. They are not stewarding it for future generations. In a real crisis, I think their deepest instinct would be simply to decamp to friendlier climes.

Would the American deep state emerge in the military? The military is currently the branch of government that Americans hold in highest esteem. But a fatal crisis might include catastrophic military failure. It might also involve the American military massacring civilians. In which case, the military would enjoy very low esteem, and all Bonapartism would be off.

Liberal societies may be especially brittle when faced with systemic crises because liberalism corrodes virtue and excellence. Modern political thought promised stability by founding political order on widespread vices — greed and cowardice – rather than rare virtues like moderation, courage, wisdom, justice, and honor. But when the liberal machine breaks down — when it can no longer master crises — when it can no longer dispense rewards and punishments — when it it depends for its salvation on the decisions of a sovereign, then liberalism’s very existence will require the virtues that it neglects if not outright disdains.

If you want to see real terror in an American’s eyes, simply propose a new constitutional convention. Most Americans would never trust their contemporaries with framing a new system because they believe, correctly, they they are not just silly and ignorant but also downright vicious.

Wherever sovereignty would ultimately repose in a systemic crisis — wherever a deep state would emerge — what separates a true White Nationalist from a mere race-conscious reactionary is recognizing the system’s ultimate guardians as our worst enemies [7].

Note

1. Carl Schmitt, Political Theology: Four Chapters on the Concept of Sovereignty [2], trans. George Schwab (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1988), p. 5.

 


Article printed from Counter-Currents Publishing: http://www.counter-currents.com

URL to article: http://www.counter-currents.com/2014/08/schmitt-sovereignty-and-the-deep-state/

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[1] Image: http://www.counter-currents.com/wp-content/uploads/2014/08/schmitt.jpg

[2] Political Theology: http://www.amazon.com/gp/product/0226738892/ref=as_li_tl?ie=UTF8&camp=1789&creative=390957&creativeASIN=0226738892&linkCode=as2&tag=countecurrenp-20

[3] deep state: http://en.wikipedia.org/wiki/Deep_state

[4] Dönmeh: http://www.strategic-culture.org/news/2011/10/25/the-doenmeh-the-middle-easts-most-whispered-secret-part-i.html

[5] Supreme Council of Armed Forces,: http://en.wikipedia.org/wiki/SCAF

[6] secret societies: http://www.counter-currents.com/tag/metapolitics-and-occult-warfare/

[7] our worst enemies: http://www.counter-currents.com/2011/11/he-told-us-so-patrick-buchanans-suicide-of-a-superpower/

dimanche, 24 août 2014

Communism, Nihilism, Neoism, & Decadence

Stewart Home: Communism, Nihilism, Neoism, & Decadence

By Jonathan Bowden

Ex: http://www.counter-currents.com

Editor’s Note:

[1]The following text is a transcript by V.S. of one of Jonathan Bowden’s most entertaining lectures, which was delivered to the 25th New Right meeting in London on February 13, 2010. Although Stewart Home is the principal subject, Bowden romps through a wide field of politically correct theories, ultra-Left sects, and decadent forms of modern art.

In editing this transcription, I introduced punctuation and paragraph breaks. I also deleted a couple of false starts and added the first names of some figures.You can listen to the lecture at YouTube here [2]. Several bits were unintelligible and are marked as such. If you can understand these words, please post a comment below.

BowdenDemon.jpgI’d like to talk about Stewart Home: communism, nihilism, neoism, and decadence. I’ve given three talks on the extreme Left. One is called “Marxism and the Frankfurt School and the New Left [3].” Another was called “The Totalitarian Politics of Nineteen Eighty-Four [4].” And another one was about the concept of brain-washing and the use by the North Koreans and the Chinese of behaviorist techniques, particularly on prisoners in the Korean War—a totally forgotten struggle now—and a novel by an Italian-American called Francis Pollini [5] that was based on those events.

Stewart Home is an incredibly obscure figure who is on the margins of the cultural avant-garde, so I’m going to come to him towards the latter stages of the talk when I’ve dealt with some of the building blocks to begin with.

Most conservatives, with a small “c,” look around Western European countries like Britain today and wonder why they’re living in a mildly, but evidently Left-wing society. They wonder why they’re supposed to have won, but have actually lost. As they look around them, everything’s changed from what it was 40 to 50 years ago—every normative social value and experience—and they wonder why that has occurred.

There are many reasons for why it’s occurred, but one is the complete containment and taking over of the cultural space by what we’ll call cultural Marxism or Marxian ideas or soft Left ideas or post-communist ideas and their march through the institutions after the 1960s. But it didn’t just happen then. It had been prepared much earlier in the 20th century.

Marxism is a doctrine—before Lenin added the conspiratorial element of a vanguard party that seizes power with its paramilitary wing in a declining state—that originates from the middle of the 19th century and has a refutation of idealistic and utopian socialisms, some religious, some secular that preceded it. Marx believed that he had a science of history, that the thing was prior and determined, that history could be read like a runic pattern or the pattern of a Persian carpet, and he was the master of the dialectic that would determine humanity’s future. We now know that the nightmarish regimes that were created across the planet in the 20th century on the basis of some or all of his ideas failed, and most of them have been destroyed. But their legacy is still here.

Clare Short’s got a bit of the witness at the moment in the liberal press because of her appearance at the Chilcot Inquiry. She said something very interesting when the Soviet Union collapsed. She said, “Communism is over, but Marxism is not.” That’s a very prescient remark, because what’s happened in the Western world is that the idea that everything is economically predetermined in Marxian theory, that everything has a social dynamic which is structured and physical at the basis of economic life and it is materialistic, has been changed.

It was changed at the beginning of the 20th century by an Italian communist theorist in prison called Antonio Gramsci. He had the idea that the superstructure and the base—that which was beneath and economic and material, that which was above and philosophical and cultural—can be disjoined. They can be separated and teased apart. That’s actually a heresy in classical Marxism. But it enabled an enormous vista of struggle to be opened up right across academic, artistic, intellectual, and media-related life right across the West.

Part of the Left disengaged from the politics of vanguardism and engaged in what is now largely called cultural struggle. One of the great weaknesses of all forms of conservatism—whether Gaullism in France or Republicanism in the United States or Christian Democracy in Germany and Italy and elsewhere—is their refusal to fight cultural struggle, their refusal to believe that their enemies were in deadly earnest.

In the 1960s, persons who were regarded as “reactionary,” particularly in the academy, used to laugh at a lot of what was occurring. It was almost a joke. I’m sure most people are aware of that satire called Porterhouse Blue by Tom Sharpe which is based upon Peterhouse College, Cambridge of all these reactionary and ultra dons, people like Maurice Cowling, people like Roger Scruton who were associated with that college. They are metaphysical or deep blue conservatives, illiberal conservatives, people who were right on the edge of the conservative range of opinion before the far Right begins, as far as you can go within the mainstream, basically.

Those individuals—and I knew Cowling once (he’s dead now)—didn’t give in. But in a way they didn’t understand that in order to fight back against the tidal wave of Leftist ideas throughout the ‘’20s, ’30s, ’40s, ’50s, and thereafter you had to go further out ideologically, even if you weren’t prepared to make organizational commitments, even if it turned to fellow-traveling. You had to use Far Right ideas, even if you didn’t call them that, to fight against the Left in its militancy. Basically, conservative academics from Michael Oakeshott onwards refused to do so, absolutely refused to do so, and in doing so they basically put the noose around their own neck in relation to the forces that were coming.

Because their enemies were in deadly earnest. They wanted to transform the mindset of Western societies, and the way that they configured to do that wasn’t through vanguard parties, although they supported them, wasn’t through doctrines of social revolution, although they may have residually supported that. It was by changing the grammar that people used to think with at the advanced level.

Bowden-West-Cover-medium-e1397245147546.jpgStrangely for militant egalitarians, they used an extreme form of cultural elitism. You take the universities; you take the dons and the academics in the universities; you take the people who mark the PhDs that provide the methodology of attainment through which you get a don at the university. You then replicate that through all male and female students at the first, second, and third levels of tertiary education, never mind the people coming up from the secondary level.

As egalitarian education has been spread, we’re going to have a society where 30-50% go to university; there’s the University of Slough, which used to be the Poly in the Thames valley. You can do degrees in hair-dressing. You can do degrees in golf studies. You can do degrees in anything! You know, you send this away to a P. O. box number in Edinburgh, and in a couple of weeks it’s packaged, and you get a PhD in nuclear physics, then straight back in the post! This is the way it’s going!

There are a few upper-class people now who refuse to go to university. Princess Diana refused to go, partly because she wasn’t too bright, but also because it doesn’t have any social cache anymore, because if everyone goes it’s got no kudos. This is the idea! If everything is degraded, do you want to eat the bread that’s been in every other mouth?  This is the thing about egalitarian ideas.

The plan of Leftist subversion, which is a wave of academics in all sorts of areas, not necessarily networked, not necessarily doing it in relation to each other, but doing it in relation to the logic of their studies. They do it in discourse after discourse.

They do it in economic theory, which before John Maynard Keynes was classical liberal methodology, Alfred Marshall being the last of that particular school, revived by F. A. Hayek and Milton Friedman in the middle of the 20th century as a dissident current that would then come back. Keynes comes first, and Marxist economists like Professor Joan Robinson at Cambridge come later.

Then you go to anthropology. The first great textbook of anthropology is Arthur de Gobineau’s book, The Essay on the Inequality of the Human Races. This begins anthropology as a subject. This is a “racist” text. Anthropology is the science, or semi-science, that always has to deny its first text, because its first text is now so offensive in relation to all of the discourses that have come after. From the early part of the 20th century, you get the growing up of various discourses which are called social or socialized anthropology: the idea that race has nothing to do with anthropology, when race is the periodic table of anthropology and is the taxonomy of the human within that particular academic discipline. You reach a situation where by the 1970s if a don at, say, the University of Sussex, an ultra-Left institution on the south coast, said that there were cardinal racial differences in intelligence between people, there would have been an absolute riot on that campus, an absolute riot which would have had to have been controlled by the police and the authorities.

One thing the Left realized throughout the 20th century is that people who are very mental and people who are very abstracted in terms of their intellect can be physically intimidated very easily. The mind and the body are so split in Western life that all you have to do is have a small mob wave their fists at a couple of dons, and they’re prostrated, and they can’t do anything, and they’re in fear of their lives, and they will write in a different way afterwards. Trotsky said in a pamphlet called The Necessity of Red Terror, which was published in 1917, that you shoot a thousand to intimidate a million. But all you need to do at many universities is lob a brick through on Fresher’s day, and people are frightened to discuss and to write about and to theorize about whole sets of ideas.

Everyone knows that there is a spectrum since the French Revolution of far Left, moderate Left, center, moderate Right, radical Right views. Since about 1968, the radical Right chunk—which is to the Right of Oakeshott, Scruton, and Cowling—has been broken off and cannot be talked about other than as critique. You can talk about how you detest these ideas. You can talk about how evil and wrong they are. You can talk about how mistaken they are. But they can’t be adumbrated in and of themselves.

This is complicated because there are certain academies, such as the French one, where that’s not always true, and this is because in France there was a very powerful intellectual fascist tradition—essentially, that’s what it was—which goes right through to today and even to the New Right. There’s a degree to which in the Sorbonne in the ’70s you could see a poster saying, “Drieu La Rochelle: lecture this afternoon.” He committed suicide of course after the war because he was a collaborationist intellectual with Otto Abetz and other people in the German cultural ministry in Paris in occupied France at that time.

So, it’s not uniform. These things are process led and dynamic. It doesn’t just happen in economics and anthropology. It happens in psychology. It happens in sexology. It happens in English literature. It happens in the creation of new discourses such as cultural studies, which is the dissemination of ideas about mass culture. And it happens in critical theory.

Critical theory is a viewpoint that’s grown up across the arts and across the humanities and even into areas of law like criminology, which can also be considered to be one of these “ologies,” one of these subjects, and other areas of history of art, aesthetics, in philosophy courses, philosophy itself and so on.

The Anglo-American world, of course, had an empirical view of philosophy largely since Hobbes, but certainly since Russell in the 20th century, and a hostility to European philosophy which meant that there was less Marxist influence here. But the trouble with Bertrand Russell’s type of philosophizing is that it doesn’t believe that any of the big questions can be answered, and therefore philosophy itself becomes slightly pointless, and a cul-de-sac where you discuss the language you use to arrive at a concept to which there are multiple interpretations and of which you are forever unsure. In and of itself, that’s the preparation—this radical, tepid uncertainty—which leads from conservatism to liberalism and from liberalism to something that’s a bit more certain and lies to the Left of it.

Everything in Western societies has moved to the Left throughout the 20th century. I am not a Christian, but you could argue that after Vatican II many Catholics became Protestants; many Protestants became liberals; many secularist liberals who are ex-Protestant moved further to the Left and adopted views that they would have regarded as semi-extreme in the past as long as they were not connected to physical force, militant working class politics, vanguardism, and the absolute politics of communism.

You have many Left-wing liberals now who have views which are to the Left of hardcore communists in the ’20s and ’30s, and they don’t realize that and they’re horrified by the atrocities of Stalin and Mao and Pol Pot and all the others. But what they don’t realize is that they have imbibed a doctrine of totalitarian niceness and squeaky clean correctness about these concepts, which existed in the way that their minds were attuned to before they became conversant with it.

This march through the institutions has also been a march through the media, because when you have an intellectual clerisy it tends to control the conceptual ideas in the society and the way that society talks to itself in modernity is through the media, and also propaganda and ideas about how you talk to the media. Most polytechnics, or post-polytechnics now—because polytechnics were once vocational institutions, of course dominated by people who tended to support the Labour Party—have now been upgraded to new universities or universities have been downgraded to new universities which are polytechnics, because if all have a degree what does it mean?

PulpFacism-Bowden.jpgIn America, you can go to a university and, outside the Ivy League, you don’t necessarily have to have the qualifications to get in. So, you have a remedial course. There’s a considerable number of people from certain types of racial minorities in those remedial courses—taught to do English, taught to do math, and then they do sports science or sports psychology. They won’t be doing physics. They won’t be doing mathematics. They won’t be doing metaphysics. They won’t be doing Shakespeare.

There are certain colleges now that have votes about whether Shakespeare should be on the English course. But that’s a mistake, you see, because democracy is always a mistake! When hardline Marxists allow the students to vote, the students, even though they’re liberal, often come up with more conservative results than what the professors want! That’s the logic of vanguardism: you don’t allow them to decide. You say Shakespeare is a reactionary Elizabethan bigot with undue essentialist notions that you shouldn’t permit!

The notion of essentialism has come in in the last 30 to 40 years in relation to great fads in intellectual life. It has to be understood that for the last 100 years or so all mainstream, hardcore, Western intellectual developments have been atheistic. They’ve taken atheism as read, not as something to be debated. The first great ideology after the war was existentialism, which contained many elements including a dissentient far Right strand as well.

Existentialism was replaced by a new creed, fad, wave of history, whatever you want to call it, called structuralism, which relates to ideas at the beginning of the 20th century called formalism. Then people got bored with structuralism. Structuralism was around at the time of the student revolts in the late 1960s. Not totally a Left-wing idea, but in a way bent towards the Left by certain ideas. If the revolutionary Left on campus couldn’t take an idea as read they would turn it around. Hegel was not a Left-wing thinker, but Left-wing Hegelianism emerged. Marx was part of a group of Left Hegelians with Engels. They used to meet in a beer cellar prior to the German revolution in 1848 to discuss Left theory. Similarly, Left structuralism begins to emerge, particularly with Claude Lévi-Strauss in anthropology and with Ferdinand de Saussure in linguistics.[1] These ideas relate to certain currents in modernist art in particular in the late 19th and early 20th century. If we approach this subject area we get a bit closer to Home, who nominally is the hook that I’m hanging this particular talk on.

You can’t do English at a contemporary British university—certainly outside Oxbridge, where there’s just a received canon—and not come across critical theory. Critical theory is based upon a notion called deconstruction, and most people who are intellectually minded have heard the word deconstruction somewhere floating around, floating in the back pages of The Observer color supplement, that sort of thing. They’ve heard the word.

Deconstruction is another word for post-structuralism, which is the ideology or the new fad that replaced structuralism in the ’60s and ’70s. It’s most closely associated with a thinker called Jacques Derrida, who wrote a number of books basically saying that history doesn’t exist, that biology doesn’t exist, that the writer of a text does not exist. There is only the text. There is only the grammar of the text. A painting can be a text. A poster can be a text. A film can be a text. Only the text. Nothing but the text.

It’s the view that essentialism leads to the gates of Auschwitz, which is repeated again and again as a mantra within these particular courses. They believe that any prior identity—say the statement “men and women are different,” the John and Joan book, you know, a child says, “Men and women are different”—wrong on every account! Prior essentialist agenda, revolutionary, sub-genocidal reactionary ideologies in relation to the specification of male and female. Don’t you know men and women are interchangeable? Don’t you know that they are the same? If somebody says, “But don’t they have different brains?” “Lies put about by eugenicists linked to reactionary and essentialist ideas!” Again re-routed to the ovens. “Listen to your theory!”

Of course, in these areas, to think differently from the nature of this theory is impossible, because you will not finish the course. You will not even get a 2.1, which is the sort of median level for your average student, in that course if you don’t go along with this.

Some of this thinking relates to Western ideas that go very far back, because in medieval scholasticism there’s a doctrine of hermeneutics whereby you analyze the text of the text of the text. You look inside it to see the hint of the divine which is there. And some of these ideas actually do come out of that particular trajectory. So, in some ways it’s a very ancient thing that’s been repositioned and been reused for hostile purposes. Only the core theorists in this area, Deleuze, Guattari, Derrida, and others, would actually know that is the case.

When the Enlightenment and modern scientific rationalism began and they argued that the schoolmen were concerned about the number of angels that danced on the top of a pin and philosophy was about natural process and law of nature as the Greeks believed 2,000 years before, 1,500 years before their postulations of course, there was a degree to which they’d thought they had got rid of that type of thinking. But interestingly, that type of thinking, which in some ways is very “reactionary,” has come back through these New Left ideas.

The one thinker who is partly outside all of this and has a special status as a monster within the 20th century is Martin Heidegger. Now, Martin Heidegger was an extreme essentialist and was a religious thinker who was highly influenced by these ideas of extreme hermeneutics and the peeling away of the onion of the text. Heidegger has one book that is 400 pages saying, “What is thinking?” or “What is the nature of thinking?” Heidegger wrote 80 books, all 80! Most of which have never been released.[2]

Although Heidegger is one of the most radical thinkers of the 20th century, Heidegger’s political affiliation, if only for a year between 1933 and 1934, has meant that in a sense he has become an unperson. After the war, when he was allowed to write and continued to write he used to write in the Black Forest. He had a wooden cabin in the Black Forest, and he used to commune in this particular woodland fastness, this shed almost, with nature and by himself in pure theory.

A lot of these ideas are based upon pure theory. They are based upon the idea that the bourgeois—the enemy in Marxian terms—goes to life with common sense. The Marxist goes to life with his theory! Only if you see the veil of theory before reality, the pink prism through which reality is refracted, only then can you be in history; only then are you truly alive, because you’re interpreting the dialectic of future knowledge.

Now, the irony is that these communistic systems that statally imposed these ideas on people have all collapsed. People who lived in Poland during Gomułka and other regime leaders had to do Marxist-Leninism four times a week, just like the Catholic schools that these schools replaced, where we did religion four times a week. They did Marxist-Leninist theory four times a week.

There was a Far Left party in Britain called the Revolutionary Communist Party, which was a split from the Socialist Workers’ Party, a so-called Rightist deviation within Marxist-Leninism. In 1986, they set exams for their cadres. You had to do exams on Grundrisse and Groundwork and Kapital volume I, volume II, volume III to pass exams on this sort of material just like in Poland.

bowden7.jpgPeople imposed this on themselves internally within the West, and yet historically these ideas have lost. These ideas have come crashing down as statal and political and architectural structures. Yet in the minds of elite Western academics, the softer non-vanguard version of these ideas are alive and well and kicking and are in control.

It’s largely true that most artistic departments—used as a term for the humanities and the social sciences—across the board are in the hands of the West’s most ferocious ideological opponents inside the West, mentally. Not necessarily in terms of how people live their lives and so on, but in terms of what they accept.

The worst ideas in the world are some of the ideas in this room from the perspective of these sorts of people! And they know what they are against, although most of them are in a sense more coherently in favor of what they’re for. Most Left-wingers and liberals, like Tony Blair, begin with the first thing Blair ever did, which was to go on an anti-National Front march. The first moment was negative. He knew what he was against almost before what he knew what he was for. But many of these people actually know what they’re for as well, and what they’re for is a world without any prior signification.

Deconstruction is the idea that you have a text before you, and this text has a system of rhetoric which is related to the personality of an individual author, but the author doesn’t exist. It’s just a text. It’s just a signification. What you do is split the power of the rhetoric, the oratory, the nature of the language used, the control of the phrases used, the essentialist markers that delimit the promiscuity of linguistic and moral choice, and you deconstruct them. You open up the field of signification so that language can flow freely in its joy and in its meaningless splendor. This is called jouissance, the joy of deconstructing the text so that it reveals its anti-essentialist possibilities when the crypto-fascistic moments of identity in it have been removed, and this is what they do.

They will take an author like Céline, who is a French National Socialist essentially, if words have any meaning, and they will say, “This anti-Semitic statement shows the insecurity of a lower middle class background. He obviously wets his bed. He was beaten by his father.” They will deconstruct every particular notification. Actually, this is a philo-Semitic text, which loves foreigners, which loves homosexuals, and is egalitarian! The whole point of deconstruction is that you reverse the meaning of the text.

But these ideas have their dangers, because there are certain things that liberals believe are sacred, and there are certain things that they believe shouldn’t be deconstructed and are beyond deconstruction. One of the primary deconstructive figures, who wasn’t necessarily a Leftist, was a man called Paul de Man, who was head of English and Philosophy, head of the Yale school of deconstruction at this Ivy League college. Ivy League college, Yale, has a school of deconstruction![3] Yes, it does! Acting against the West in order to affirm the negation of its identity. This is the sort of thing it said.

Now, Paul de Man was head of philosophy there, but Paul de Man had a secret past far worse than beating his wife or something like that. Paul de Man was a collaborator in occupied Belgium and was a minor member of the Rexist movement with Léon Degrelle. It was all very serious. And he also wrote some articles for a magazine like Scorpion shall we say, but it was in occupied Belgium at the time, so it was a bit more serious.

When it was discovered that he had this past, the whole of the movement of deconstruction gathered at the University of Alabama in the Deep South of the United States to discuss this unfortunate recrudescence of essentialism in the life and time of their chief American guru. Derrida came up with a remarkable wheeze. He said that because there were articles on the one side of the page of these collaborationist journals that were more extreme than what de Man had written, de Man was actually protesting against the extremism of the rival and mirror-reflected text with his own understated fascism, therefore revealing that he was in internal critical protest at the nature of this foul language and this sort of thing. Foul language in another way.

Interestingly, deconstructionism and post-structuralism have never survived this particular revelation, and it’s not fallen off a cliff, but it’s much less fashionable now than it was. It’s also begun to be attacked by certain hard Leftists who are more materialistic, more pro-science and so on and don’t agree with this type of what they consider to be empty and rather vacuous theorizing. So, there’s been a certain revisionism.

Not all of these ideas have it their own way. There often outliers who are dissentient. They’re often critics within the system as well as without who are progressive. You can only criticize progress if you are yourself a progressive. This is part of the deal. So, there are progressive critiques of this sort of thing. Lévi-Strauss loathed elements of modern culture, loathed modernist art and so on. There’s a degree to which certain impermissible reactions or “fleets to the essence,” as it is sometimes called, are permitted by very radical theorists.

There’s also certain of the revisionists like Serge Thion, for example, who played with post-structuralist ideas, which makes them very dangerous. As soon as I heard about post-structuralism in the 1980s, I knew that certain revisionist types would make use of some of these methodological tricks, because it’s inevitable. You can apply deconstruction to deconstruction. You can get Céline’s text, you can get the deconstructive answer to the text, and then you can deconstruct the deconstructive answer to the text and you end with Céline again!

So, you think, “What’s the point of doing all that?” And the point of doing all that was to question the affirmations of Western society. That’s what the point of all that is. The people who flood into the humanist disciplines in sociology, in fine art and elsewhere, if you say, “Well, you know, Caravaggio is a homosexual,” people will say, “Oh, dangerous assumptions there. A bit too essentialist. Are you reading the author or the artist who wrote the text too much into his own work?” And so on. It creates a fog of uncertainty. It creates an irony of the absence of affirmation, the absence of pride, certainly the absence of the justification of hierarchy, which it’s all about.

Ken Livingstone is a populist libertarian Left-wing politician. When he was asked about political correctness and banning Black children in south London from saying nursery rhymes like “Ba-Ba-Black Sheep” and so on, he said, “That’s Evening Standard garbage.” He said, “Political correctness is an attempt to change people’s minds and language. It is concentrated on two egalitarian premises: absolute moral equality in questions of race and gender.” He’s a real Leftist.

That’s what it’s really about! It’s not about any of these epiphenomena. It’s about making elitist and inegalitarian assumptions morally and linguistically impermissible. And if they’re impermissible for a university professor, they’ll be impermissible for a struggling fourth level post-degree student, and they’ll be impermissible for a middle-class bloke who sort of half-believes what’s in the Daily Mail, and they’ll be impermissible for right the way down the society. And they will, in a garbled way, come out of every news channel you can speak of.

Many liberals now say, “We’re fighting for Western values in Iraq. But what are Western values? Do we have a right to fight for them? In any case, should we affirm ourselves? We’re attacking the essentialism of their own. We should deconstruct at home first before we go abroad imposing our signifiers upon these worthy foreigners.” And so on. You see, it begins small. It begins with a debate about language, but it becomes much more powerful. In the intellectual ideologies that operate outside the sciences now, these ideas are de rigueur. To be actually against them is to morally shock, far more than transgressive post-modern art in relation to the Turner Prize and that sort of thing.

Things like the Turner Prize bring me to Stewart Home. Now, the Turner Prize is attacked by Home, but from the Left. You can only criticize Left from Left. He’s to the Left of the Turner Prize. The sort of art that is exhibited in the Turner Prize, which is a sort of stitch-up by various dealers particularly in the 1990s in relation to a particular school of post-modern artists that came out of Goldsmith’s College of Art in the late ’80s, early ’90s. Damien Hirst and Tracey Emin and Gavin Turk were the most prominent of the three. They were picked up with a lot of big money and people wanted to make their own money as a result of it. However, it’s based on an ideology called anti-objectivist art which comes from the 1960s and was largely part of the hippie movement.

John Lennon was involved extensively in anti-objectivist art. Do you remember getting into a bag for peace? This is where a naked John Lennon, covered with hair, would get into a bag. A bag! Yoko Ono, who was a member of a group called Fluxus, would draw the zip on the bag, and Lennon would stay there for a day, because the idea was that if we were all naked and in bags and covered with hair, we wouldn’t fight, and there would be no more war! There would be a realm of peace on this earth for us all to enjoy!

Another Fluxus fad that Yoko was very keen on was the revelation of the buttocks. They would sit there naked before NBC and CBS and ABC and the BBC and all the big channels of that era revealing their naked buttocks. Because of course you won’t fight if you’ve revealed yourself in that way, and the point was to avoid struggle by not fighting.

These ideas had little currency and didn’t last too long, but anti-objectivist art begins there, and from it Stewart Home begins his particular intellectual career at this time.

Home’s is an anarchist, essentially, or a libertarian communist or an anarcho-communist. He’s written many books, but his one real claim to fame is a book called The Assault on Culture—the assault on culture!—From Lettrism to Class War. And he deals with an assembly of extreme Left avant-garde groups that come out of the major modernist tendencies as they end.

Modernism is a very complicated area that goes back to the middle of the 19th century. It’s a reaction, in part, against photography. It’s a desire to go inside the mind and fantasize. It was despised for much of the late 19th century, early part of the 20th century, then became the major aesthetic discourse of liberal humanism. There’s a complication there, because both fascism and communism flirted with modernism. Most of them then turned against it, although the Portuguese, Spanish, and Italian far Right regimes made use of moderate modernist tendencies.

Modernism has always had a devilish side from the perspective of Left humanism, because a lot of the early modernists were fascists, were anti-humanists, and were radical Rightists like Ezra Pound, like Wyndham Lewis, like Marinetti, like Gaudier-Brzeska, like Céline and so on. That’s because there was an anti-democratic element to it, because of course modernism was a bohemian attack upon the sensibility of the majority. It loathes what ordinary people think about art, so it will destroy what they want and impose what intellectuals want. It’s a sort of vanguard hostility to the boring majority. Bomb the suburbs! That’s the sort of view of modernism.

But that can tend to the Right as well as the Left in strange moments, because national cultures were still alive to the degree that there could be national modernisms. Expressionism was a largely Germanic form; futurism was an Italian form; surrealism was a French form. Surrealism was the only major modernist movement that linked formally with communism, through the radically state socialist ideas of its founder, André Breton. Basically, surrealism died with him, but as it died all sorts of shards came out of it, one of which was called situationism.

Situationism was a minor ideological current that’s achieved quite a bit of currency, particularly on the far Left, because a lot of the students in 1968 mouthed situationist slogans. The media was convulsed to find that, on one hand, there were these hippies throwing bricks at members of the CRS—the very tough central riot police in Paris and the other big cities—but they would paint these slogans on walls saying, “Seize the imagination” or “Release the factories” or “I want to play with myself” or something like that. Strong-hearted philosophical stuff like this. They would spray things on the walls. And most of these were situationist slogans taken from a book called Society of the Spectacle written by Guy Debord in the late 1960s. Debord later committed suicide in dubious circumstances. There was another intellectual associated with this tendency called Raoul Vaneigem who wrote The Book of Pleasures and The Revolution of Everyday Life.

Now, these books had a lot of impact in revolutionary artistic scenes. It’s very interesting to notice this combination of far Left art, anti-social practice, misanthropy, and extreme amounts of money, and their ability to attract each other in disassociated ways. Anti-objectivist art began as hostility to the art market. It began by producing artworks that no one would want to buy! That’s the whole point. You were rebelling against the market! They used to have marches on Sotheby’s saying, “Death to Sotheby’s! Death to Sotheby’s!” Now they’re all sold in Sotheby’s for enormous amounts of money!

The most classic example of this was an Italian conceptual artist in the 1970s called Piero Manzoni, and Manzoni used to sell blocks of his own ordure. He used to sell blocks of his own ordure in gold-tinted, beautifully framed sort of 18th-century gold-leafed tins. An Italian-American heiresses used to buy this for $7,000 a tin to say at their kinky and trendy parties that, “I bought one.”

Because artists always loathed the dealers. They always loathe the middlemen, a third of whom have always been of a certain ethnicity. Always. A third of art dealers are Jews, and a third of art dealers are homosexuals, and not always an overlapping category. But artists loathed the middlemen, and there’s a desire to revenge yourself on the middlemen by producing work that can’t be sold, that’s impossibilist, if you like.

But the market can sell anything. You can sell debt as an asset from which you can make more money. So, why not sell cars that are bolted together? There’s a famous case of one artist who was neo-conceptual and was an action artist who tried to sell his dead body after he’d committed suicide. There’s also a man called Rudolf Schwarzkogler, who’s Austrian, and he wound himself in mummification, and either did commit suicide or feigned to commit suicide. I hope not to ruin anyone’s appetite by some of this, but it’s all true. It’s all true, I assure you of this! There were several other ones who left bits of their bodies, including arms and legs, in various galleries and so on, and this was photographed in the 1970s. This was action art, wasn’t it? I mean, let’s face it! There’s something that’s going on here! Home’s book The Assault on Culture has Schwarzkogler’s pre-corpse mummified body on its front, so you know what you’re getting.

Now, the movements with which Home deals are situationism, which is a Left-wing critique, in other words a critique from the Left, within the Left; there’s lettrism, which is another idea which relates to certain formalist and linguistic ideas; and there’s the movement for the imagist Bauhaus, which is a splinter from Breton’s surrealism. They’re also slightly dangerous movements, because Home has an equivocal element, not in what he wants but in what will happen.

One of the dangers about the Cult of the New and the Cult of the Future is that there can be different futures that Left-wing people don’t like. There was a group in the 1970s called mail art, and this woman would do these traditional biographical pictures, very traditional academic art, the sort of thing [unintellible—sounds like Auckland] would have done at the turn of the 20th century and just in and around the Great War, and she would send them to people. She would send them to the Prime Minister. She would send them to the Pope. She would send them to the Chief Rabbi. And they were all pictures of Adolf Hitler. They opened them and were appalled. It was quite a scandal, and she said, “But I’m not a Nazi. I’m just being transgressive. I’m doing what is non-bourgeois. Hitler may have done evil things, but I’m not evil. I’m just painting a picture. It’s just a representation.”

So, you see, if you adopt the Cult of the New . . . And Home had this idea called neoism where he wants to create culture anew, which is largely based on Marinetti’s ideas that you can bomb everything and begin again, because we are the masters of the ruins. It’s the rhetoric of people who’ve never been to a real war, you see, and those who were just about to, because a lot of this stuff came out in 1912 and was just the quivering in the antennae of the Armageddon that was about to erupt. Although, to be frank, many of the Marinettists, the futurists, actually did fight in the war, because they believed in war. They glorified war. “We glorify men! We glorify war!” This is why they linked with Mussolini later, or some of them did.

Now, Home’s work is based upon the idea that you can go beyond the Left and push even that which is Left-wing further Left. He’s in this odd position, because the Left never thinks it has won. Even when it’s triumphant, even when many dons agreed with some of their assumptions, they think, “It’s not gone far enough. The revolution has been betrayed! You need to go further! More radicalism, more self-criticism, more anti-essentialism! It’s not enough! Turds in a box: not enough! Deconstructing classic opera: not enough!”

Turandot and other operas now, even in the West End, often have a urinal on the stage. Urinal? What’s that about? That’s Duchamp’s idea of the ready-made, you see. This plate is art! Who are you to say it’s not? I look at this work. I mediate it. I objectivize it as my view of life. The stained dregs of life in this coffee cup. Life ending in doom. Didn’t Beckett say they were born over a grave, there’s a cry, and then it’s all over? You see, art! I want 2,000 for this now, and you’ll give it to me! And that’s how that sort of thing starts.

I heard a bloke once at the English National Opera, and a critic said, slightly bemused, “Why do you put a toilet on the stage?” And he said, “We’re acting against the piece. We put the thing on, but we try to destroy it as we put it on. It’s deconstruction.”

And you know why these ideas have got a hold? Because they’re bored. Because they’re bored with Western culture. Since the Second World War, state funding of the arts has replaced bourgeois capitalist money. It’s replaced aristocratic patronage. And you can only do Shakespeare so many times. There’s a great tiredness to these state institutions, and this tiredness often breeds a kind of nihilism. “Why, let’s tear it all down, this fuddy-duddy stuff that we endlessly have to replicate with the tax-payers’ money!” These ideas course through even revived and classical theater.

Racing Shakespeare is the favorite one. At the beginning of the 20th century, Othello was always played by a white man blacked up: Olivier very famously in the ’50s and thereafter. Middle of the century, always played by a black actor, because you had to bring to the foreground the nature of race and the nature of oppression and the nature of Shakespeare’s unfortunate alienating and objectifying tendencies: odious. Now, usually, Othello is played by a white actor, because not to black up is to draw attention to the hideous racism of the piece so that guilt should be infused in the audience for the crime of Western civilization. Nine million dead. Farrakhan said in the United States, “Never mind the six, what about the nine!? The nine million who died in the Atlantic slave trade! What about us?”

There was a famous Richard Eyre version of The Merchant of Venice in the 1990s where the female lead apologizes for the Shoah on stage. She’s kneeling before the audience. Don’t remember that in the text, actually! Don’t remember that in the original play! This is ironic considering that some of these ideas have come out of this idea of extreme textual specificity. “But you can always change the text when you want! It’s only a text!” And this sort of thing.

There’s is a sort of comedic element to these ideas, but I assure you that it would be instructive for everyone here to go to the Institute of Contemporary Arts. The ICA’s in Pall Mall, near the Queen. Right in the center of all the establishment buildings, and it’s all very nice in there with mellow lighting and all this. You go in, and there’s a bookshop in there, and that is very interesting, because that bookshop is like a cathedral bookshop to this type of culture. Home’s books are all prominently displayed in that particular bookshop. All of these deconstructive, anti-identity, post-racial, non-class, non-gender specific, gender-neutral-language particularisms are all there. Volume after volume after volume.

Actually, Home did a book once that had sandpaper on the cover so it would cut up all the books next to it, you see? Revenge! Revenge on the books! And you’d also damage yourself when you touch it, you see? So, he’s attacking the reader! William S. Burroughs was once asked, “What do you want to do with the reader?” And he said, “Kill him. I want somebody to open the page and be so appalled that they virtually drop into it, you know?”

There was a famous moment with Nineteen Eighty-Four, the BBC one with Peter Cushing in the 1950s. There was a Mrs. Treddis of North Wales[4] who allegedly did drop dead during the rat scene, Room 101. She was watching this on a state subsidized channel on the BBC, and when O’Brien gets the rats out in the Chinese torture scene—“Do it to Julia!”—she just caved over, poor old Mrs. Treddis. The MP was straight on the thing. He was in the Commons saying, “It’s disgraceful that the state broadcaster is killing its own constituents with art!” You couldn’t make it up, could you really? There is a degree to which the desire to attack the audience is very much part of this art.

There’s actually a form of art called auto-destructive art by Gustav Metzger where the art actually blows up, or a tube of acid will turn over one of those sort of mechano-wheels—you know, one of those sort of amateur things—and the tin turns up and pours acid down the front. So, the art attacks you, you attack the art, the art attacks itself. And then you buy what’s left, even though it’s been completely destroyed.

These ideas actually entered into popular culture because a lot of rock bands and so on were made up of students who go to art colleges. The Who used to destroy their instruments on stage. Pete Townshend, when he wasn’t looking at dubious sites on the internet, was wrecking his guitar. And these guitars are expensive things. Keep it plugged in. And he’d smash it on the ground, and sparks would be going up. I think it’s totally counter to health and safety, personally. And he’d smash it, and it would blow up! It would blow across the room, and all the crowd would be chanting. This was based on auto-destructive art. But, of course, they were working class lads, and there were dangerous moments of essentialism in The Who because they always had the Union Flag behind them when they’d perform. Ah, the danger of those estates. More deconstruction, that’s what’s required.

Home criticized the situationists because it was always a Hegelian theory and therefore allowed certain religious notions in from the outside. There was a communist called Jean Barrot who wrote a critique of situationism. He was later a supporter of Pol Pot, but he’s not heard of too much these days. Certainly would have been heard of if he had been Cambodian.

Now, Home got into trouble a couple of years ago, and Larry O’Hara, who’s a sort of libertarian anti-Right wing critic who’s prepared to be at least reasonably factual up to a point, wrote an article called “Stewart Home: The Fascists’ Flunkey.” Because if you advocate for new areas of culture, total newness, you will attract people who don’t necessarily believe in equitable variables. And he attracted certain people, certainly Richard Lawson, who’s well known from the National Party and Scorpion and Perspectives and had his website called Fluxeuropa and was a Left European nationalist, I think it’s fair to say. He also struck up a bit of a relationship with Bill Hopkins, an old friend of mine, and there’s a film, six minutes of Stewart Home interviewing Bill Hopkins. It’s on YouTube [6].

Now, he’s been heavily vilified for this, because by an ideological detour into the concept of the new, he forgot progressive verities. He’s recovered. But it’s bad news to reach out to radicals before you know who they are. You can get into deep trouble doing that, and he has. Because people say, “Didn’t he have some friends who were . . .” That’s what’s remembered in this [unintelligible—sounds like “tap it in”] and Google your name sort of an age.

Home believes that everyone can create a culture just as there were certain classical music concerts in the 1970s where the orchestra would make it up as they went along. Xenakis was another one. You wouldn’t have a piece. You would deconstruct the music. Indeed, they would tear the music up before the performance and stamp on it! Stamp on it in a rage at the bourgeois class! Then they would sort of make some music. Home believes that everybody can do that. He calls it the universal proletarianization of culture: the universal proletarianization of culture. And he idolizes these slightly Rightist elements. He idolizes these skinhead novels in the 1970s. Does anyone remember these novels by Richard Allen called Skinhead and Suedehead and [unintelligible—sounds like truth my bitch]. and all these sorts of novels that used to be read under the table in schools, seized in reformatory schools because, you know, no reading in this [unintelligible]. They were written by this old drunk on the south coast called Richard Allen, and Home loves all this.

He’s written several books. Red London is one. He’s also written books that are just swear words, the C-word is the title, oh yes. And the S-word and the F-word. These are all in Smith’s. They’re all in Waterstones. He’s done it because he thinks, “Why not? And also I’ll push distribution to such a degree that are they going to go on Radio 4 and say ‘Well, we have books with all sorts of swear words in them, but we won’t allow them on the cover. The Royal Chamberlian lives in memory. We will not allow it on the cover.’” And Home is saying, “Why not? Why not? Are you some bourgeois slob, mate? I’m pushing this in front of you.”

He’s also a very extreme homosexual. You would have to have this. So, his works are these sort of cartographic fantasy of proletarianized homosexual blokes rampaging around London. This is on sale at any Waterstones, books called C— and S—  and F—. I’ve looked at the covers, and I’ve read the theories. But the theory’s important in a way, because at the end of The Assault on Culture he endorses Class War.

Now, Class War is a group that emerged in the early 1980s and is led by an anarchist called Ian Bone. And they do believe in Bakunin’s idea of total war on the state. When Bakunin was asked “What is anarchy?” he said, “Total revolution against God.” And that is what anarchism believes: total revolt against all ideas of transcendence, total revolt against all ideas of hierarchy. “Pull it down! Destroy it!”

There’s a famous story about Bakunin in E. H. Carr’s—a Soviet-philic writer—biography. Bakunin’s riding along, because he’s an aristocrat of course. He wanted to destroy everything, even the aristocrats first. And he sees some brigands robbing a house, and they’re smashing it to pieces with axes and so on. He says, “Stop!” in Russian, gets out, and joins the brigands, and he starts destroying and running out with the paintings and butting them and leaping up and down on them and hurling bricks through the windows and all this. When somebody said, “Mikhail Mikhalovich, why are you doing this?” He said, “Because it’s there.” Because it’s there.

And Home’s view is that destruction is a creative passion. First you destroy, then you create on the destruction. Even if you create and destroy, because you level the field for new forms: neoism! The cartography of inversion! And if you don’t like it, you can get a bit of this! It’s this sort of stuff. The interesting thing is that these ideas are not revered. They’re eccentric ideas even within the milieu of the cultural Left. But they’re there.

Scorpion’s not sold in the ICA bookshop. Alain de Benoist is not sold in the ICA bookshop. Books about Heidegger are sold in the ICA bookshop. Heidegger, Monster of Nazism: A Philosophy of Inhumanity Exposed! Heidegger and the Jewish Question. Unanswered questions, who was his mistress? We demand the facts! Heidegger! 400 pages of his Party membership between 1933 and 1934. Husserl: Did he Ban him from the Library? The Truth! Heidegger: Deconstructed. Pluto Press in three editions. That’s in the ICA library! But the authors of that which constitutes European identity are for the most part conspicuously absent from the ICA library.

Class War has, of course, died many years ago, and Bone is largely retired from active politics. He appeared on Jonathan Ross once, who I call Jonathan Dross, and he appeared wearing a wig screaming and ranting. Bone’s just treated as a freak show, you know. Just something to laugh at, really.

However, from our point of view, not altogether laughable because a group called Antifa emerged from Class War. Antifa would very much like to beat us all to death, I mean, they really would. But they’re very small and of little significance. The interesting thing is that he was drawn to Class War because they’re situational, because it’s not going to succeed, is it? But you create a happening space, you create action art in society. Do you remember the march on the rich? “Bash the rich!” Remember the marches in Henley? “Bash the rich! Bash the rich!” You know, this sort of thing. Bored policemen, drongos and hippies and white Rastafarians, people with purple mohicans and this sort of thing walking along surrounded by the special patrol group, screaming execration at the bourgeois class and that sort of thing. It was all good fun. Then they’d go back on the train up to [unintelligible] or [unintelligible] or wherever it was. Bone was there. The hard men were there.

There was a famous moment of anarchism in Chicago where all these very old bourgeois people are eating in an extremely rich restaurant, and the anarchists unfurl a banner in front of them saying, “Behold your future executioners!” And they love this sort of sport as play as action as theory. Anarchism, unlike communism—because of course anarchism is to the Left of communism—has a theory called direct action: direct action on the anger of the class, which of course is terrorism really. They don’t call it that, but that’s essentially what it is. These sorts of stunts, even that Class War stunt, “make the middle class afraid,” tossing and turning in their beds and only wondering if those mohican yobs are coming for them.

Those demos are very interesting. I once went on one of those demos and watched, and the hardcore anarchs, the hardcore activists, stand at the back and they throw forward the hippies and the drongos and the others. And they’re the ones who are beaten by the special patrol group or whatever the riot squad is called now. They’re on the ground, and they’re covered in blood, and the policemen step on them and kick them. This was the ’80s. I mean, I saw it with my own eyes. It wasn’t a travesty of British behavior. I saw it. But the hardcore activists with leather jackets are at the back, and when one goes down there’s another there, you know, because the masses are just fuel—fuel for anarchy.

The point of these doctrines is that you open a space in the society where you can create new forms, because when you open a space anything can happen. If you assassinate a politician, anything can happen. That’s why they used to assassinate them all the time in the 19th century.

These sorts of ideas of rage and deconstruction and alienation—particularly impinging on all forms of identity—have probably reached their high water mark. But the very fact that they can be canvassed, the very fact that they are in the ICA, they’re in the NO, they’re in the theoretical book branch of the National Theatre—all state-subsidized. There’s tens and tens of millions of pounds that are spent on these institutions every year through the art boards and so on. The fact that these ideas are in the Western academy is a testament to the fact that communistic doctrines of radical destruction and deconstruction have taken over the mindset in the society. People who speak against them are, well, they’re nowhere to be seen basically, because they’re terrified. They’re partly waiting for the next fad, really, in the hope that some of this stuff will wash away.

But the interesting thing is that they always know what they’re against. Home is certainly aware of the New Right. He used to edit a magazine called Smile—smile!—which was a nihilist, communist magazine. That’s what it said on the front. You can go to Smith’s, you know, “Would you like to buy a nihilist, communist magazine? Smile.” It would have an article about Lenin and an article about the Bombo Gang, and then you would have diseased genitals, because it would shock the bourgeois audience and scratch the hatred of the masses. And in that transgression you open up a moral space for more radicalism of the mind and of the spirit. It is psychologically subversive, and they know what they’re doing! They know what they’re doing. The shocked person goes, “Disgusting trash!” and throws it away. They’ve actually had an effect, the effect of rejection before the next strike.

My view has always been that that sort of militancy has to be stood up to. And you have to fight back. And you have to fight back as hard and as ruthlessly as they do. That’s why they are aware of us and fear us.

Stewart Home also has an interesting view of race, which is an original formulation. I’ve never heard it even from the Trotskyists, and he’s not a Trotskyist. He believes that race doesn’t exist, but the masses believe it does. Now, that’s an interesting formulation, because if you think about it you either have it as a foregrounded form of iterization, it’s being, Dasein, being in being as Heidegger would call it. It’s that which is there. It’s biological. It’s there. It’s foundational. It’s prior. It’s elemental. It’s essential.

Or you don’t believe that. Maoists and extreme communists believe that all humans are a white sheet of paper. Any sexuality, any ethnic specification, any culturalization, any level of intellect could be pre-programmed into you. As Mao’s people would say, you can torture a man into progressive ideas to the degree that they’re coming out of his ears.

Do you remember what O’Brien says to Winston Smith in Nineteen Eighty-Four? “First, we make you love Big Brother, then we kill you. Don’t you remember, Winston,” he says, “you’re just a cell in the body of the Party? Do you die if you cut your fingernail?” Do you remember that, and the great actors like Sir Richard Burton who played that part?

Now, Home’s idea is interesting in a way, because they believe in false consciousness. He’s basically saying race is the false consciousness of the masses, but if nothing is prior, then reality is in the consciousness of the masses. Therefore, if the masses think that race exists, it does exist, even in far Left terms, because only that which is thought moment by moment in the struggle exists! So, in a strange sort of way, he’s ended up with a Right-wing deviation within Marxist cultural logic. He’s actually got back to a position he says he refutes.

But it’s an interesting one, because if you notice, the dip in biological thinking in the middle of the 20th century as a reaction to the Second World War, is the high point for these type of new Left ideas. Now that biology has been re-emerging in the last 30 years. And it’s very interesting, for example, that the Anti-Defamation League in the United States opposed the creation of the Human Genome Project. And many gay libertarian groups opposed the Human Genome Project. They are radically opposed to the idea of the biological investigation of the building blocks of life, because it will lead to the possibility of acceptance by the masses of a prior essentialism.

There was an interesting incident last year when the Genome Project’s scientific review board wrote to the German Academy of Sciences and said that “In our opinion, life is 80% natural law and prior biological purpose.” Not 60%, not 70%, but 80%. Man is socialized by 20%, and I view the socialization as environment, and environment is ecology, and ecology is a species of biology. So, in a way, it’s all biological.

And the German Academy wrote back, “We cannot accept this thinking. We cannot accept this thinking, because we understand that your postulate is from good intentions, but it draws us perilously close to rejecting the methodology of the basic law upon which contemporary German governance, state, society, and academic learning is based.” So, the German government says that a particular scientific outcome is wrong, and as a citizen of the contemporary united German republic, founded under occupation by Adenauer in 1948, you have to repute it. We don’t care what science says! We repudiate science! This is a revolutionary development really, whereby the Left, the organ of progress, is rejecting science.

There’s a concept on the New Left of scientism. Scientism. Science is ugly, male, reactionary, authoritarian, phallocratic. All this sort of stuff. There’s a strong streak of feminism in all of these discourses. The Left has sort of given up on that. Many Leftists are now debating about how they deal with biology. Peter Singer, who wrote the book Animal Liberation, which founded that whole movement: “Liberate the animals, you filthy speciesists,” “Put down that ham sandwich,” that sort of thing. Singer, of course from a certain ethnicity, from Australia where he was in the Australian senate. He was a civil libertarian and radical green. He’s a utilitarian. He’s a very interesting thinker. Because he’s introducing a new hard liberalism.

Singer says maybe biological ordinance is true; maybe disability is inherited; maybe gender is inherited; maybe sexuality is due to brain function; maybe the Right is correct. But what you must do is pass every law and every methodology that lies behind the law, jurisprudence, to make sure that there is either equality of opportunity or equality of outcome or those who proselytize for inequality of outcome are not allowed to affect it by the nature of their discourse. So, what he’s saying is even if biology is unequal, you make the society so impervious to that logic, even though you’ve got a hierarchy, that it’s not aware of that.

That’s the most important and intelligent form of far Leftism. They can only sustain anti-science. They built their entire creed on science. They can’t repudiate it. That’s just a stunt for a couple of decades. They’re going to have to accept the Human Genome Project. They’re going to have to accept the biological and prior ordination of man.

Every time I go into an NHS clinic there’s a leaflet for transplants, and in the middle of that leaflet you’re asked about your race. It says, “Are you White Caucasian? Are you Asian? Are you Negroid or Diaspora African?” All these little boxes. And that’s because human internal tissues will not transplant or graft as well in relation to one race as another. Prior racial difference within the taxonomies of the human even at the physical level.

If a scientist at Oxford or Cambridge or the London School of Economics had said that openly in the 1960s or 1970s, there would have been rioting! There would be rioting in the canteen. There’d be rioting in the lecture hall. The special control group would have been on the campus. You would have been hounded out of that place of learning. It’s now in an NHS leaflet. Quietly, no fuss. It’s just intruded there as a fact. “Who can reject it? We’re helping people! We’re helping people!”

And talking about helping people, there are ultra-liberal groups in the United States who are campaigning against certain forms of medicine that affect individual ethnicities. There are certain diseases that Blacks and Africans suffer from, particularly sickle cell anemia, which is almost congruent to them, and certain drugs that have genetic potential and originate from some of the theory and experimentation of the Human Genome Project react primarily on their group. There are ultra-liberal groups who are campaigning to not allow the Food and Drug Agency to license these.

Why? Why? Because it undermines the idea that man is a white sheet of paper that you can do with what you want and there is no prior identity. They would rather blacks suffer than that these drugs were produced, because they admit the prior biological differentiation of the human. And when you begin there, when you begin with such a monstrous prior essentialism, the doors to you-know-what are swinging open. So, you must close down the thing before you even begin to agree with what you disagree with.

Thank you very much!

Notes

[1] Bowden misspoke here: Ferdinand de Saussure was the founder of Structuralism, not one of its later developers as he seems to imply here.—Ed.

[2] Heidegger’s Collected Edition (Gesamtausgabe) runs to nearly 100 volumes, most of which were published posthumously.—Ed.

[3] The Yale School of Deconstruction signifies an intellectual movement, not an academic department or college. De Man joined the faculty in French and Comparative Literature at Yale. At the time of his death in 1983, he was Sterling Professor of the Humanities and chairman of the Department of Comparative Literature at Yale.—Ed.

[4] Apparently, the woman was actually named Beryl Merfin of Herne Bay, Kent.—Ed.

 


Article printed from Counter-Currents Publishing: http://www.counter-currents.com

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[2] here: http://youtu.be/S8tjGJ4eUdA

[3] Marxism and the Frankfurt School and the New Left: http://www.counter-currents.com/2012/05/marxism-and-the-frankfurt-school/

[4] The Totalitarian Politics of Nineteen Eighty-Four: http://www.counter-currents.com/2014/08/george-orwells-nineteen-eighty-four-2/

[5] Francis Pollini: http://www.counter-currents.com/2011/08/francis-pollinis-night/

[6] YouTube: http://youtu.be/eNFVLU0pIWM

vendredi, 22 août 2014

Peter Sloterdijk: Die schrecklichen Kinder der Neuzeit

sloterdijk.jpg

Peter Sloterdijk: Die schrecklichen Kinder der Neuzeit – eine Rezension

Götz Kubitschek [1]

Ex: http://www.sezession.de

(Rezension aus Sezession 61 / August 2014)

Vorbemerkung: Ich las Sloterdijks Buch in Abschnitten unter dem Druck, ein ertragreiches Buch auf einer knappen Seite darzustellen. Nun lese ich noch einmal und in die Verästelungen hinein. Außerdem stelle ich allen Lesern folgende Aufgabe: Bis Ende August sind unter redaktion(at) sezession.de Rezensionen dieses Buchs einzureichen, die beiden besten werden hier veröffentlicht (wenn gewünscht auch unter Pseudonym) und honoriert, jede weitere gelungene wird mit einem der neuen Antaios-Notizbücher [2] bedacht. Ich halte Sloterdijks Buch für sehr wichtig. Nun meine Rezension:

DiSchrecklichenKinderderNeuzeit.jpgDie Neuzeit ist jene Epoche, die auf das vermeintlich dunkle Mittelalter folgte. Sie dauert als »Moderne« an, und ihr Kennzeichen ist die Emanzipation des einzelnen hin zu dem, was zu einem Allerweltswort verkommen ist: hin zum Individualismus, dessen vornehmliches Tun die Infragestellung von Schicksal, Bindung, Erbe und vorgegebener Hierarchie, kurz von jeglicher Form ererbter und vorgesetzter Fremdbestimmung ist.

Der Kulturphilosoph Peter Sloterdijk stellt dieser großen Loslösung von zweifellos welterschütternder Bedeutung in seinem neuen Buch (Die schrecklichen Kinder der Neuzeithier bestellen [3]) eine teure Rechnung aus: kein Fortschritt ohne Abbruch, keine Selbstermächtigung ohne Einmündung in einen Brei aus letzten Menschen. Diese Generaltendenz ist banal für jeden, der das Jahr 1789 nicht als den Beginn von allem, sondern als das Ende von etwas wertet. Banal ist auch, auf eine grundsätzliche Stärke des vorliegenden Buches hinzuweisen: Sloterdijk ist einer jener seltenen Philosophen, die zu erzählen wissen, und sein Schwung, seine atemberaubende Belesenheit, sein enzyklopädisches Gedächtnis oder jedenfalls seine perfekte Exzerpt-Kartei machen die Lektüre seiner Bücher fruchtbar. Systematisch sind sie nicht unbedingt, manchmal sogar heillos assoziativ in ihrem Versuch, Phänomene und Begebenheiten aneinanderzuknüpfen, und dies hat Sloterdijk unter seinen Fachkollegen unter anderem den Ruf eingebracht, kein Philosoph, sondern ein philosophischer Bestsellerautor zu sein.

Jedoch rührt von der Fähigkeit zur Quer-Schneise Sloterdijks Mut, mit dem er typisch konservative oder sogar reaktionäre Denkmuster aufgreift: Irgendwie verzeiht ihm die Zunft derlei, es ist, als ob er auf seinen Erntefahrten zuviel auf einmal einbrächte, ein bißchen unsortiert, aber manisch kräftig. Besonders augenscheinlich wird dieser Mut im vierten von sechs Großkapiteln: Es ist elegant mit »Leçons d’histoire« überschrieben und interpretiert »Sieben Episoden aus der Geschichte der Drift ins Bodenlose.« Sloterdijk schildert Szenen und destilliert aus ihnen das, was seine Theorie der neuzeitlichen Selbstüberhebung stützt.

Die Lektüre ist ein Gang durch sieben Kammern einer sich steigernden Rücksichtslosigkeit im Wortsinne: einer brachialen Abnabelung von allem Überkommenen, dem die Konstrukteure eines »Neuen Menschen« jede Legitimität abzusprechen bereit sind – mit der Konsequenz rücksichtsloser Experimente am lebenden Objekt Mensch. Paris 1793, Paris 1804, Zürich 1916, Jekaterinburg 1918, Moskau 1938, Posen 1943 und Bretton Woods 1944: Man ahnt die Struktur hinter diesem Gewebe, die immer hybridere Ablösung vom Halt einer Erdung, zuletzt (Bretton Woods) die von den Wirtschaftsprinzipien des Alten Europas. Jeden Linken und Liberalen muß die Reihung empören, jeden Rechten bestätigen. Ja, wir profitieren davon!

Wer im vorliegenden Buch Sloterdijks Urteil über den in der Breite eines Konsum-Schwemmfächers angekommenen Massenmenschen liest, darf das ohne weiteres als klassisch konservative Kulturkritik bezeichnen. Die Beschreibung der Stufen hin zum »letzten Menschen« unserer Tage beispielsweise ist bereits als bloße Beschreibung wertend genug. Eine der Wegmarken ist auch für Sloterdijk die Formulierung der Menschenrechte (»zeitgemäß, unumgänglich, hochherzig und uneinlösbar«), in denen »von Abstammung kein Wort mehr« fällt. Diese grundsätzliche Loslösung von allem Erbe habe sich in Amerika geradezu in ein Credo hinein gesteigert: Jede Art Bindung an eine Vergangenheit werde aufgebrochen, Gegenwart oder gar Vergangenheit im Vergleich zur Zukunft abgewertet. Sloterdijk macht das an Erwägungen Thomas Jeffersons fest, der von 1801 bis 1809 Präsident der USA war, und springt dann zurück nach Europa, um in Max Stirners Der Einzige und sein Eigentum [4] jenes Denken zu benennen, das bereits 1845 den äußersten Rand der Bindungslosigkeit markierte: Das »Ich« werde unanklagbar, werde zum »Selbstbesitz«, sei niemandem mehr etwas schuldig und könne Ansprüche jeder Art formulieren.

Was Stirner noch nicht wissen konnte, weiß Sloterdijk: Erst in den letzten fünf Jahrzehnten ist es der Masse unserer Hemisphäre ermöglicht worden, das theoretisch längst bestellte Feld praktisch zu erobern und eine Anspruchshaltung einzunehmen, die keinen Aufschub mehr hinzunehmen bereit ist und das dringende Bedürfnis hat, niemandem mehr zu Dank verpflichtet zu sein: »Zu realen und pragmatisch Letzten werden Individuen in der Konsum- und Erwerbsgesellschaft von dem Augenblick an, in welchem sie in die Daseinsweise von herkunftsschwachen und nachkommenslosen Selbstverzehrern einwilligen.«

Hierarchielos, breitflächig, ein »Konformismus des Anders-Seins«: Sloterdijks Ausblick ist mit »Im Delta« überschrieben, dort sieht er uns – irgendwie geronnen (dies erinnert nicht ohne Grund an die kristallisierte Gesellschaft, die Gehlen mit nüchternem Grauen beschrieb). Die beiden Wege, die er andeutet, sind jämmerlich: »Wille zur mittelfristigen Fortsetzung« dieses Endzustands lautet der eine, »feuerwerkartiger Endverbrauch im Hier und Jetzt« der andere. Daß unbesehen davon das Projekt einer Rettung der wenigen gewagt werden könnte, vermag er nicht zu formulieren.

(Peter Sloterdijk: Die schrecklichen Kinder der Neuzeit, Berlin: Suhrkamp 2014. 489 S., 26.95 € – hier bestellen [3].)

Article printed from Sezession im Netz: http://www.sezession.de

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[2] Antaios-Notizbücher: http://antaios.de/buecher-anderer-verlage/aus-dem-aktuellen-prospekt/2930/notizbuecher-viererpaket.-juenger-benn-montag-scholl

[3] hier bestellen: http://antaios.de/buecher-anderer-verlage/aus-dem-aktuellen-prospekt/2477/die-schrecklichen-kinder-der-neuzeit

[4] Max Stirners Der Einzige und sein Eigentum: http://antaios.de/detail/index/sArticle/3100

[5] : http://bereitschaftsfront.blogspot.com/2014/08/die-vier-haltungen-im-falschen.html

[6] : http://www.spiegel.de/kultur/gesellschaft/peter-sloterdijks-neues-buch-die-schrecklichen-kinder-der-neuzeit-a-974984.html

[7] : https://www.youtube.com/watch?v=b23LYHxt1J8

[8] : http://www.literaturkritik.de/public/mails/rezbriefe.php?rid=19612#2834

[9] : http://www.lsr-projekt.de/juenger.html

[10] : http://gutenberg.spiegel.de/buch/4220/2

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mercredi, 13 août 2014

Elementos n°76: la cultura como objecto-mercancia

Elementos n°76

La cultura como objecto-mercancia

 
 
Sumario
 
Cultura y mercancía, por Ignacio Sánchez Cámara
 
La Cultura y la Mercancía, por Mario Fernando Bolognesi
 
El consumo como cultura. Una perspectiva teórica sistémica, por Kai-Uwe Hellmann
 
La cultura-artilugio, por Guillaume Faye
 
La cultura sin cultura, por César Antonio Molina
 
Los avatares de la cultura como mercancía, por Miquel Amorós
 
La cultura en la era del consumo, por Zygmunt Bauman
 
La negación y el consumo de la cultura, por Guy Debord
 
Cultura y economía: itinerario de dos conceptos, por Tomás Ariztía
 
Consumo de bienes culturales, por Luz María Ortega Villa
 
Las contradicciones culturales del capitalismo, por Daniel Bell
 

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mardi, 12 août 2014

Résister par l’Histoire, ou l’enracinement suprême

 

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Résister par l’Histoire, ou l’enracinement suprême

Ex: http://anti-mythes.blogspot.com

 
La démocratie moderne dans laquelle nous vivons donne des signes toujours plus nombreux de son principal objectif : la destruction de l’individu à travers un déracinement continu. L’homme aujourd’hui arraché à son histoire, à sa religion, à sa patrie, à sa famille, n’est devenu qu’un gibier pour le marché, un animal apolitique et anhistorique, admirateur et narcissique du présent. Il est essentiel de bien comprendre l’ampleur de ce déracinement ainsi que ses conséquences pour pouvoir s’enraciner et, par voie de fait, résister.

I. Le présent comme valeur suprême

Tocqueville, déjà, dans La démocratie en Amérique, expliquait que l’avènement de l’individu et son sacre comme valeur suprême mèneraient à un rétrécissement de son horizon temporel1.

Passant du rétrécissement au désintérêt pour les anciens, l’homme moderne a perdu la mémoire puisqu’elle est inutile dans sa jouissance matérielle perpétuelle du moment présent. La vie de l’homme moderne est en grande partie rythmée par le consumérisme effréné, son pseudo épanouissement dans le divertissement et enfin, l’invasion de la société par le moi, le culte narcissique. C’est ce déclin du sens du temps historique qui fait alors que chaque génération se perçoit comme étant au début, à l’an 0 de l’humanité, désaffiliée et autocentrée sur elle-même, aboutissant inéluctablement à l’éternelle revendication de droits individuels, puisque la mort de l’histoire a entraîné dans sa chute la disparition du devoir.

II. L’idéal de vérité abandonné

Néanmoins, notre société compte encore quelques curieux qui tentent de penser l’histoire.

Malheureusement cette démocratie totalitaire, par l’intermédiaire des médias de masse et des institutions, verrouille l’analyse historique à travers nos programmes scolaires3 ou à travers la déformation de faits historiques (comme nous l’a démontré la récente commémoration du débarquement de Normandie4 5) et allant même, parfois, jusqu’à écrire l’histoire dans le cadre des lois mémorielles, le politicien prenant ouvertement la place de l’historien. Ce constat déjà largement développé et facilement constatable doit être néanmoins précisé afin que l’idéal de vérité, tout relatif soit-il, puisse être sauvegardé face au relativisme moderne, qui accepte tout et permet de dire n’importe quoi.

En effet comme le précise Simone Weil, c’est la conception moderne de l’histoire, qui en ayant délaissé le désir de vérité, l’a substitué par autant d’inexactitude. Cet abandon a alors promu le conformisme et le carriérisme comme étant les nouvelles valeurs du système qui, dépourvu de morale, n’a comme objectif que l’unique présentation d’une suite ennuyante de dates, de faits erronés ou la promotion du bienfait de la « modernité ». La déchristianisation est alors un facteur déterminant dans cette perte de la morale : l’éducation religieuse d’ordre spirituel accompagnait autrefois le développement intellectuel, transmettant en même temps cet amour pour la vérité.

III. La déferlante des humanités

Cette déformation de l’histoire et l’abandon de son idéal de vérité va de pair avec la promotion des humanités qui a influencé l’historien pour en faire le propagandiste de la modernité et du progrès. De la même manière que la gauche a réussi à museler la droite par son droit de l’hommisme comme Éric Zemmour aime à le répéter, le XXe siècle a été l’avènement des sciences sociales, tuant du même coup le possible recours à l’Histoire.

Dans ce qu’on appelle l’humeur post-moderniste, règne le rejet des théories historiques, considérant l’histoire de l’humanité comme étant la croissance d’un individu passant de l’enfance à la maturité, l’histoire étant assimilée par conséquent à un âge d’oppression et d’atteinte à la liberté, interdisant de fait le respect de la tradition : « seul l’homme qui a dépassé les stades de la conscience appartenant au passé…peut atteindre une pleine conscience du présent ». Or on l’aura compris, c’est cette même pleine conscience du présent qui en a vidé le sens dans son rejet du passé. Outre sa fuite en avant dans le dogme de la liberté qui n’engendre qu’une inversion des valeurs morales choquant la décence commune, les sciences sociales font vivre l’homme dans l’idéal de la méritocratie, de l’ascension sociale, dans la continuité libérale inspirée des « Lumières ». La focalisation sur l’ascension au détriment du fond empêche de penser et de mettre en perspective les analyses par une culture historique. En plus de son déni de réalité c’est la condamnation de la possibilité de l’appréhender.

Concrètement, c’est principalement la stigmatisation du Moyen Âge, représenté comme période obscure et liberticide, rythmée par les guerres de religions, qui a propagé la certitude « d’un sens de l’histoire » qui oblige à accepter le présent comme progrès et notre démocratie moderne comme étant la fin de l’histoire. Cette liquidation aboutit à ce que Jean Claude Michéa appelle le complexe d’Orphée qui interdit de s’inspirer du passé puisqu’il est assimilé à la matrice intellectuelle du « réac primitif » désigné comme « facho en devenir »6.

Néanmoins, le recours à l’histoire se fait parfois, dans le but non pas d’ostraciser ou de calomnier le passé, mais dans l’optique de le revendiquer à travers un prisme bien particulier. Un culte de la victimisation (on pense alors à l’holocauste ou l’Algérie française) qui fait de l’exhibition des blessures, pourtant normalement refermées après tant d’années, un droit intarissable à la subvention et à l’impunité7. L’histoire, non pas pour permettre le vivre-ensemble à travers une histoire commune et la fierté d’appartenir à celle-ci, mais comme liquidateur du roman national et de l’histoire de France, tout simplement. On comprend mieux alors pourquoi tant de drapeaux algériens étaient brandis dernièrement, reflétant bien pour certains un esprit d’affront éhonté à notre souveraineté.

IV. L’histoire pour pouvoir résister

Annihiler la capacité critique de l’homme par des slogans, une déformation de l’histoire ou tout simplement par sa suppression contribue à faire des citoyens incultes, apatrides et sans repères, se laissant imposer la métaphysique de l’achat compulsif jusqu’à la désertion civique, soutenant la guerre contre « l’axe du mal »8 par l’idéologie droit de l’hommiste et au final glorifiant la destruction de la nation par l’Union Européenne et les revendications régionalistes.

Préserver notre histoire et son génie, c’est préserver notre patrie et son indépendance, car il n’y a pas de patrie sans histoire. La nation jouant réciproquement un rôle dans ce lien entre le passé et l’avenir comme aimait à l’écrire Simone Weil ; « La nation seule, depuis déjà longtemps, joue le rôle qui constitue par excellence la mission de la collectivité à l’égard de l’être humain, à savoir assurer à travers le présent une liaison entre le passé et l’avenir. » 9
 
Notes : 
 
1 Tocqueville – de la démocratie en Amérique II

2 Christopher Lash – La culture du narcissisme

http://www.egaliteetreconciliation.fr/Marion-Sigaut-analyse-deux-versions-d-un-manuel-d-histoire-21703.html

4 Yves Nantillé – 1944.La Normandie sous les bombes alliées, La nouvelle revue d’histoire numéro72 p27

http://www.upr.fr/actualite/france/charles-de-gaulle-refusait-de-commemorer-le-debarquement-des-anglo-saxons-le-6-juin-1964

6 Jean claude Michéa – Le complexe d’orphée

7 Christopher Lach – La trahison des élites

http://www.youtube.com/watch?v=btkJhAM7hZw

9 Simone Weil – L’enracinement
Source : 
Le bréviaire des patriotes :: lien

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